domingo, 30 de septiembre de 2007

Fin de mes

Se va septiembre con su bolsa de novedades. El domingo se estira a través de sus 28°. Ya casi pasó la primavera y, a pesar de los dos meses y medio que le restan, ya comienzan los calores veraniegos. El día está traslúcido y el cielo parece duro de tan azul. Las plantas reclaman su cuota de agua diaria e imponen su presencia demandante de verano. El año entra en su último trimestre destellando sus mejores luces: lo que había comenzado denso y oscuro se deslíe en amarillos y naranjas que tornasolan delicados en violetas y verdes. La casa está silenciosa y vacía. Faltan los últimos cumpleaños del período. Si me atreviera a afirmarlo sin temer el pecado de hybris diría que me siento feliz. La soledad mutó en una compañía floreciente que huele a azafrán, a ánforas olvidadas en las costas azules de Marsella, a pinares y arenas en el atardecer soleado de Canelones, al agua transparente del Caribe y a niños, muchos niños, que siempre son para mi corazón una alegría. No me puedo quejar. Yo también pido el mismo deseo al ver pasar un tren. Y de tanto desear se me va cumpliendo. Dicen que hay que tener cuidado con los deseos. Creo que es un consejo de resentidos: hay que desear a manos llenas, siempre se derrama algo entre las falanges entreabiertas. Mañana será octubre y está todo listo para numerosos estrenos. Y así el tiempo crece hacia su superación.

sábado, 29 de septiembre de 2007

Sábado a la mañana

Después de ocuparse de las plantas hay que salir de compras. Es el rito sabatino. Es un día primaveral de fines de setiembre: cielo azul y una temperatura de 23°. Esta noche prepararé unas postas de salmón blanco en crôute de pan de especias con una emulsión de berros y chauchas. Pienso que podríamos comenzar con unos mejillones y algo de pulpo a la provenzal. La calle huele a nuevo. Camino por avenida de los Incas, según se va al río. La gente parece de buen humor. Yo también: me imagino una tarde de terraza, sol y lecturas varias. Antes de cruzar avenida Triunvirato me asalta la realidad. En un mes elegimos un nuevo presidente. Se comenta que será una mujer. Amontonados en la misma esquina -hay cuatro, muchachos para elegir- unos reparten folletos amarillos de Mauricio Macri, ése que tiene un papá que vivió los noventa esquilmando al Estado con sus contratos, tuvo causas impositivas, nunca salió de Barrio Parque y ahora proclama las ventajas del Estado eficiente; ése cuya única experiencia pública fue ser presidente del club de fútbol Boca Juniors y que cuando le tocó ser diputado fue pocas y contadas veces a ocupar su banca. Tres metros exactos más a la izquierda, obviamente, la mesita del Partido Obrero y sus militantes que todavía creen en la dictadura del proletariado y son honestos porque son laburantes y , para ellos, el mundo siendo una simple dicotomía que los sostiene, ésos que cuando llegan al gobierno, como Tabaré, naufragan porque nunca se prepararon para gobernar esta posmodernidad compleja y trastabillante. Y en el medio, parada como todos los sábados, una mujer de saco color crema y pollera negra abajo de la rodilla, con una Biblia en la mano pregona la palabra de Dios en un mundo que se hartó de trascendencias, tengan éstas el color que tengan. Cruzo y los dejo atrás. En la siguiente esquina, hay volantes de Lilita Carrio cuya "república de iguales" viró extrañamente hacia una mística y delirante "república de iguales a mí". Después entro en la pescadería de Joaquín y un adolescente compra un mero enorme para hacer un trabajo de biología. Me reprimo el pensamiento imbécil que cruza mi cabeza: "Con tanto hambre en la calle, este pibe va a hervir ese pescado sólo para sacerle las espinas y tener el diez que necesita para no ir a examen en diciembre". Salgo a la vereda y recuerdo a la niña de Pessoa que comía chocolates en la chocolatería. Pido que me traigan helado de mascarpone porque con algo debo acallar a mi cerebro que ya está haciendo extrañas asociaciones sin sentido. Es una buena y saludable señal.

