lunes, 29 de octubre de 2007

Anécdota escolar XXXIII: No hay rosas ni jazmines

Profesora: (Devuelve unas evaluaciones llamando a los alumnos por su apellido) ¡Flores! ¡Manuel Flores!
Alumna 1: No vino. Está ausente.
Profesora: Bueno... ¿Se acuerdan lo que dijimos de los hipónimos?
Alumnos: Sí.
Profesora: Bueno, entonces vamos a escribir cuatro hipónimos en cada clase. Empecemos... ¿Deportes?
Alumno 2: (Levanta la mano) Fútbol, rugby, tenis y basquet.
Profesora: Bien. ¿Diarios?
Alumno 3: Clarín, Página 12, La Nación y Crónica.
Profesora: Bien...¿Nombres?
Alumno 4: Ana, Matías, Pedro y Camila
Profesora: Muy bien. ¿Flores?
Alumna 1: Ausente.

domingo, 28 de octubre de 2007

Memorias de mi padre


Mi padre es una imagen borrosa que la locura de mi madre procuró opacar. Todo el espacio familiar lo invadieron sus ataques dementes en medio de los cuales mi infancia procuró ser mediana y normal. Fue mi padre quien con su empecinamiento daba a los días cierta cuota de cotidianeidad a veces obtusa y obsesiva, pero un ancla adonde aferrarse en medio de semejante vendaval. De él recibí algunas cosas: el anillo de compromiso de su madre, una caja de pinturas Carandache, un libro de cuentos de los hermanos Grimm, una serie de novelas de Julio Verne y la Literatura latina de Jean Bayet. Mi padre era parco en sus demostraciones emotivas, pero volvió a la casa familiar en cuanto supo que yo había nacido y nunca jamás me dejó de amar. Pagó la culpa del abandono y el amor filial con el furor de erinia psicótica de mi madre y se mantuvo siempre atrás, sin contradecirla, sin ser él. Decía "en una familia alguien debe sacrificarse para que los demás sean felices" y un buen día su corazón no pudo más. Era bello como lo son los reyes y en el velorio su cuerpo tenía una digna majestuosidad que jamás podré olvidar. De él aprendí el tesón, el método, la constancia, la entrega y la fuerza de voluntad. Este año se cumplen quince desde que él no está y la vida me regala la posibilidad de que yo deambule por la senda de sus recuerdos. Casi azarosamente, como suceden las cosas que son de verdad, la familia de mi padre empieza a encarnarse en ese hueco vacío de mi corazón, en ese sitio que mi padre alimentó con sus abrazos, con las pocas palabras que me dijo, con las escasas memorias que me legó. Un universo de tías y de primas vienen desde su sangre a nombrarlo, a rescatarlo para que yo lo celebre y le devuelva ese sitio que él se hizo cuando aquella temprana mañana de julio regresó para no irse de mi lado nunca más.

jueves, 25 de octubre de 2007

Anécdota escolar XXXII: Con la be basta

Alumno: ¿Hoy es el dictado?
Profesora: (Mirando sus papeles) Sí, hoy.
Alumno: ¿Vas a tomar palabras con las reglas de "b" y "v".
Profesora: (Sin levantar la vista) Sí, de "b" y "v".
Alumno: Entonces el resto de las letras las escribo como quiero... ¿o me vas a bajar puntos si las uso mal?
Profesora: (Deja de hacer lo que está haciendo y lo mira asombrada)
Alumno: ¡Pero si es de "b" y "v"!

lunes, 22 de octubre de 2007

Cuentos para Maïa 7 Las palabras de Isabel



Para Isabel Estevarena que a los catorce años lee el diccionario y
para su papá que todos los días siembra tres palabras en su corazón.
Isabel apenas hablaba: dos o tres palabras y las manitos para señalar las cosas, dos o tres palabras y una sonrisa para convencer a todos. Mientras fue chiquita, todos se encogían de hombros con ternura y le alcanzaban lo que sus dedos marcaban. Total, era tan suave, tan dulce, tan tibiecita que todo se le perdonaba a Isabel con sus trenzas rubias y sus ojos negros.
Pero el problema empezó después, cuando tuvo que ir a la escuela porque, claro está, la maestra no le prestaba demasiada atención. Cuando Isabel le sonreía y le señalaba con su dedo la tiza o el pizarrón o el cuaderno, la maestra también le sonreía e inmediatamente se dedicaba a calmar a los otros treinta chicos que berreaban, pataleaban, se daban coscorrones y gritaban a voz en cuello todas las palabras que nadie deseaba oír.
Así que Isabel fue marchitándose como una flor sin agua y sus ojos se pusieron opacos y tristes y a veces, con la frente apoyada sobre el vidrio de la ventana, su papá la oía suspirar.
-Isabel- le decía- invitá a una amiga a jugar.
E Isabel sacudía de derecha a izquierda sus dos trencitas rubias.
-Isabel, vamos a tomar un helado de chocolate – y las trenzas rozaban los costados de la cara llena de pena de Isabel.
Entonces, el papá de Isabel, que era un hombre sabio y de claras ideas, decidió que era el momento de ayudar a su hija. La tomó de la mano y, sin decir, nada, la subió a su auto rojo.
Mansa, Isabel se dejó llevar a un negocio de vidrieras brillantes y vio cómo su papá le pagaba a un señor que le entregó una bolsa de papel azul con un moño verde grande y reluciente. En silencio, Isabel volvió a subir al auto y el papá la llevó a la casa y la sentó en una silla del comedor.
-Te voy a hacer un regalo, Isabel. –le dijo.
A la nena se le encendieron los ojos.
-Un regalo, todos los días, Isabel.
La nena sacudió la cabeza de arriba abajo, de abajo arriba y estiró las manos.
-No, -dijo el papá- mi regalo no se toma con las manos, pero tiene texturas para acariciar. Mi regalo tiene sonidos y perfumes, si lo sabés apreciar.
La nena frunció la frente sin entender.
-Te voy a regalar –continuó el papá- tres palabras cada día. Pero como los regalos son mejores cuando se disfrutan de a dos, vos vas a cuidarlas, vas a degustarlas a lo largo del día, vas a paladearlas para sentir cómo saben sus sílabas, vas a mirar el color de sus letras, vas a absorber el perfume de sus sentidos. ¿Entendés, Isabel?
La nena lo miró con los ojos abiertos.
El papá abrió la bolsa y sacó un libro grueso, lleno de miles de hojas.
-Acá duermen casi todas las palabras del mundo. Cada día, yo voy a despertar tres para vos y cuando quieras, ésta es una casa sin llaves y vos misma vas a poder entrar y recorrer sus pasillos, demorarte en sus recovecos y hacer tu propio viaje. Y hoy, Isabel, te voy a enseñar la palabra cristal.
Y los dedos largos del papá se movieron entre las hojas hasta dar con la ce y se deslizaron sobre las letras.
-Cristal- dijo el papá y la i sonó en el aire como una campana golpeada por el sonido percutivo de la te, mientras la a, abierta y clara, se prolongaba en la ondulada ola acuática de la ele.
Y mientras el papá leía, los ojos de Isabel recordaron copas donde la luz se partía en miles de colores e imaginaron las aguas de un arroyo bajando sonoras en una mañana de primavera.
Después el papá dijo mariposa y el cuarto se llenó de alas inquietas que apenas dejaban ver sus fantásticos colores. Después el papá dijo hierba y el aire olió a tierra, a lluvia y se hizo denso y verde.
Ese día, Isabel se durmió y en su corazón cientos de insectos con alas de gasa se deslizaban por toboganes de césped esmeraldino y se hundían en aguas transparentes de donde emergían con aleteos empapados.
Cada mañana, al azar, el papá abría el libro y le regalaba a su hija tres palabras que poblaban su día y habitaban sus sueños.
Un día, al volver del trabajo, el hombre vio una suave luz amarilla en el cuarto de la nena. Abrió al puerta y, sumergida en las páginas del libro, vio a Isabel que, con su dedo, recorría una y otra página. Cada vez que su dedo rozaba una palabra, ella abría la boca y la dejaba salir.
-Niebla- decía y el aire se hacía vaporoso y húmedo.
-Flor- y el cuarto se llenaba de tulipanes, anémonas, alhelíes.
-Aljibe- y los pozos tenían perfume a agua oscura.
El papá se acercó en puntas de pie a la mesa y acarició la cabeza rubia de Isabel. La nena giró la cara y sus ojos eran espejos iluminados de felicidad.
-¡Papá! –exclamó señalando la palabra amor.

