jueves, 29 de noviembre de 2007

Anécdota escolar XXXVII: Pero, cállate, por favor

Alumna 1: (En medio de una evaluación empieza a gritar) Ay, Dios, qué estúpida que soy... No encuentro una definición. (A la profesora) ¿Vos estás segura de que en este texto hay una definición?
Profesora: (Que corrige pruebas como una enajenada) Si, mirá si te voy a pedir que encuentres algo que no hay.
Alumna 1: (A los gritos) ¡No encuentro la definición! ¡Por favor, la definición!
Alumno 2: (Se da vuelta y le grita) ¡Callate, nena! ¡Dejá de ser un obstáculo concentrativo!

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Anécdota escolar XXXVI: Rimbaud, ese drogón



Alumno: (En una evaluación respondiendo a una pregunta sobre el poema "Vocales" del poeta simbolista francés Arthur Rimbaud) Rimbaud escribió "Vocales" porque tomaba éxtasis y así quedó.

Anécdota escolar XXXV: Marzo, paredón y después

Alumno 1: (Mira su prueba en blanco y se levanta a leer las notas pegadas en la pared) Creo que me la llevo a marzo. No sé nada... me voy a sacar un uno.
Alumna 2: (Levanta su cabeza de la prueba que está escribiendo) ¿Y para qué viniste? Son las siete y media de la mañana, te hubieras quedado en tu casa durmiendo.
Alumno 1: ¿Estás loca? Si no me presento, me la llevo a marzo. (Carcajadas generales)

domingo, 18 de noviembre de 2007

Casa tomada

En el brote del domingo, cuando el día despunta y saca su yema tácita, las horas son espacios luminosos que irán adquiriendo un color y una pálida transparencia. La casa está silenciosa, dormida en su calor dominical, llena de voces que ayer fueron ocupando su sitio para decir lo que fue dicho y tal vez debería haber sido guardado en cofres de cristal opaco bajo siete llaves. Si asciendo con mis pies desnudos la escalera coronada de plantas, desde la terraza no alcanzo a ver el mar, pero lo huelo con su añil salado y sus gaviotas y la nostalgia de lo que no será. Es el domingo y la semana agazapada en su doblez, estirando sus manos detrás para alcanzarme. Si subo veré más cerca el cielo y podré conversar con las raíces que guardan entre sus brazos la humedad de la tierra. Ahora se perfuman las moléculas de aire con aroma a café y pan tostado y el agua helada cae por mi garganta. Silencio de palabras, de sonidos, de pájaros. Nadie debe decir nada para que no se rompa el sortilegio, pero los que decimos recibimos el castigo de los perfectos y temerosos que juzgan desde sus atalayas de mármoles oscuros y se abroquelan en toda su imposibilidad de ser libres y buenos. Se trata simplemente de una apuesta donde no hay cartas marcadas ni resultados impropios. Como siempre nunca es importante el punto de llegada sino, tan sólo, el vector que nos va trasladando hacia allá. Voy a llenar la pequeña maleta de cartón con estampillas y partiré. Siempre estoy partiendo los domingos. Desde la terraza veo el cielo y huelo el mar. Ambos son azules y hondos y me aguardan con su carpeta de mapas vírgenes de rutas. Es sencillo: nadie escribe sobre la carne porque es una efímera superficie. Se escribe con la sangre sobre el cielo y a través del mar. Y dura en el pliegue de los ojos cansados que atesoran todos los recuerdos: lo que fue, lo que pudo ser, lo que hubiera merecido acontecer. Yo no puedo regresar: la semana pasada, el día de ayer ya fueron doblados y colocados en la maleta de cartón con estampillas. Mis palabras ya son pájaros que cruzan el cielo hacia el mar que se huele y no se ve. Hay que tirar la llave a la alcantarilla después de cerrar no vaya a ser que algún pobre diablo quiera entrar con la casa tomada y a esta hora.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Julieta