Nosotros poblamos el mundo


a mi abuelita Miciano Becerra que alguna vez cruzó el océano
a mi familia Becerra Vila de Jérez de la Frontera, España
a mi hermano Mariano de Canelones, Uruguay
a mi hermano Pablo, de Marsella, Francia
a mí misma de Buenos Aires, Argentina


Hemos poblado el mundo. Digo, los míos. En barcos, aviones, míseros trenes que atravesaron extensas llanuras argentinas, autos, camiones, a pie, lomo de burro, hemos poblado el mundo. En todas partes intentamos poner una semilla, arraigarnos, ver manar nuestra sangre en carnes repetidas y distintas. Y ahora estamos con las manos llenas de fragmentos y los ojos bordeados por las lágrimas. Todos los días se enciende el mapa y eso que es tan extraño y llamamos familia, que duele tanto, que explica demasiado lo que somos, que nos asombra con sus pretéritos latines y sus griegos (Oh, Dios, mirá dónde estaba mi amor por la lengua de Virgilio y de Horacio), eso que tantas veces maldijimos y otras tantas deseamos, eso que no teníamos y ahora se derrama a manos llenas, esa familia tiene sus pies en todas partes del planeta: en la fértil y verde Andalucía, en las arenas blancas del otro lado de este río del color del desierto y no de plata, en las costas que baña ese mar de la historia que siempre fue tan mío. Y hablamos varias lenguas: un español que cada día se sabe más francés, un porteño que se empecina en parecer perfecto, otro porteño teñido de matices orientales y un español plagado de zetas y purezas. Como metáfora infinita lo comprendo: nadie nunca está solo aunque en esencia digamos que lo estamos: en mi olivo florece el Mediterráneo que formó a mi familia: mis abuelos de Italia, mis primos y mis tíos en España, mi hermano en Francia; y en este río de aguas oscuras que separa mi casa de la de mi otro hermano quedamos todos signados por las aguas. Nada es casual. Nunca. Lo vamos haciendo con paciencia, rastreándonos, buscándonos sin cansancio, sabiendo siempre que en la historia -la grande y la pequeña- nunca hay olvido. Y la memoria es un cuenco que, tarde o temprano, se llena y se completa. Cuando paseaba yo por esas calles de Sevilla y repetía los cuentos y los cantos de mi abuela, los estaba buscando; cuando leía a Góngora hasta el hartazgo y contra de tanto quevedista que subsiste, los estaba buscando; cuando copiaba adolescente a Lorca, a Hernández y Machado en miles de papeles repetidos, los estaba buscando; cuando me afanaba sobre las coloridas declinaciones del latín y del griego, los estaba buscando; cuando fui Melibea, cuando lloré infinitas veces la muerte del Quijote, cuando me enamoré con Bécquer y crecí con Aleixandre, los estaba buscando. Sólo porque la sangre es una corriente tan fuerte que no puede negarse y somos lo que somos en la sangre. Es ancho el mundo, pero jamás ajeno.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Andalucía