Este cuento fue escrito en octubre del 2007, en febrero del 2008 el papá de Isabel falleció y en marzo, ella se cambió de colegio. Nunca la volví a ver, pese a que nos comunicamos cada tanto por mensaje de texto. Siempre espero que esté bien y feliz.

sábado, 20 de octubre de 2007

Nostalgias



A posteriori*

No sé cómo, pero querría conocer el Bósforo y sus márgenes irisdiscentes; sumergirme en las aguas de esos mares y dejar que me impregne el aroma encantado de sus sílabas. Tomar un tren que me lleve a ver los labios abultados y asiáticos con que Europa se besa a sí misma. Cruzar el mar de Mármara, los Dardanelos y mojar mi melancolía en el mar de su color. Pasar por el golfo de Antalya, desayunar café en Estambul y divisar a lo lejos sus torres turquesas y el perfume del Egeo pasando Samotracia. Llegar a Éfeso donde sólo ha quedado una columna en pie para honrar el pasado de aqueos y de argivos. Sentir Alejandría tras los velos quemados de todos los papiros y los códices y oler la sangre derramada en el Peloponeso. Y, en mi regreso, surcar las aguas del mar de las historias donde vagaron Eneas y Odiseo impregnados en nostos : el estallido de las islitas amarillas de Grecia, Sicilia, Córcega, Cerdeña, Túnez y los restos esparcidos de Cartago donde Dido mató en su cuerpo los amores traicioneros de Roma, las antiguas colonias de la costa francesa con sus ánforas enterradas en la arena, el abismo azul y ultramarino de Capri y sus cuevas, soñar Fenicia y sus ciudades amuralladas en España hasta llegar a Cádiz. Morir de dolor en Algeciras donde todo termina porque Isabel fue más fuerte que su catalán esposo. Nunca tan otra, nunca tan yo: esto que soy, lo que deseo ser, lo que jamás seré. Siglos de historia, siglos de cuentos y una nostalgia por lo que vive allá, lejos de este río que me bordea con sus aguas de barro y esta llanura que, de tan ancha, no pueden distinguirse sus comienzos.

*Olga. este texto lo escribí el 30 de agosto, cuando vos y yo no nos habíamos cruzado; pero Bulgaria y el Mediterráneo ya nos estaban acercando: vos para tu jubilación y yo para mis nostalgias.

miércoles, 17 de octubre de 2007

La memoria donde ardía (fragmento)


Este domingo las abuelas de Plaza de Mayo cumplen 30 años de búsqueda de sus nietos. Treinta años es una vida. Esos nietos ya son hombres y mujeres y tal vez tienen sus propios hijos. Cualquier sociedad que se jacte de ser civilizada debe garantizar la identidad de sus miembros. Hace unos años escribí una novela y éstas son sus páginas finales.

Que los nietos aparezcan y las abuelas puedan disfrutar de ser abuelas pronto, muy pronto.


La oficina del juez es grande y tiene una alfombra roja gastada. Una secretaria de trajecito color café te hace pasar. A tu papá le dicen que espere y a Iris también. Adentro está también la doctora con la que estuviste hablando mucho en estos días. Ella te contó que Federico era tu papá, porque lo había dicho un análisis de sangre que, te explicó, comparaba tu sangre con la de él. Pero, además de eso, ella nunca había sido tu mamá. Que tu mamá era la hija de Iris, Alma. Por eso también le sacaron sangre a Iris para comparar. O sea, te dijo la doctora que tus papás son Alma y Federico. Y que vos naciste en una especie de cárcel que había antes en un gobierno que había robado muchos otros bebés como vos. Te contó que tu mamá estaba desaparecida y que ahora, si vos querías podías ir a vivir con tu papá y tu abuela, porque Iris es ahora tu abuela. ¿Y ella?, le preguntás. Ella se escapó. ¿Y adónde? No sabemos, dice el juez. Y cuando la encuentren ¿qué le va a pasar?, preguntás. La vamos a juzgar. Yo no quiero que le hagan mal, decís. Nadie le va a hacer mal, dice la doctora, pero hay que ser justos. Cuando uno hace algo que es incorrecto, debe responder por lo que hace, aclara el juez, Así funciona la justicia. La secretaria hace pasar a tu papá y a tu abuela. Se sientan los dos enfrente del juez que les hace firmar unos papeles y te da un documento donde figura tu nombre, el verdadero. Al final tenía razón Domingo, decís. El oso sabía que ella no era mi mamá y que yo no me llamaba Lourdes. En el documento está tu foto y arriba se lee Ana y el apellido de tu papá seguido por el de tu mamá, Zweig. El juez se levanta y les da la mano a tu papá y a la abuela Iris. Afuera, cuando salen se van los tres con Aniko y Maritza a festejar. Vos le preguntás a tu papá, ¿A ella puedo seguir diciéndole tía? Claro que sí, asiente tu papá. La tía Aniko se irá esa misma tarde a Mercedes y Maritza se irá con ella, ya no tiene nada para hacer acá. Le prometés a la tía que la vas a ir a visitar. ¿No es cierto, papá, que vamos a ir? Por supuesto, dice él, en cuanto empiecen mis vacaciones en la Facultad nos vamos un fin de semana para allá. Cuando la tía y Maritza se van, tu papá llama a un taxi y los tres se suben para ir a la casa donde, de ahora en más, vas a vivir.