Mis padres me llamaron Julieta, diminutivo de Julia, que significa de raíces fuertes y perennes.
La gens Iulia se remonta a los orígenes de Roma, fue una de las familias que formaron las tribus romanas y que daba a sus miembros el nombre Iulio, para los hombres, y Iulia, para las mujeres. Virgilio ancló su antigüedad, con la de Roma misma, en el pasado griego de Troya: Eneas, hijo de Afrodita y Anquises, huye por orden de los dioses a fundar la ciudad que dominaría el Mediterráneo con su hijo Iulio a cuestas. A la gens pertenecieron Julio César y Augusto, éste por adopción, y para honrarlos tomó de ellos su nombre el séptimo mes llamado antes "quirinalis".
Julieta es una Julia pequeña y siempre me llamaron por mi nombre completo. Nunca mis padres lo abreviaron y así me nombraron los hombres que he amado a lo largo de mi vida. Siempre Julieta para ellos. Mis hermanos, que todo lo deforman cuando hablan, me pusieron apodos, como a todo el mundo. Yo también a ellos, para ser honesta. Mis amigas, en cambio, siempre me han dicho Juli: así con "i" latina, como debe ser, y no con esa "y" griega que aborrezco en July.
Es, ante todo, un nombre literario, un nombre de estirpe libresca y lo he encontrado siempre desparramado en textos. La primera vez que conocí la historia de Shakespeare fue a los diez años cuando mi tía Perla me llevó a la calle Corrientes a ver a Margot Fontaine que bailaba con unas zapatillas color azul francia. Después, pese a mis lágrimas torrentosas, me llevó a la confitería "Vesubio" a tomar un chocolate con churros. De la Julieta trágica no me conmueve su muerte por amor, me emociona su decisión, su transgresión a los mandatos familiares con fuerza y empuje casi hasta imponerle uno a uno todos sus deseos a un Romeo tímido y dubitativo cuyo único arrojo a lo largo de toda la tragedia es el de beber un frasco de veneno. Es ella la que le confiesa su amor "tan profundo como el mar", la que organiza la boda, la que planifica la noche de boda y, en medio del luto por su primo muerto, se entrega regocijada a los placeres del amor. Ella es la que se enfrenta con sus padres negándose a un casamiento funesto con el soltero más codiciado de Verona, la que se bebe el líquido que la lleva a las orillas de la muerte y se sumerge en el mausoleo para dormir entre los cadáveres familiares. Ella y sólo ella es la arrojada, la decidida a escapar al odio y la intolerancia de los Capuleto.
Siempre me agradó mi nombre aún cuando no lo compartía con nadie. En un universo de Mónicas, Alejandras y Silvias, yo era la única Julieta y eso me gustaba. Me sonaban sus cuatro vocales, la española "J" inicial, la líquida sustancia de su "l" y la contundencia final de su "t". Me alegraba que mis padres, con sabiduría, no le hubieran agregado ningún otro nombre para acompañarlo, ni siquiera un conformista María. Yo era Julieta, a secas, porque con eso bastaba. Y sigo siéndolo aunque ahora cada tanto encuentre otras Julietas sentadas en los pupitres oyéndome. Me gusta llamarme Julieta y haber nacido en Julio; llamarme Julieta y que mis padres siempre hayan dicho que no fue por Shakespeare, sino por un personaje de una novela de Jorge Amado. Julieta, con toda una literatura a cuestas; pero sólo Julieta.

Muñecas de papel

Esta mañana, mientras leía unos cuentos de Silvina Ocampo, vaya a saber una por qué, lo recordé: todos los días viernes, cuando yo era una niña de entre seis y once años, mi padre volvía de su trabajo con unos libros para mí. En la tapa aparecía la figura de una muñeca en ropa interior y adentro unas hojas, impresas sólo en el anverso, con vestidos para recortar. Los trajes tenían una especie de solapas blancas que se ajustaban en los bordes de la muñeca de cartón y así se sostenían permitiendo que una jugara a cambiarla una y otra vez. Recuerdo que lo más trabajoso era recortar las capuchas porque debía calarse el interior para que por allí asomara la cara . A lo largo de la semana y hasta que llegase el viernes siguiente, yo apoyaba la silueta de la muñeca sobre papeles lisos y le dibujaba mis propios trajes con las solapas correspondientes para que mi muñeca tuviera vestidos únicos y personales diseñados por su propia dueña. Ayudada por un libro que todavía guardo y que era una historia ilustrada del traje, creaba colecciones de época, de regiones, de relatos. Las recortaba y pintaba con acuarelas, lápices de colores o de fibra y consumía así las horas que no ocupaba leyendo o escribiendo historias de princesas y esferas mágicas. Encerrada en mi habitación de la casa de la calle Virrey del Pino, que tenía un balconcito que daba a la vereda y un mueble en el que me habían pegado un afiche del submarino amarillo de los Beatles que yo detestaba, con la puerta cerrada, construía un mundo en el que todo era feliz y maravilloso y en el que podía refugiarme de la angustia y el dolor. A ese universo, cada viernes, mi padre regresaba a traerme su presente para que yo no dejara jamás soñar.

jueves, 8 de noviembre de 2007

In memoriam


En el Parque de la Memoria, junto al Río de la Plata, se inauguró ayer el monumento que forman cinco estelas de piedra que, vistas desde el cielo, tienen la forma de una herida y donde figuran los nombres de los desaparecidos.