Para Olga Becerra Vila

Nací en Jerez o tal vez en San Lúcar o ¡quién sabe...! Hasta pude haber nacido en Sevilla; pero, en verdad, yo he nacido acá, más acá del oeste que nunca y mi pueblo no es pueblo porque se ha extendido como una enorme mancha hacia arriba. No tiene casas bajas ni techos de tejas coloradas; pero tiene una plaza repleta de mujeres. Como siempre. Yo he nacido acá y vivo en un barrio de calles tranquilas que tiene Santa Ritas y jazmines en los patios. Tan lejos. Tan solitaria. He preguntado por todas las veredas con todas las preguntas que conozco y recalé en una cuadra y en la cuadra, una casa y en el fondo, una cocina. Blanca y grande y una mujer inclinada en el fuego. Hay un infierno ardiendo entre la leña y ella revuelve una olla de hierro. Perfume a albahaca, a ajo y a clavo aprisionado en la cebolla.
-Abuela...
-¿Qué quieres?
-¿Qué es esto?
-Clavo de olor.
-No me gusta.
-Limpia tu sangre. Cómelo.
-Si yo la tengo limpia: me lavé antes de sentarme a la mesa.
La abuela sonríe. Sobre la mesa ha quedado una fuente de manzanas cortadas en rodajas y el jugo de naranjas en que nadan perfumado por partículas de canela.
La abuela sirve la leche con chocolate en unas tazas blancas con grandes flores rojas, azules, amarillas. Dobla un manojo de ropa blanca. Canta entre dientes palabras que recuerdo. Canta.
Yo he nacido en Jerez. Tal vez en Cádiz, de boca al mar que grita; pero tal vez nací acá, tan al oeste que todo desconozco. He preguntado por todas las señales que comprendo y nunca pude hallar las respuestas: siempre promesas vagas acerca de un incierto origen de princesa.
-Yo era de Jerez -dice la abuela- Jerez de la Frontera era un pueblo de caballos y mujeres morenas. Tenía cuatro hermanos: dos y dos. Era una casa grande con laureles y un patio repleto de geranios. Mi madre nos peinaba para ir a Sevilla en un coche pintado y les ataba a los potros cintas con cascabeles y nosotros, los cinco, reíamos con el trote cantarín y metálico. Y mi padre era alto, tan alto que su cabeza hería la sábana azul del cielo, allá lejos. Yo lo miraba montar como montan los reyes: la capa negra, el sombrero derecho y, al besar a mi madre, esconder una rosa olorosa en su pelo. Ella se avergonzaba y ocultaba la cara entre las manos. Ya no sé qué recuerdo... ¿Haría frío la tarde que imagino calurosa? ¿Sería el tiovivo celeste o albo? ¿Tendrían todos ese color moreno? ¿Juntaríamos azahares para alegrar la ropa después que la plegábamos? ¿Serían las torres amarillas? ¿Habré visto tal vez la ciudad de Granada? ¿Habré mojado mi piel en el agua escarchada del río? ¿Junté olivas? ¿Habré bordado una casaquilla con luces y alamares? ¡Qué hondos los recuerdos se amontonan en el fondo sin fin de mi vasija y no puedo reconocer sus olores que resultan extraños! Yo venía del este. Allí nacen los soles. tan lejos eran que ya no sé si eran. Sólo queda el dolor, el fragmento, el retazo que no alcanza a completar el cuadro. ¿Cómo era, Dios mío, cómo era?
Vuelvo a mi casa. Yo, que he nacido acá, tan acá del oeste que no veo los mares que sólo huelen en las tardes de enero, aguardo la respuesta que calme las preguntas que jamás he hecho. Yo, que he nacido acá, debería saberlo y la abuela cose, exprime naranjas y canta con soles como fuego. Yo debería aprender el color de sus recuerdos: cruzar el río, luego el mar y volver, siempre volver, estar volviendo y repetir los ritos para iniciar cada vez otra ciclo. los retoños del olivo crecen en mis terrazas. Nacen almendros, chopos y en la cocina mi abuela dice:
-¿Cómo era, Dios mío, cómo era?

El huevo cigota. Entrega 14

Donde el doctor Pszemiarower no logra que Dominga lo entienda, pero la mamá consigue lo que desea del papá