El departamento de Federico no es muy grande, pero tiene dos cuartos y una sala muy luminosa. Hace unos días Federico me pidió que lo ayudara a arreglar una de las piezas para Ana. Compramos una cama, un ropero, un escritorio y una silla. Federico estuvo mirando muchas casas de decoración y después volvió y pintó los muebles de blanco y los decoró con una guarda de florcitas diminutas y rosadas. Con Aniko se ocupó de trasladar la ropa de mi nieta y todas sus cosas. Inclusive el oso que siempre la acompañó al que tuve que coserle un ojo que tenía colgando. En la puerta del ropero por el lado de adentro le colgó un espejo muy viejo que consiguió en una casa de remates porque dice que Ana pronto se hará mujer y querrá mirarse todo el tiempo en un espejo. Yo me reí. ¡Qué sabrá Federico de mujeres si sólo le tocaron en suerte dos Zweig: Alma y Ana! También me hizo traer todo lo que era de Alma: sus cuadernos, las fotos de toda su vida, algo de ropa, la vajilla que pude rescatar de la casa de Florida, las macetas con los gajos que conservé de aquellas plantas, la ropa que cosía para su bebé.
Cuando Ana entra en la casa, nosotros nos quedamos parados en la sala dejándola que ella recorra ese nuevo universo que le toca habitar. Se va derecho a una foto muy grande de mi hija embarazada que está en la enorme biblioteca que cubre toda la pared. La toma entre sus manos y se sienta en el sillón que Federico prefiere para leer. Sus deditos recorren la cara de Alma, su cabello, y la línea curva del vientre.
-Acá estaba yo- nos dice levantando los ojos.
-Ajá- contestamos los dos como podemos.
-Yo me acuerdo. Era en una casa que estaba enfrente de una quinta que tenía unos árboles azules y amarillos.
Federico me aprieta la mano, pero yo no puedo parar de llorar.
-¿Quién te contó eso? –le pregunta.
-Nadie. Yo lo sé. Siempre lo supe. Una quinta con flores amarillas y azules. Yo lo sé.
Esa noche los tres comemos lo que Federico cocinó. No es un buen cocinero y le digo que va a tener que aprender. Ana dice que ella tampoco sabe cocinar, salvo empanadas. Les prometo que les voy a enseñar a los dos.
Después de cenar Ana se baña y se acuesta en el sillón donde su padre y yo tomamos café. Con la cabeza apoyada sobre mi falda se queda dormida. De su pelo emana el olor de mi hija y la tibieza de su cabeza tantas veces adormecida antes en mi falda. Federico la mira como si todo el tiempo del mundo no le alcanzara para observar.
-Mire, Iris, resopla igual que Alma. Y frunce igual la nariz.
-¿Y viste como se muerde el labio? Igualito a Alma.
Federico la alza en brazos y la lleva a la cama blanca que pintó para ella. Yo me despido. Ya es tarde y al día siguiente es jueves y a las tres y media quiero estar descansada para ir a la Plaza. Además, en casa, me esperan Helga y Carmen para que les cuente cómo salió todo. Federico se queda con su hija y cuando cierra la puerta respiro el aire tranquilo del verano. Alma, querida hija, ahora debo reconstruirte, recordarte más aún para que tu memoria sea una llama ardida en los ojos de Ana que deberá aprender a vivir otra vez.

Yo, ahora, de pie junto a este río tan inmenso que parece un mar marrón, arrojo una flor, mientras mi papá y mi abuela esperan unos pasos más atrás. Y le digo a mi mamá, que soy yo, Ana; que he vuelto; que ya estoy aquí. Mamá, mamá , digo, y mi propia voz se pierde en el calor de la tarde y va subiendo fuerte y segura, Mi papá avanza y me toma de los hombros con suavidad. Es él quien está enseñándome a descubrir quién soy. Mi abuela llora sin animarse a romper la intimidad de nuestro abrazo. Por sobre los hombros de mi papá la llamo y se acerca. Ahora toco sus manos y veo que sus dedos, más viejitos, son iguales a los míos; que mi nariz es igual a la de mi papá y que a los dos se nos hacen hoyitos al sonreír. También sé que tengo los mismos ojos que tenía mi mamá, así de azules y que como ella me muerdo la boca cuando me pongo nerviosa y frunzo la nariz. Tengo un montón de fotos en las que la veo con una panza en la que estaba yo y también unos cuadernos en los que copiaba poesías cuando tenía más o menos mi edad. Ayer acompañé a mi abuela a la Plaza de Mayo y todas las otras madres me abrazaban y lloraban. Mi papá me cambió de escuela para el año próximo y yo pedí ir a la misma que había ido mi mamá.. Quiero estar en el mismo patio y en las mismas aulas donde ella estuvo a mi edad. Mi abuela a veces me mira y dice que me parezco mucho a mi mamá. Me gusta llamarme Ana. Es un nombre simple y sencillo y además es mío. Ahora sé que nací el 28 de junio y no el 24 de agosto, así que el año próximo festejaré antes mi cumpleaños número catorce. A esa edad mi mamá conoció a mi papá. También sé que soy judía, que mi abuela lo es y que mi mamá también lo fue. Mi abuela me regaló la estrellita que mi mamá solía llevar colgada al cuello. Yo no creo mucho en Dios, pero es una forma de tener a mamá cerca del pecho. Quiero empezar a acordarme todos los días de cómo era ella, de cómo sentía, de qué cosas pensaba, de cómo se emocionaba o de las veces en que se enfurecía. Quiero saber quién fue porque sé que cuanto más los conozca a ella y a mi papá, más voy a ir conociéndome a mí. Con mi papá recorremos los lugares por los que mi mamá andaba. Fuimos a la casa donde vivieron y vi la calle cubierta por las flores amarillas y celestes de los aromos y los jacarandás que yo sabía que existían. Ahora vive ahí otra familia; pero, cuando mi papá les contó, nos dejaron entrar y él me mostró la terraza desde la que mi mamá miraba la quinta Trabuco y soñaba o el sitio donde todavía crece una enorme Santa Rita. Después caminamos por las calles de Florida y me llevó a un barcito donde él le había dicho que estaba enamorado de ella. Todos los días mi papá se acuerda de algo nuevo y me lo dice. También me dio las cartas que me fue escribiendo cuando estaba en París. Y yo le cuento todas las cosas que tuve que vivir cuando no era yo. Me prometió que, en cuanto le den vacaciones largas en la Facultad, nos vamos de ir de vacaciones a Los Molles así él conoce a Graciela y a sus papás. Mi papá no conoce Mendoza y yo le dije que era el lugar más lindo del mundo. Él se rió y me dijo si yo conocía otros lugares. Le dije que no, pero que seguramente en ningún otro lugar podía haber montañas tan bellas como las de ese sitio. Le prometí llevarlo a andar a caballo y a tomar agua de los ríos. Mi papá a veces también me mira y se le llenan los ojos de lágrimas. Yo sé que se está acordando de mi mamá y entonces lo abrazo muy fuerte para que no se sienta solo porque ahora estoy yo que soy su hija y que siempre lo voy a cuidar. Es tan lindo que sea mi papá. Y que mi abuela sea mi abuela. Y que mi mamá sea mi mamá. El resto, lo que a los cuatro nos pasó, serán semillas sembradas en la tierra que algún día florecerán. No hay más mentiras, sólo la verdad. Mi mamá tenía diecisiete años el veinticuatro de marzo de mil novecientos setenta y seis. Nadie que no sea argentino puede comprender la tragedia que encierran estas catorce palabras. Yo lentamente la he comenzado a conocer.