Cada golpe de esos cuerpos en el agua es un tajo doloroso que sus nombres pretenden restaurar.

Como siempre
JUICIO Y CASTIGO A TODOS LOS CULPABLES

martes, 6 de noviembre de 2007

Amanece en la terraza de Bauness

El huevo cigota. Entrega 16

Donde la nena aprende el precio, pero no el valor de la soledad

La nena está sola. Está sola, pero no espera. Su infancia es un hueco de soledades lisas que las tías ocupan con juguetes, vestidos con florcitas bordadas y paseos al zoológico. La mamá es un cuerpo lejano que desconoce a qué huele. A los dos años, el rostro de la nena es delgado y lo ocupan por entero un par de ojos verdosos y profundos que miran con la avidez de quien sabe que hay un secreto que aguarda para devorarla o ser develado. La nena es rubia y tiene la cabeza poblada de bucles que Dominga le estira en una cola de caballo cuando el papá la lleva a Palermo a comprar un globo con forma de conejo.
La casa donde vive tiene un patio en el centro y seis puertas. Las dos que enfrentan la de entrada dan a la cocina y al baño. La de la derecha lleva al cuarto de los padres; las de la izquierda, a la sala y al cuarto donde la nena duerme. A la noche, si tiene miedo o se despierta, nadie oye cuando ella llama; así que, para dominar sus terrores acostumbra a cruzar de un tirón toda la noche. Pero más de una vez, esa costumbre se ha roto y la nena pasó la noche en vela. Abiertos los ojos en la oscuridad y el silencio, una voz infantil ha brotado en su ayuda.
-El cuento, -se dice- relatáme el cuento.
Y ella misma va diciéndose la historia que Dominga le narra una y otra vez. Siempre igual. Ni una palabra de más ni una de menos. Sólo en la repetición de la melodía verbal existe un recodo de seguridad en medio de un universo en el que la mamá grita, la mamá llora, la mamá se encierra en su cuarto y no quiere salir, no quiere hablar, no quiere comer, la mamá no quiere que el papá abrace a la nena ni que Dominga la lleve a la feria. Sólo los cuentos y el mundo que crece en su cerebro adquieren visos de realidad porque, sin duda, son más reconfortantes que esta casa donde todos obedecen a la mamá, inclusive el papá, y nadie parece saber que ella es una nena y vive también allí.

Intermezzo donde la nena le dice a la mamá
Querida mamá, mamá querida. Ahora te veo. Ahora no te veo. Ahora estás en el patio y te da el sol y sos linda como una reina. Ahora estás en el cuarto con la puerta cerrada y nadie puede entrar. Te enojás, mamá, y sos fea cuando te enojás porque no te ponés collares de colores en la cabeza y me mirás con ojos negros. Pero yo siempre me porto bien. Como toda la comida que Dominga me da aunque sea horrible para que vos te pongas contenta. Pero vos cerrás la puerta y yo no te puedo ver. Y voy a llorar. Siempre voy a llorar porque la risa se oye, mamá, y vos te vas a enojar si hago ruido. Yo no quiero que cierres la puerta y yo no te pueda ver. Y si las nenas no pueden ver a la mamá se ponen tristes y nadie las quiere, mamá. Nadie

Donde se retoma el precio que se paga cuando se todavía se desconoce el valor.
A veces el papá llama a la tía Perla. Rápido viene la tía y le prende a la nena un tapadito de lana color amarillo y la lleva a su departamento tan alto, donde no hay puertas que se cierran y todo se ve. La tía Perla tiene tazas celestes para el chocolate caliente y una mesa que sale de la pared. La tía Perla hace tostaditas redondas con manteca que se derrite si se la unta sobre el pan. Y cuando la nena desayuna las tostadas en la cama matrimonial, el papá vuelve a llamar, la tía le pone el tapadito de lana amarilla y la lleva a la casa donde la mamá está parada en la puerta de entrada, siempre más delgada que la vez anterior. Y la mamá la abraza tan fuerte que la nena piensa que ahora sí la mamá la perdonó; que, por suerte, la mamá la perdonó y debe portarse muy bien para que la mamá sea siempre feliz y nunca tenga que volver a encerrarse en su cuarto sin comer.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Sopa de zapallo y pollo bis

Para Pablo Pinasco que me rompe las pelotas desde Marsella.
Espero que ahora la receta te parezca adecuada a mi nivel educativo
¡Viva Hallowen que permite hacer sopas de zapallo en francés!