La nena mamaba cada tres horas. Tres horas medidas estrictamente con un reloj despertador. Tres horas porque así lo había dicho el médico pediatra, un judío de cabello corto y cuerpo voluminoso que había tenido polio de pequeñito y rengueaba al caminar. Tres horas: ni un minuto antes ni un minuto después. Luego, una señora de manos gruesas le cambiaba los pañales y la depositaba en la cuna otra vez.
-La nena llora, señora.-avisaba Dominga.
-¿Ya sonó el reloj?
-No, señora.
-Entonces déjela que llore… El doctor dijo cada tres horas.
-¿La hago upa?
-No, Dominga, el doctor dijo que no. Que se malcría.
-¿Tendrá gases?
-El doctor dijo que la deje llorar. ¿Me oyó?
-Sí, señora, la oí. El doctor dijo que…
-No repita, Dominga, ya lo dije yo. ¿Entiende?
-¿Qué cosa, señora?
-Lo que dijo el doctor: que la deje llorar así no se malcría, ¿entiende?
-No, señora.
-¿Cómo?
-Que no entiendo cómo ese doctor puede decir que se deje llorar a una beba tan chiquita, señora.
-Ay, Dominga, ¿qué sabrá usted?
-Crié seis hijos propios, señora.
-Mire, no la malcríe, por favor. Cuando suene el reloj, la levanta y me la trae.
Y la nena en la cuna lloraba hasta ponerse colorada y después se callaba porque no hay nadie que pueda llorar por toda la eternidad. Para el llanto no existe el para siempre porque cansa sobre todo si recién se nació. Y la nena supo pronto que debía lloriquear cada tres horas y prenderse a la teta con fiereza, con voracidad, como si en ello se le fuera la vida por sólo tres horas, ciento ochenta minutos entre pulsión y pulsión y nada más, El vacío y el deseo de atragantarse para no sentir el hueco volcado en lágrimas, otra vez.
Señora mamá, mi mamá, la sólo mía madre: Su teta tiene ocho vidas diarias para mí. Y después aparece Dominga, mi muy mía mamá, y me baña, me cambia, me acuna a escondidas, cuando usted no ve y me pasa la mano caliente por la panza cuando se me retuerce como un gusano. Dominga me saca a pasear.
-Una hora, Dominga. El doctor Pzsemiarower dijo una hora todos los días.
-Señora, ¡hace frío! Ayer llovió.
-Dijo el doctor una hora todos los días en la plaza.
-¿No le pongo medias? Señora, hace frío.
-No, Dominga. Dijo el doctor que ella sólo va a crear sus defensas si la exponemos al frío.
-Señora, se le ponen azules los piecitos desnudos en la plaza.
-Dominga, usted no entiende.
-No, señora, no entiendo a su doctor.
Mamá: Dominga me alza y me calienta los pies debajo de su sobaco tibiecito donde hay perfume a campos de maíz. Y me cuenta de su casa de adobe en San Juan donde atrás crece una montaña alta hasta el cielo. Yo no le creo, mi muy sola mamá, pero su voz es un arrullo de jabón blanco y sol que penetra en mi oído y me hace dormir. Siempre me hace dormir. Y en brazos cuando usted no la ve.
-¿No le va a poner aritos, señora?
-No, Dominga, no le voy a poner.
-Pero es una nena, señora…
-Sí, es una nena. ¿Y?
-Que a las niñas bonitas se les ponen aritos en las orejas.
-Dice el doctor que puede aparecer una infección. Además si le pongo aros en las orejas, también le paso un hueso por la nariz.
-¿Qué dice, señora?
-Que el aro es una salvajada. Lo dijo el doctor y yo no voy a hacerla sufrir perforándole la oreja.
No, claro que no, mi muy sola mamá. ¿Para qué? Si para eso ya están el reloj despertador, el pañal empapado, los gases como huracanes taladrando el ombligo y la soledad con ruidos de la cuna y la noche. ¿Para qué el aro, mi muy sola mamá? Sería una crueldad innecesaria, un plus que no reportaría beneficios y sólo serviría de adorno. Nadie quiere una niña frívola y superficial. ¿Para qué sufrir de más? Ya bastante con llorar hasta que llega el papá y se acuesta en la cama y me pone a su lado.
-¿Qué hacés otra vez con la nena en la cama?
-Juego y ella juega conmigo. ¿No ves?
-Dejá a esa beba en la cuna. El doctor dijo que…
-Me tiene harto ese doctor Pszemiarower.
-Ah, ahora sabés más que el pediatra.
-Él ess el doctor. Yo soy el padre. Dejáte de embromar.
-Poné a esa beba en la cuna que la vas a malcriar.
-Vos, tu doctor y esas reglas la vana matar.
No, señora mía mi mamá, no me va a matar porque el papá huele a colonia Old Spice y tiene unas manos de dedos suavecitos que juegan con mis orejas y con mi pelo.
Pero el papá oye a la mamá llorar. Sentada en el borde de la cama, con las rodillas juntito al pecho y la cabeza escondida. ¿Por qué llora la mamá?
-¿Y ahora qué?
-…-se calla la mamá.
-¿No me vas a hablar?
-…-se mete en la cama la mamá y se tapa la cabeza con la manta.
-Por favor, Marilú.
-…
-No podés hacer otra vez esto. Ahora tenés una hija. La tenés que cuidar.
-…
-¿Qué querés que yo haga? Está bien, no la levanto. Mirá la puse en su cuna de nuevo.
-Vámonos a Uruguay –dice la mamá desde debajo de la manta.
-¿A Uruguay? ¿Y la beba?
-Que se quede con Perla.
-Tiene apenas un mes.
-…
-¿Me oíste?
-…
-No podemos dejar a una beba tan sola sin sus papás, sin su mamá.
-…
-Está bien.- resopla el papá- Llamála a Perla y nos vamos a Uruguay.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