Desde Cádiz


a Teodoro Miciano Becerra
a Olga Becerra Vila

Ya era la hora pero nadie venía a buscarlo. ¿ Y sus padres? ¿Y sus hermanos? El barco estaría zarpando desde Cádiz, abriendo el agua en dos con su quilla de acero rojo y llevándose lo que a los diez años es un mundo: un padre, una madre y cuatro hermanos. Qué larga es la noche de Jerez cuando el mundo queda en otro sitio donde moraron tiempo atrás los fenicios, ese reino de comerciantes que mil cien años antes del nacimiento fundaron el recinto amurallado donde ahora el buque rompe el agua y las olas se estrellan en el pecho angustiado del pequeño. Pasaremos la noche en Jerez y mañana, había dicho el padrino, irás a Cádiz, subirás a ese barco y partirás con los tuyos cruzando la masa verde del océano. ¿Y quiénes son los tuyos? Teodoro pensó en su nombre. Eso era él para Manuela: un pequeño regalo de los dioses que dormía esa noche en el aire conmovido de jazmines de una España que, más allá de los mitos de pureza y de sangre, era una mezcla de estratos y palabras. Allá, en Cádiz, la madre Carmen tenía nombre de canto grecorromano y clásico y la hermana mayor soñaba con los hijos que tendría diez años más tarde de ese día de 1913. El carro tambaleaba sus ruedas en el camino de tierra mientras Andalucía se devoraba a sí misma con sus voces sefardíes y moras que los reyes habían querido limpiar cuando les cayó como del cielo el continente cristobalino. Corre, Teodoro, que te llaman los gritos de los tuyos por la borda. Los padrinos se demoran peinándolo y llenándole de dulces los bolsillos. Cádiz es una taza fenicia de plata, como fue griega Alicante y tartesio el Guadalquivir. Y Teodoro corre extenuado para poder llegar al barco y abrazar a los suyos sobre la borda. Pero las horas pasan y el corazón se atasca en medio del sendero. Son pequeños los pies a los diez años para correr devorando distancias. Y nunca crecen. Siempre de diez, ve el niño al tocar el malecón que el barco se despega del muelle y él se queda abajo entre sus dos padrinos que agitan pañuelos blancos. Llora su madre, su padre aprieta sus ojos relucientes como dos aceitunas y la hermana le muestra cinco pequeños que ya lleva en sus brazos. Teodoro es un paquete con un moño de lágrimas. A los diez años, los suyos lo abandonan en el muelle y se van entre los gritos y la algarabía de los que son felices como él ya no podrá serlo. No hay dimensión en las penas que suceden en la infancia. ¿Cómo será el mundo ahora que el barco se pierde como una vela humeante en el horizonte de América? ¿Quién lo vestirá por las mañanas y le hablará de otros lugares donde crecen palmeras y hay llanuras tan anchas como el mar que se tragó a los suyos? Entonces el padrino extrae de su bolsa dos pinceles y una caja de colores: miles de colores que son regalos para Teodoro, miles de colores para que pinte el cielo, los recuerdos, el rostro transido de dolor de su madre en la barandilla, los ojos verdinegros de su padre, los hijos de su hermana y una pequeña de cabello castaño que sonríe con un lápiz en la mano y escribe un relato para que sus palabras tiendan un puente que atraviese el océano verde y el pequeño Teodoro desde Cádiz pueda bajar en Buenos Aires y besar a su madre y abrazar a su padre y jugar con su hermana de trece años que ya tiene cinco hijos y una niña que escribe regalos con las palabras que le dictan los dioses que le dieron los suyos.

viernes, 12 de octubre de 2007

Anécdota escolar XXXI. Preguntá que te contesto

(Durante una evaluación)

Alumno 1: (Levanta la mano) ¿Puedo hacer una pregunta estúpida?
Profesora: (Risas) Sólo si admitís una respuesta estúpida.
Alumno 1: (Se encoge de hombros) ¿Se escribe "yo y mis amigos" o "mis amigos y yo"?
^*^*
Alumna 2: El que trabaja con leña, ¿es un leñero?
Todos: (A coro) Es un leñador.
^*^*
Alumna 3: ¿Cómo se escribe "gómito" o "vómito"?
Alumna 4: El que se lanza un "gómito" es porque comió muchas gomitas.
^*^*
El alumno 5 tiene que analizar sintácticamente la oración "El cuervo encontró un queso muy sabroso". A la estructura "muy sabroso" le coloca por debajo "Circunstancial de gusto".

