domingo, 30 de diciembre de 2007

Feliz Año Nuevo


El más bello de los mares
es aquel que no hemos visto.
La más linda criatura
todavía no ha nacido.
Nuestros días más hermosos
aún no los hemos vivido.
Y lo mejor de todo aquello que tengo que decirte
todavía no lo he dicho.

Nazim Hikmet (1902-1965)

viernes, 28 de diciembre de 2007

Ya es bastante

El mundo se hace manso, un lugar accesible en donde algunos están como se puede lo cual no implica resignación sino aceptación de la realidad en toda su hondura. Quieras o no, hemos llegado a un sitio desde el cual se observa el panorama y, francamente, no es peor de lo que suponías. Ni tampoco mejor. Simplemente es y eso ya es bastante. Ahora cantan lejanas voces sefardíes en mi computadora y la sencillez tiene forma de estrella que puede comprenderse. Casi está a punto de largarse a llover. El año se prolonga para empezar a acabar. No fue tan malo, pese a todo. Claro que no.

domingo, 23 de diciembre de 2007

23 de diciembre de 2007

13 de setiembre de 2007

Mi ciruela

Se ha cumplido el tiempo. De un viaje a San Pedro, a falta de un naranjo (¡cuánto deseaba yo esos azahares...!), traje un ciruelo. Pasó la primera primavera y allí estuvo, mudo en mudez de árbol. Al despuntar el próximo septiembre, después de un frío invierno que nos trajo hasta nieve, se llenó de flores blancas. No eran azahares, sino dimuntas flores blancas de textura nipona. Cayeron los pétalos y seis capullos se transformaron en botones muy verdes que fue el sol morando en un color púrpura. Ayer, el viento volcó una Santa Rita y en su vuelo arrasó una ciruela de las seis que pendían madurándose al sol de diciembre. La bajé y la coloqué en una canasta como si fuera una niña prematura. Ahora, en el silencio y la frescura de este atardecer prenavideño, bajo el cielo que se vuelve él también una fruta morada y suave, he procedido a comerla y su jugo chorreo ácido entre mis dedos. Es mi ciruela, la de mi árbol, la de mis flores de cuadro japonés, la de mis subidas a la terraza para verla madurándose al sol, mi ciruela, la única ciruela sobre la faz del mundo que fue mía y la regué, la aboné, la cuidé, mi ciruela de macetón porteño y su jugo era dulce y sabroso y su carne, una explosión de turgencias violetas. Mi perfecta ciruela de un anochecer de diciembre: la primera, la única que tal vez recordaré. Ella es mi Combray.

viernes, 21 de diciembre de 2007

Así


Así.
Era así.
Así sobrevivimos,
así nos construimos un refugio,
así, bajo los árboles;
así fuimos felices en medio del naufragio;
así estaba fácil;
así era sencillo.
No había mucho más,
excepto el mar quer rugía a lo lejos
y nuestra madre que limpiaba esa casa para ordenar los monstruos de pico blanco que la acechaban en sus vuelos fatídicos.
No había mucho más,
excepto mis manos abrazándolos
y nuestro padre que ponía su orden obsesivo para no irse dejándonos huérfanos de todo puerto.
No había mucho más.
Así,
como troncos desnudos;
así,
como fragmentos de pasados;
y mis manos
-tan iguales a estas-
cuidándolos,
para que no muramos despeñados en el fango;
así,
como caracolas de niebla en medio del destello furioso de la selva;
así,
adosados al muro que era una línea estable que perduraba idéntica a sí misma;
así...
El tronco se abre en ramas
y, hermanos,
amados hermanos,
yo los sostengo.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Mamá era un hada