Poner en una olla un litro y medio de agua con sal. Agregar media calabaza grande, cuatro zanahorias, un cuarto de pollo sin piel, dos cebollas, tres dientes de ajo y un ramito de de apio y otro de perejil. Cuando las zanahorias estén tiernas, sacar todas las verduras y el pollo de la olla y conservar el caldo a fuego mínimo. Deshuesar el pollo y procesar con las verduras. Volver a agregar el producto del procesamiento* al caldo y dejar hervir un rato. Cortar unos daditos de pan y tostarlos en el horno en una asadera apenas aceitada. Rallar un buen pedazo de sardo o parmesano**. Servir la sopa en tazones con el queso y los daditos de pan.

*Por si no entendés, lo que te quedó adentro del recipiente de plástico duro de la procesadora, Enano querido.
** Nada de queso deshidratado de paquete... sobre todo vos, que vivís ahí donde hay tan ricos fromages...

sábado, 3 de noviembre de 2007

Rojo de otoño en España


Y gracias para JuanCa que siempre me regala tanta belleza a través de sus imágenes.
Él también forma parte de mi felicidad

Anécdota escolar XXXIV: Qué lindo caracolito para un mes de noviembre

Alumno: No entiendo cómo analizar esta parte. No me doy cuenta qué tengo que hacer con la construcción verboidal.
Profesora: (En el escritorio que se ha transformado en mesa grande donde trabajan varios alumnos que preguntan veinte cosas diferentes a raíz de un microsegundo por vez) A ver, leé.
Alumno: (Lee en su cuaderno de guías) "En el sector más profundo del molusco saturado por caparazones de diminutos crustáceos".
Profesora: (Muy seria) Bueno, en primer lugar te tenés que fijar a quién molusca el crustáceo.

De la subjetividad

En su libro La enunciación. De la subjetividad en el lenguaje, Catherine Kerbrat sostiene que la objetividad es tan sólo una coincidencia de subjetividades. Como nosotros a veces no logramos ponernos de acuerdo, te rogaría, por este medio, que dejes de hablarme de categorías como "la verdad", "los hechos" y otras sandeces por el estilo que no resultan pertinentes para la discusión. Así, quizá, podamos entendernos un poco mejor. O simplemente aceptemos que no hay comprensión total entre las personas aunque finjan estar de acuerdo en un cien por cien. Vaya a saber Dios qué entendió cada uno por cien por cien.

Función

El papel que mejor me cabía salió estropeado: el único espectador salió de la sala casi al finalizar la función y, desde ese día, cada vez que lo encuentro en la avenida, desvía la mirada y pasa sin saludar. Creo que deberíamos dejar de cruzarnos o algún día saltaré sobre su cuello y lo ahorcaré. De ahora en más tomaré el pasaje de la izquierda; es más largo, pero me evita una larga permanencia en prisión. Y todo por no haberse quedado a aplaudir. ¡Qué le costaba ser apenas gentil! De esta experiencia debo aprender que es necesario ser amable con los semejantes: siempre alguno puede desear ahorcarnos al terminar la función.

Fines y cambios

a Julieta Frenkel

Julieta está celosa. Siempre está celosa: de Isabel, del banco de adelante, de que eche a otros de la clase, de que nadie la vaya a querer y, adolescentemente, sufre por anticipado lo cual evita cualquier dolor en el momento en que debería acontecer. Se acerca el final del año que nos separará y ella lleva la cuenta de los días en que ese suceso llegará: son veintisiete y ya le van doliendo con su paso. No sabe que su vida irá siempre sumando esas pérdidas y que lo mejor es capitalizarlas para crecer. Es cierto que ya no compartiremos el aula ni las clases nos reunirán cinco horas por semana. Pero es bueno pensar que a lo largo de dos años nos reímos, aprendimos -ella y yo- a ser un poco más humanas, a poner más cerca el corazón aunque a veces yo finja no tenerlo: como ella me anticipo a la entrega para que ninguna necesidad pueda alcanzarme o me lastime. Es bueno saber que aunque medie la pared que sostiene dos pizarrones, de ambos lados, las dos Julietas estarán siempre la una en el recuerdo de otra. A veces es positivo que las cosas terminen porque eso permite cambiar y cambiar siempre es crecer, ir hacia adelante, hacia donde la vida nos impulsa para aprender algo más. A los catorce todo se piensa como terminal, a los cuarenta y ocho se sabe ya que, aunque las cosas terminen, permanecen y que nos vamos formando con esas capas una y otra vez. Por eso, Frenkel, le digo ahora como todos los viernes: se va y sea feliz (que es lo único que, de verdad, hubiera deseado haber podido enseñarle).
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