El huevo cigota. Entrega 15

Donde la nena cuenta su primera vacación sin papá y mamá

La mamá y el papá se fueron. La tía Perla los despidió y el avión remontó el cielo y los depositó en el Hotel Casino de Carrasco, en su escalinata curva de mármol y sus puertas vidriadas. Chau chau, decía la tía perla con su saco de piel y su collar de cuentas pequeñitas y blancas. Chau chau y cuando el avió no se vio me envolvió en su abrigo tan peludito mientras el viento húmedo de septiembre soplaba fresco en el aeropuerto. Chau chau y sus brazos eran una cuna calentita en el taxi que nos dejó en Echeverría y Libertador con dos bolsos: uno de ropa y pañales y otro con los frascos de leche. Chau chau y el ascensor trepaba hasta el piso dieciséis y se abría la puerta de un departamento desde el que podía verse el río y, si estaba claro, hasta se divisaba el Uruguay donde el papá y la mamá viajaban en su avión bicolor.
-¡Qué chiquita!- decía la tía Perla mientras trajinaba con almohadones y almohadas para que no me cayera de la cama matrimonial. En la cocina el agua a borbotones escupía su calor por el pico de la pava.

Intermezzo para explicar una cuestión de género autobiográfico y otras menudencias ad hoc.

Señores lectores: Es bien sabido que la autobiografía es un género bastante inverosímil de por sí, dado que pretende otorgar a posteriori sentido a algo que no lo tuvo durante su devenir. Ese algo se denomina vida, curso vital o tan siquiera génesis y escribir sobre ello es pensar que la experiencia tiene una misión trascendente, que, seamos honestos y descarnados, no posee nunca jamás. El que autobiografía, en este caso el huevo cigota devenido en niña, cree estar interpretando la vida que le tocó vivir y dándole una coherencia y una cohesión que nunca tuvo antes del hecho de transformarla en narración. Y vean, ustedes, narratarios de este yo narrador que caracteriza a cualquier autobiografía, que hemos dicho “le tocó vivir” como si hubiera algo más allá de los días que designa a cada abstracta experiencia un actor, a cada ser un destino, es decir, una misión, trascendencia o significación. Menuda traición que el autobiografiante se inflinge a sí mismo al tratar de contar y en la que reside todo lo inverosímil del intento de relatar. Explicado esto, verán ustedes a continuación que la niña de tan sólo un mes y medio de edad posee conceptos y categorías impensables para entender el mundo en una infante de tal edad. Ya saben, no molesten y lean esto como un relato maravilloso que eso, Tzvetán dixit, es.