Mamá tenía alitas de hueso en la espalda.
Unas alitas tejidas con traslúcidos filamentos de calcio que la llevaban lejos,
a un territorio donde había silencios impenetrables como la selva
y cerrados como las noches oscuras de Finlandia.
Mamá era un hada escondida
en el secreto de su locura sorpresiva
y sabía hacer flotar violentas las vajillas
o abrir ventanas para iniciar un vuelo
o sumergirse en aguas azules en las que decía no saber nadar
o apurar frascos de venenos oscuros.
Las alas de mamá eran diminutas a veces,
pegaditas por capas de piel para disimular;
pero otras se abrían hasta taparlo todo,
inclusive el mismo sol.
Mamá tenía vestidos largos que nunca usaba,
collares de colores que jamás se ponía,
zapatos de tacones que siempre ocultaba.
Mamá no cocinaba,
no me llevaba a la plaza,
no me despertaba con tostadas;
mamá no cosía,
no bordaba,
no abría puertas que dieran a otros juegos,
porque ella era un hada
y las hadas deben descansar en dedales,
beber jugo de amapolas,
y dormir en medio del silencio de bosques de jazmines.
Mamá tenía alitas de hueso en la espalda.
Yo todavía se las veo.

martes, 18 de diciembre de 2007

Los títeres de mi papá


A quince años de tu muerte, papá.

Nadie habla

Hilos peregrinos de agua se sostienen como delicadas telarañas entre las hojas
y se filtran, lejanos, hasta caer en la tierra negra.
Recuerdo las alas de hueso de mi madre,
la magia terrorífica de su locura
y el vendaval incomprensible de su amor posterior.
Nadie habla.
La casa está sola en las primeras horas
aunque camine con pasos sigilosos entre las ranuras de la madera
y beba vasos de un líquido helado y verde.
Nadie habla.
Yo llevo una mordaza de tul bordado con lentejuelas amarillas
y evito los verbos que comienzan con "a".
Después llegan los textos escritos en hojas de nácar
y la pluma se desliza con su vuelo de piedra,
pero
nadie habla.
Mi padre construía ríos de plomo y tenía los ojos claros en el amanecer.
Al silencio habitual se le suma el repiqueteo de las gotas
como perfectas campanas de cristal azul.
Hay naranjas en las esquinas de las ventanas que dan al patio.
Sólo rumores de labios inmóviles y jabones de jazmín.
Mi hermano tiene ojos tristes en medio de su indefinida bondad.
Mi otro hermano es un caramelo ácido y huele a mar a la puesta del sol.
La aurora tiene dedos lilas y pálidos,
pero nadie habla.
Mis pies deambulan en la casa sola
y tocan los escalones que llevan a la terraza por la que deambuló ayer un gato negro al que eché.
Tengo una amiga en medio de un huracán
y cinco tazas de porcelana donde aprendí a servir el té.
A veces espero poder
pero no termino de aprender el límite de mi posibilidad.
Hace un calor de bordes controlables.
Nadie habla.
El silencio es una especie de felicidad
cuando las palabras ya mataron todo vestigio de comprensión.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Febres

¿Qué habrá pensado en su celda cuando le exigieron que bebiera la gota de cianuro que se llevaría su alma al último círculo de los infiernos? ¿Habrá recordado los cuerpos que supo torturar? ¿Habrá visto los ojos acuosos de los bebés que robó? ¿Habrá repetido sólo para sí las palabras que oyó decir cuando arrojaba los cuerpos en las aguas del río? ¿Habrá bebido el veneno creyendo que era el acto de un valiente que no debía enfrentar a la justicia de los hombres que lo castigaría por tamaño dolor? ¿Habrá sentido el vértigo ese en que se ve pasar la vida y al verlo creyó que debía desviar su mirada y no ver? ¿Habrá soñado con la justicia de Dios que le auguraba un terrible castigo más allá? ¿Habrá visto los pañuelos blancos como fantasmas a su alrededor? ¿Habrá sufrido cuando el cianuro le rompía el corazón y lo volvía azul como gozó haciendo sufrir a sus víctimas? ¿Habrá, tal vez, la muerte humanizado su bestialidad?

Viejas sensaciones dispartidas

Tigres

Entre las cosas voy.
Así.
Pero voy.
El corazón es un trozo de terciopelo ajado que sujeto en mi pecho para que no se vaya a volar.
Me levanto temprano.
La casa es una quietud que se silencia.
Salgo cuando los primeros pájaros se hunden en las acequias.
El paraíso llueve amarillo sobre las baldosas.
Y yo voy:
con los ojos abiertos
y a todos lados viendo.
Sé que hay tigres ocultos que matarían por el corazón sujeto
y no deseo todavía morir.
Quizá luego,
Quizá más tarde,
Quizá cuando regrese
Quizá cuando el cielo se torne violeta y liviano
Quizá cuando me hunda en mi cama de blanco broderie
Quizá cuando mis hadas adolescentes me vean dormir.
Quizá cuando todo se calme
Pero ahora...
Ahora tengo que sacar el corazón que doblé anoche debajo del colchón
Ahora tengo que beber una taza de café en una porcelana transparente
Ahora tengo que salir
Ahora ha comenzado la temporada de caza de tigres
y yo sólo poseo un corazón sujeto para que lleguen hasta mí.

martes, 11 de diciembre de 2007

Anécdota escolar XL: Si Aristóteles viviera...