Dos mamaderas hizo la tía y las enfrió. Era raro el sabor. Menos dulce, menos suave y menos tibio el plástico que bordeaba el pezón que sabía a goma; pero salía fácil, sin esfuerzo, casi sin querer así que comí hasta hartarme y después me dormí. Cuando me desperté ya era casi de noche, de la cocina provenía un olor que no era mío y unas voces que conversaban bajo una luz que supuse amarilla. Todavía no había sonado el reloj y faltaba para que su sonido trajera otra vez a la tía y su leche fácil. Me moví apenas y se me escapó un gemido. Alguien prendió una tenue luz a mi costado.
-Ay, qué linda la nena. Ya se despertó- era la tía y su pullover celeste y su collar de cuentas pequeñitas y blancas.
Apartó la almohada y con una fuerza suave me alzó y me llevó hasta su pecho que latía.
-¿Tiene hambre? –preguntó la tía.
No, pensé, cómo voy a tener hambre. Todavía no sonó el reloj. No puedo tener hambre hasta que suene el reloj.
-¿No le hace glu glu la pancita? –y me apretó el vientre con delicadeza.
No sonó el reloj. Que alguien le explique que la panza espera que suene el reloj para hacer glu glu.
-Ahora la tía le va a dar una rica mamadera calentita.
Pero si no sonó el reloj. Es así, tía: trin trin glu glu y entonces la teta. Ercucto pañal cuna. Tres horas. Trin trin glu glu teta eructo pañal cuna. Trin trin y siempre igual y cuando se hace de noche después de la teta el baño. La tía no sabe. Hay que avisarle y me largué a llorar.
-Ay, cómo llora la nena. Ya va, ya va –y me zampó la mamadera en la boca y mamé, mamé hasta casi adormecerme. Entre sueños sentí a la tía cambiarme, mecerme contra su pullover calentito y después me dormí.
Me desperté sobresaltada no sé cuánto tiempo después. Entraba la luz de la mañana por el ventanal. ¿Y el reloj? ¿Por qué no sonaba el reloj? Y la panza, ¿por qué hacía glu glu? De la cocina llegaba el ruido de un lavarropas. Gemí. La tía entró y me levantó. ¿Por qué me levanta tanto la tía? ¿No le dijo la mamá lo que había indicado el doctor? Me sonrió y yo le sonreí. Era linda la bata de algodón de la tía. Olía a jabón y café.
-Dormilona –me retó riendo- Toda la noche se durmió usted después de la última mema. Vagoneta.
¿Y el reloj?
-Ahora la tía le va a dar de comer, la vamos a bañar y después nos vamos a pasear.
¿A esta hora? Si no es de noche todavía, ¿por qué me va a bañar? ¿Y el trin trin?
Mamé con los ojos y las orejas abiertas. Seguro sonaba en cualquier momento el reloj. La tía me estaba haciendo una broma. Ya iba a sonar y todo volvería a ser como era en la casa de la mamá. Pero no hubo trin. Ningún trin.
La tía me desnudó y me sumergió en el agua tibiecita. Era lindo bañarse acá. El baño de la tía tenía miles de frasquitos que brillaban con la luz. Me reí cuando los vi. Me reí cuando me enjabonó. Me reí cuando me secó con un toallón de felpa suavecita. Me reí cuando me olvidé del trin trin. Me reí.
La tía me puso una camiseta de algodón. Me puso un pañal limpio, Me puso las medias de lana. Me puso un saquito, me puso un osito en las piernas. Me puso un abrigo de paño. Me puso un gorro. Me envolvió en una manta y me sacó. Estaba calentito adentro de ese revoltijo de ropa. ¿No sabía la tía lo que había dicho el doctor? El aire sólo era frío en la cara y el resto del cuerpo tenía calor. Lindo calor. Mucho calor. Dimos tantas vueltas que me dormí. Cuando volvimos y la tía me fue destapando yo hervía.
-Tiene fiebre- gritó.
¿Dónde está mi trin trin? ¿Qué hago con el glu glu? ¿Cuándo tengo que tener hambre? ¿Y dormir? El trin trin golpea la puerta del cuarto donde la tía me pone un paño frío en la frente.
-Hola, señora- dice con su cara redonda de reloj blanco- Vengo a buscar a la nena.
-¿A la nena?
-Sí. Usted no le dio la leche cuando sonaba el reloj.
-¿Qué reloj?
-Señora, usted ya tuvo una hija…¿cómo hizo para criarla? Dígame.
-¿Cómo hice? No sé… la crié. ¡Qué sé yo!
-Ah, es usted el típico caso de la madre intuitiva –tan perjudicial-, guiada sólo por su instinto, que deja la educación de la criatura librada al azar, al vaivén de los acontecimientos y / o despóticos deseos del lactante. ¿No?
-Y…sí…-musitó la tía.
Ay, señora, así salen los niños que son educados, qué digo, maleducados sin la guía certera de la ciencia.
-¿De la ciencia? ¿Hace falta ciencia para criar un bebé?
-¡Ignorante! –bramó el trin trin- Es la ciencia médica dedicada a la crianza de niños pequeños, llamada puericultura, palabra que deriva del latín “puer” que significa, precisamente, “niño”. Con el auxilio de esta valiosa ciencia, los niños crecerán sanos y derechos y la salud física y moral, inevitablemente, conduce a la felicidad, señora.
-Ah…¿sí?
-Señora, sólo la puericultura y el cumplimiento riguroso de sus reglas puede garantizar la felicidad futura de sus hijos. A ver, señora mía, ¿cada cuánto alimenta usted a su beba?
-Es mi sobrina –corrigió la tía.
-Mero detalle, señora, eso no importa. ¿Desde cuándo el tipo de vínculo es definitorio en la crianza? La eficiencia de la prestación, señora, eso es lo fundamental. Entonces, ¿cada cuánto la alimenta?
-Y, no sé.
-¡Cómo que no sabe! ¿Y el tiempo,. Señora? Hay que educar al niño y sólo el método…
-Bueno –interrumpió la tía- en realidad la alimento cuando pide. Dos, tres y hasta cuatro horas.
-¡Horror! ¡Espanto! Los niños deben comer cada tres horas. Exactas. Ni un minuto más ni uno menos.
-¿Y si no tiene hambre?
-La despierta para que coma, obviamente. Eso, mi estimada mamá…
-Tía.
-¿Qué?
-Mi estimada tía. Soy la tía.
-Lo mismo da. No fastidie más. La función es ubicua e independiente de quién sea el que la ejerza. Entonces…, señora tía, ¿qué estábamos diciendo? Ah, sí… eso de despertarla no hace otra cosa que crear un hábito que es tan positivo para la salud.
-¿Y si llora?
Pues la deja llorar. Nadie se muere por llorar un rato. ¿Qué haría usted si tuviera dos o tres bebés llorando al mismo tiempo? ¿Podría atenderlos a los tres? No, entonces…
-Pero, es tan chiquita.
-Si no aborda la solución del problema ahora, pronto será grande y la cuestión la dominará a usted. Jamás debe reaccionar instintiva o emocionalmente. Para criar seres humanos íntegros y felices, los hombres de ciencia han inventado la puericultura. Ya se lo dije, la ciencia médica al servicio de la crianza de su bebé.
El señor trin trin está enojado. Vaya si lo está. Entonces suena el teléfono. Hace frío, mucho frío entre las mantas de lana blanca.
-Hola. ¿Sí? –dice la tía- ¿Qué tal? ¿Cómo la están pasando?
Mal, pienso yo, no sonó ni una vez. Ya no sé si comí, si debo comer, si quiero comer. Tengo frío. Mucho frío.
-Bien- dice la tía- Todo está muy bien. ¿Y ustedes?
Eso, ustedes, che, vuelvan y traigan el trin trin que la mamá se lo llevó y yo quiero querer dormir, comer y bañarme.
-¿Problemas? No…-dice la tía- ¿Qué problema va a haber? Ninguno.
No, claro, ninguno, pienso yo, excepto que el señor puericultura está que trina y a punto de pisar a la tía con su patota de reloj y que yo tengo frío pese a las dos mantas…¿Qué problema va a haber?
-¿Y cuándo vuelven?
Eso, sí, cuándo traen el trin trin así sé cuándo tengo hambre, cuándo debo comer. A ver si se comportan como gente grande.
-Bueno, sí, cualquier cosa los llamo… Chau.

La tía cuelga el tubo negro y respira agitada. Saca de un armario blanco una pastillita rosada que parte en cuatro y la disuelve para hacérmela tomar. Después empiezo a sentir calor y la piel se me llena de agua. Debe ser la hora de dormir. Trin trin, señor puericultura, y se acabó la vacación.

miércoles, 10 de octubre de 2007

Maïa o el amor

Es raro el amor. Miro la foto de una niña a la que no conozco, pero extraño. Puedo esbozar millones de argumentos: que la quiero porque amo a su padre que es mi hermano con quien he transitado caminos de ida y vuelta al paraíso y al infierno, que los niños son siempre bellos -sobre todo si a una no le cabe la responsabilidad de criarlos-, que he pasado ya por la maternidad y llevo en mi acerbo una experiencia de errores que no volvería a repetir, que tengo nostalgias de una familia que siempre me fue escasa y esquiva. Pero nada sirve para explicar cómo me imagino su perfume y su tibieza, su vocecita francesa que garrapatea en el español que soy yo, que siento sus besos, sus abrazos, el pseo que se desmaya cuando un niño se va durmiendo sobre nuestro cuerpo. Y mis hermanos están lejos y me han privado de la dicha de la tía cotidiana que sería, de los miles de pesos que gastaría en libros, en globos, en muñecas, en chocolates, en vestidos celestes y rosados con florcitas bordadas y cuellos de puntilla, en zapatos de charol, en entradas de teatro y en gigantescas hamburguesas. Es raro el amor, es cierto, pero es. Y está impreso en mi sangre y en esos ojos que, desde la foto, miran allá, más allá, desde donde ella sabe que yo la miro también.

Oportunidades

La dejo en la puerta, detrás de un vidrio al que me acompañó para despedirse, abrazada a dos enfermeras que la consuelan. Llora. Al borde de la emoción se le arrasan los ojos de lágrimas. Camino bajo la lluvia cinco cuadras por Olazábal hasta Triunvirato sin poder contener yo, ahora, las mías. Es injusta la vida. Siento su desamparo: tan frágil, tan tenue, tan etéreo el hilo que la sostiene. Le brindo lo que tengo para ella: dos visitas semanales que duran aproximadamente dos horas cada una, mi charla sobre tiempos pasados, besos ruidosos, canciones, abrazos, caricias, una taza que repongo cada vez que se quiebra cuidando buscar cada vez una que sea más bella, de mejores colores, más fina; diarios, libros, revistas, fotografías, flores, dulces, frutas rojas que busco denodadamente por los mercados de la zona. Y todo, todo es insuficiente; porque cuando me voy se abraza a las enfermeras y llora. Y yo camino por Olazábal, también, en lágrimas y nada puedo hacer para que todo recomience diferente otra vez. No hay segundas oportunidades. Y cuando nos damos cuenta de ello es demasiado tarde. Y no podemos hacer otra cosa que llorar.

domingo, 7 de octubre de 2007

Postales escolares IV: Península de Valdés

Está siempre desgreñada y chancletea con sus zapatillas a media asta hasta el fondo del aula, desganada y abúlica, para echarse en el banco del rincón. Su único interés es un celular con MP3 que satura su cerebro toda la clase y del que emerge de vez en cuando para blandir un libro y fingir para mí que está haciendo algo. A veces ni siquiera eso: apoya la cabeza entre sus brazos y duerme plácidamente toda la hora. En una oportunidad, el piso alrededor de su banco quedó tapizado de papeles de bombones de chocolate que fue comiendo a lo largo de la clase de una caja que deslizaba cada vez que acababa el que se derretía en su boca. Tiene un novio en la otra punta del salón y se arroja sobre él en una especie primavera patagónica y peninsular, con unos resoplidos de gozo y satisfacción. Después se abrazan, se pegan, se empujan, se besan en un regocijo aburrido y costumbrero. Va y viene por las filas hasta que oye mi grito que la llama una y otra vez a guardar su lugar. Y vuelve cansina a su redil, no sin antes intentar empezar una protesta que la cansa a la mitad de su propia enunciación

Cuentos para Maïa 6. Un viaje de primavera


Mariela una y otra vez movió sus ojos. Desde la hoja blanca de su cuaderno hacia las grandes letras del pizarrón: COMPOSICIÓN. Tema: “La primavera.
-¡La primavera! –pensó Mariela- ¡Pero qué aburrido! Siempre la misma tontería: que las flores, que las mariposas, que los pajaritos y el sol. Y a mí, no se me ocurre nada, pero nada, nada.
El pizarrón de tan negro parecía un cielo estrellado donde la luna con letras de luces blancas hubiese escrito: la primavera.
Los ojos de Mariela se perdieron en la inmensidad de la noche y una por una fueron encendiéndose todas las estrellas. La tinta de su lapicera se escapó hacia un inmenso manchón azul lavable que inundó el espacio de un tibio olor a sal marina. Y el cuaderno plegó una por una sus cien hojas formando un velero. Comenzó a soplar el viento nocturno, mientras el cielo encerado y negro iba abriendo más y más puntos luminosos. Y allá, en lo alto, sonriente y cálida, una suave luna de tiza cosquilleaba en el filo de la sombra. Mariela sonrió satisfecha. Ahora sí estaba tranquila. El viento del mar movía las velas de seda celeste de su velero y se respiraba el mes de setiembre contra el aroma espumoso y blanco de las olas. Mariela observó la silueta dorada de una sirena hundirse en las aguas y el chorro cristalino de una ballena asomar sobre la superficie.
De repente, el cuaderno volvió a plegarse en dos, tres, cuatro y mil y se transformó en una nave supersónica. Lejos quedó el mar azul con sus olas, su sirena y su velero. El cielo se hizo profundo y un chorro rojo cruzó de lado a lado la superficie de la noche. Mariela se agarró fuerte. Un cometa casi la roza con su cola de luces y un meteorito verde le arañó la punta de la trenza. Uno por uno a su lado iban pasando todos los planetas: marrones, dorados, naranjas y amarillos. Le hacían tres guiños luminosos antes de continuar con sus veloces vueltas. Mariela sintió el silencio del espacio. En la negra profundidad no se escuchaba ni un ruido, y su nave se movía con lentitud como suspendida en el aire por hilos de lluvia.
De repente, la nave volvió a plegarse en dos, tres, cuatro y mil, y se convirtió en un unicornio blanco de largas crines y cola encrespada. El cielo volvió a llenarse de diminutas estrellas y el pasto se agitó verdemente con la brisa nocturna. Mariela acarició el cuello del animal y apenas si tuvo tiempo de tomarse con fuerza de él, cuando el unicornio comenzó a galopar y galopar devorando a su paso ligero bosques azules, praderas de lino celeste, campos de espigas doradas. Los cascos parecían retumbar en el aire, inundando todo como un trueno plateado. A su paso, titilaban luciérnagas asustadas, ocultándose entre el follaje de unos manzanos cercanos.
Y de repente, dos, tres, cuatro y mil pliegues y el cuaderno se convirtió en una inmensa flor que sacudió el rocío perfumado de la noche. Mariela apretó su nariz entre los pétalos gigantescos y sintió la emoción de una mariposa al posarse en una amapola amarilla. Desde allí, observó los tallos peludos y suaves de las demás flores, el fresco olor mojado de la tierra, la misteriosa profundidad de las raíces oscuras.
Y de repente, dos, tres, cuatro y mil pliegues y la voz de la maestra diciendo:
-Vayan entregando sus composiciones.
Mariela suspiró satisfecha y, alisando la hoja blanca, se dirigió hacia el frente.
La maestra tomó la hoja sonriendo y la alegría se transformó en asombro en dos, tres, cuatro segundos.
-Pe... pero, esta hoja está en blanco. No escribiste nada, Mariela. No hiciste la tarea.
Mariela volvió a tomar la hoja y la miró. Después levantó los ojos y miró a la maestra. Con voz alta, tranquila y segura dijo:
-No. No está en blanco.
-Sí. Está en blanco –dijo la maestra arrancándole la hoja de la mano.
-No, que no está.
-Sí, que está.
-Que no.
-Que sí.
-Que yo digo que no.
-Que yo digo que sí.
-No.
-Y bueno. A ver, ¿qué dice?
Mariela sonrió abriendo la boca de lado a lado.
-Aquí habla de un velero en una noche marina de primavera; aquí, de un viaje en una nave espacial por el espacio cósmico. Más acá, de un caballo y una pradera; y por allá, de una gran flor perfumada. –explicó Mariela mientras iba señalando en su hoja blanca.
-Estás loca. Completamente loca –dijo la maestra.
Mariela la miró desde su corta altura de sabia y exclamó:
-No. Lo que pasa es que usted, señorita, todavía no aprendió a leer los sueños.
Y con su hoja blanca volvió a sentarse en su pupitre, mientras la maestra en el frente no hacía otra cosa que rascarse la cabeza con preocupación.