(En una evaluación)
Pregunta: Explique el concepto de anagnórisis según Aristóteles en su Poética.
Respuesta: Anagnórisis es el pasaje de ignorancia a inteligencia.

¿Cómo hacer cosas con la memoria?

Abra alguna caja y guarde allí todo lo que recuerde: después espere que se hagan las veinte y salga a la calle. Cuando vea pasar un camión blanco, arroje la caja justo en el momento en que esa enorme pala mete todo adentro. Después corra a su casa y eche llave a la puerta: no vaya a ser cosa que el empleado quiera hacer su buena acción del día devolviéndole la memoria. Esa noche la pasará en blanco. Será una buena noche, como la de Adán antes de probar la compota. A la mañana siguiente se levantará fresco y liviano como una pluma veraniega. Eso sí, le recomiendo ir planeando la acumulación de cajas para repetir la tarea todas las semanas... es increíble la cantidad de basura que una tiene en la memoria.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Islas

Sólo quedan islas, fragmentos que rozamos en un viaje, sumergidos de pena como estamos y luego, vuelta la nave y puesta la proa hacia las olas, vamos. Viajamos en las aguas de la concordia o la discordia, indistintamente; pero no tocamos otra cosa que islas, tan diminutas a veces que parecen no ser y nos sentamos en los muelles -lo único que ocupa el territorio-, solos con mil kilómetros de agua salada a la redonda. Nos morimos de sed con la lengua anhelante y sin lograr decir qué fue: quizá una fresa amarga que reventó en medio de la boca y se hizo ácido en el velo del paladar. Cada vez queda menos, cada vez saben menos las antiguas fragancias y en ese menos se anuda el todo que en otro tiempo deseamos para la vida -nuestra vida-. Después me subiré a la nave y partiré: hacia la mar profusa donde hay un sin fin de otras islas, todas perdidas, todas exactas, todas iguales...Islas entre la mar.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