sábado, 6 de octubre de 2007

Postales escolares III: Primavera cero

De pronto, sin previo aviso y teniendo en cuenta la estación florida, la buena alumna sintió adentro suyo, en ese revoltijo femenino denominado entrañas, un estallido de hormonas que la cegó. Debe haber apartado los libros a un costado y apoyado la frente sobre el escritorio frío de madera sin comprender muy bien qué sucedía. Debe haber intentado reponerse, poner los libros otra vez en su sitio y volver a estudiar. ¿Verboides? ¿Policial? ¿Signos reflejos? Y las hormonas pujando en su cerebro agotado a esta altura. Lo dejo para después, pensó. Y se entregó a la dulce ensoñación del deseo que, a los quince, se disfraza de amor. Debe estar durándole todavía y en curva francamente ascendente porque desde septiembre, la mejor alumna, en cada evaluación, no sale del cero.

viernes, 5 de octubre de 2007

Postales escolares II: Raiman

Transcurrió todo el 2006 oculto tras sus cabellos y garrapateando trabajos en unas letras, mezcla de jeroglífico egipcio e ideograma mandarín. Sentado junto a la pared doblaba su pierna derecha sobre su pecho con el pie apoyado en el banco como si quisiera trazar con su extremidad un muro que lo separara de la peligrosa proximidad de ese otro ser extraño al que llamaba (yo) su compañero. Cuando llegó mayo de 2007 se despertó. Un peluquero le despejó la cara y aparecieron brillantes sus ojos listos para la guerra. Desde entonces no deja de molestar: grita, golpea, empuja. de su letra desconozco qué evolución pudo haber tenido porque entrega siempre en blanco. Sé que su propia felicidad reside en este cambio, pero añoro el muro corporal de 2006.

Postales escolares I: El dios bifronterizo

Las miro desde el frente. De una se dice, en discurso neopsicopedagógico, que no ha alcanzado la etapa del pensamiento abstracto y las operaciones lógicas. De la otra nadie dice nada: es rozagante y tiene la mirada de los que viven en el limbo y obtienen allí la gracia de una completa felicidad. La primera se sienta a mi izquierda, la segunda a la derecha y se apoya sobre la primera con el antebrazo en el hombro de su compañera y la cabeza reclinada sobre la de la otra. Así escriben, leen, trabajan, murmuran historias que sólo ellas conocerán y se ríen quedamente. A simple vista son distintas, pero en el banco recostadas una sobre la otra conforman una masa indiferenciada y débilmente iluminada. Ambas forman el pelotón que ya se anotó a examen desde mayo. Sobrevuelan sus aplazos con simpleza e ignorancia y mis palabras deben configurar murallas que no osan siquiera rozar. Alrededor el mundo del aula estalla en gritos, empujones, hormonas reventando más allá de los límites de los cuerpos y ellas permanecen incólumes en su burbuja de inocencia. Sin saber, sin entender, sin gozar en plenitud de los dones de la razón, ellas han alcanzado el techo de su propia satisfacción. Seguramente serán mucho más felices que yo.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Palabras

Desde ayer por la noche tus palabras se esconden en mi boca y hacen pueblos chiquitos donde mi dolor puede arrrellenarse hasta desaparecer. La madrugada era una fría planicie de vientos que soplaban levantando los bordes de los recuerdos para dejar pasar el sol. Antes o después que dijiste lo de la valentía (a no confundir con una vulgar temeridad), mis ojos se llenaron de lagunas, de murallas de piedras vivas por donde el agua caía como un bálsamo aliviador. Después llegó el día que puso una distancia de cuadras y de horas, de baldosas y cántaros, y la fatiga fue trasladándose de un cuerpo al otro como si fueran besos en la tibieza desnuda de la piel. Quise callarme, pero tus palabras ocultas desdoblaban los verbos y buscaban mis dedos para fructificar.

Anécdota escolar XXX: A ese no lo agarró la inflación

Profesora: A ver, ¿quién resumió la historia en cinco renglones?
Alumno: (Desde el fondo) Yo, yo.
Profesora: Bueno, Tomás, leélo vos.
Alumno: (Lee lo que escribió) Dupin y su amigo leen en el diario el relato de un extraordinario asesinato de dos muejres. Realizan una serie de investigaciones en el lugar del crimen y Dupin descubre, con su gran inteligencia, que el culpable había sido un orangután. Cita al dueño del animal fugado, logran atraparlo y lo venden a doscientos.
Profesora: ¿A doscientos? ¿De dónde sacaste eso? El cuento de Poe no dice a cuánto lo vendieron. Estoy segura.
Alumno: No, lo corrigió usted en la evaluación.
Profesora: (Piensa un segundo y se ríe) No, Tomás, a doscientos no. Lo venden al zoo, al zoo.

martes, 2 de octubre de 2007

Las cajitas de la isba de Iván y la princesa de los labios de miel



Iba a comprar una taza para llevarle a ella. Entré al bazar para pasear en un día en que lllovía, llovía y llovía. deambulé entre anaqueles de platos de colores, de vasos de cristal, de extraordinarios utensilios que no se sabe bien qué utilidad podrían tener y que parecen instrumentos de tortura listos para usar y empaquetados con celofán. Y de pronto ahí, en un estante, estaban alineadas. Inmediatamente recordé aquel cuento ruso del caballito mago en el que la princesa estaba escondida en una torre muy, muy alta y el zar juraba darla en matrimonio aquel que fuera capaz de besar sus labios de miel (en esa época me parecía una imagen terriblemente bella) picando con su caballo para alcanzarla. Todos los nobles del imperio lo intentaban y nadie lo lograba. Una noche, el tercer hijo de una familia, apodado Iván el tonto, va al bosque y se encuentra con un caballo negro y poderoso. Iván lo alimenta y el caballo le dice que se introduzca por su oreja izquierda y salga por la derecha. Lo hace y es convertido en el más apuesto de todos los mozos. El caballlo lo conduce a la torre, salta, Iván besa a la princesa que le estampa su anillo en la frente y así le crea una marca luminosa que Iván el tonto debe ocultar tras un pañuelo cuando regresa a la isba (siempre me pregunté qué era una isba, pero sonaba maravilloso) y se tira a dormir sobre la chimenea. Hace lo mismo durante tres noches y finalmente se casa con la princesa y hereda el Imperio de todas las Rusias. Así que me acordé de Iván, de la isba, de los labios de miel y las compré.
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