El huevo cigota. Entrega 17

Donde se cuenta cómo se cumplen dos años cuando se fue huevo cigota

Ahora la nena va a cumplir dos años. Sólo dos años. Dominga le pone unas medias de lana largas y unos zapatitos de charol con presilla que se cierra con un botoncito. La nena se mira los pies. Qué lindos son los zapatitos de charol que le regaló la tía Felisa. Si hasta dan ganas de ponerse a bailar. Bailar dando vueltas y vueltas hasta que la casa desaparezca con su sombra de terror. Si la nena gira con los zapatitos de charol no ve nada, todo se va. A la nena le gusta bailar porque el cuerpo se cansa y a la noche se duerme bien. Bailar, saltar, correr, pero siempre sin ruidos, siempre con gritos de alegría chiquitos que nadie pueda oír porque la nena sabe que la mamá no quiere que nada la moleste. Por eso se encierra en su pieza.
La nena a veces se asoma y ve a la mamá en la cocina; entonces corre y se sienta en su sillita para charlar. Pero la mamá no habla, la mamá nunca habla, no dice ni una silabita y le da la espalda, una espalda flaca en la que asoman, como dos alitas, los omóplatos engarzados al hilo nudoso de la columna vertebral. La nena zarandea las piernitas, pero poco, para que no hagan ni un soplido que pudiera molestar a la mamá. La nena abre los ojos -mucho- para poder entender y frunce el ceño, ahí, entre las dos cejitas. Y, como lo entiende, le duele en el centro del vestido que le cosió la tía Margarita con una tela de gatitos y puntillitas celestes. La nena entiende que la mamá no la quiere, nada la quiere y pasa el dedito por la mesa y el dedo se pone rojo, rojo de tanto apretar. La nena siente los cachetes calientes y unas lágrimas van cayendo de los bordes de sus ojos y mojan la mesa en gotones que explotan al tocarla. Pero la mamá le sigue mostrando sus alitas de hueso y la nena piensa que es un hada que va a volar y que se va a ir dejándola sola en la casa con Dominga.
Esa tarde, cuando el papá regresa del trabajo, se encierra con Dominga y la mamá en la sala. La nena, en su cuarto, oye palabras sueltas que no puede entender.
-No -dice Dominga- yo no cuido otro bebé.
El papá resopla, la mamá llora y Dominga vuelve a decir que no, que no y que no. Entonces la mamá dice que ves, que yo te dije y llora más fuerte y cruza el patio hacia su pieza. Mientras peina a su muñeca Ramona, la nena escucha que la puerta del cuarto de sus papás se cierra con llave después que entra la mamá y el papá dice algo que la nena no alcanza a entender, pero le agarra dolor en el vestidito y pone a Ramona en su cama y empieza a girar y cantar a los gritos porque ya no le importa que la oigan... si, aunque grite, nadie ahí la quiere oír.
Pero Dominga sí y abre la puerta:
-¿Querés venir a San Juan?
La nena deja de girar y cae al piso. ¿Qué será San Juan? El papá, atrás, le explica que es un lugar con montañas donde vive la mamá de Dominga y que la mamá y él le van a regalar a la nena un viaje a San Juan para que festeje allí su cumpleaños de dos.
-Y vamos a hacer una torta- dice la mujer.
-A mí no me gustan las tortas-contesta la nena y abre los ojos. Frunce el ceño y los párpados de abajo se le llenan de agua en el borde. Pero, como no va a llorar, se levanta y se pone a bailar.
-Después del aborto- dice bajito el papá en el oído de Dominga- le mando el telegrama y se vuelven.-y sale a través del patio a golpear la puerta para que la mamá lo deje entrar.
Esa noche, la nena se duerme en el tren que la lleva a San Juan, abrazada a su muñeca Ramona. Ramona, Ramona. Es negra Ramona. Y algo pelona. Ramona rabona. Con piernas de lona. Ramona bombona. Tremenda bocona. No sabe Ramona. Es bobalicona. La pobre Ramona. Pregona burlona. Se agita temblona. Tiene vomitona. Pero reflexiona. Ramona impresiona. Es una bribona. Y es muy llorona. Gritona Ramona. La tonta bribona. No usa corona. Parece ratona. Es una meona. Ella no perdona. Ni a su patrona. Es una fisgona. Una cabezona. La boba Ramona. Su cuello almidona. La pobre Ramona.

martes, 4 de diciembre de 2007

Anécdota escolar XXXIX: No se lo dije a usted

Alumno 1: Claro, todos nos llevamos lengua porque no trabajamos.
Alumno 2: Callate, tarado.
Alumno 1: Si yo digo la verdad... ¿o no, profe?
Alumno 2: (A los gritos) ¡Chupamedias!
Profesora: Ey, ey ey...
Alumno 2: (Se da vuelta y grita) ¿Qué quiere?
Profesora: (Lo fulmina con la mirada) A ver, pará un poquito... Habláme como corresponde que yo no soy tu amigo.
Alumno 2: No, profe, si a usted no le dije chupamedias. (Carcajadas generales)

Anécdota escolar XXXVIII: Y la hache¿dónde va?

Profesora: (Dicta unas oraciones para analizar sintácticamente) Finalmente el asunto se... (Mira la hoja de la alumna que está en el primer banco) Che, "se" no se escribe con ce. Se escribe con ese.
Alumna: (Ofendida) Profesora, es una ese.
Profesora: Parece una ce.
Alumna: Ay, mire si voy a escribir "se" con ce. ¡Por favor! ¡No soy una bruta!
Profesora: Bueno, disculpáme... desde acá me pareció. (Sigue dictando) El asunto se ha aclarado.
Alumna: (Duda y mira a la profesora) Digo yo, ¿"ha" se escribe con hache?
Profesora: (La mira con sorna) Claro, "ha" se escribe con hache.
Alumna: ¿Atrás o adelante de la "a"?
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