La sangre de mi sangre

para Luca y Miranda

No se comprende bien cómo es este asunto de la sangre, qué lleva a que mire esos ojos y sepa que son parte de mi carne, que esas manos que me apretan la cara forman mi historia aunque las haya visto por vez primera hace seis días, que esa boca que me besa pegajosa y con sabor a chocolate estaba adentro de las primeras células que llenó mi memoria, que esas palabras a media voz le hablan a un instinto primigenio que algunos llaman biología y especie. No se comprende por qué repito las mismas historias que le conté a mi hijo, hago los mismos juegos que hace veinte años a él lo entretenían, me como a besos sus ombligos y cachetes nuevecitos como antes los filiales. No se comprende dónde reside ese perfume a bebé que es siempre idéntico ni por qué lo anhelaba con el centro profundo de mis entrañas. Y sin embargo pasa y ahora, a la distancia, como si siempre hubiera estado junto a ellos, los extraño, los añoro, los recuerdo. Son sangre de mi sangre. Son algo raro porque son casi lo más próximo que poseo y sin embargo hasta hace seis días no los había visto ni una vez. No los llevé en mi vientre, pero los amo como si así hubiera sido, como si hubieran estado siempre en mí.

Siempre

Esto lo escribí hoy... porque no estoy enojada sino dolorida
Siempre puede ser diferente. O igual. O quizá levemente modificado. Siempre puede estar intentándose la muesca que cambie la serie y fallar. Una y otra vez. Pero en la falla del intento y en su posterior sustitución por otro reside la confianza en que ha de haber alguna clave que permita arribar a la felicidad y la verdad. Por eso se sigue, se cae y se sigue, se remonta, se sube la montaña aunque se sepa que se está al pie de otra repentina precipitación. Y despeñados en medio del barro, nos erguimos y miramos cuál es la ruta seca para continuar. Lo llamamos esperanza o fortaleza o voluntad. Y aunque se esté a ciegas en un cuarto cerrado, recordamos qué era eso de la luz y el corazón ilumina las pupilas para volver a ver.

Viajar

Viajar es un acontecimiento extraño: hay que cruzar la distancia que media entre un punto y otro, ser extraída de una realidad y avanzar hacia otra que aún no es. Viajar es un entretanto que crea siempre una incertidumbre, desde la más obvia que reside en imaginar las infinitas variables que impedirían nuestro arribo hasta suponer que diferentes razones se interpondrán para que quienes deben buscarnos nunca lleguen. Y de repente nos damos cuenta de que sólo contamos con algo tan intangible como un número telefónico para establecer un contacto en un lugar que nos es ajeno siempre. Miramos a nuestro alrededor y la gente no nos resulta conocida. Ya no somos nosotros los que nos podemos recostarmnos en un hombro, confiados y seguros. Nadie nos contiene, nadie nos consuela ni espera nuestro regreso a casa. En un viaje siempre se está sola y una trata de inventar una rutina para familiarizarse con la hostilidad que la rodea. Inútil intento, porque en un viaje siempre hay una extrañeza fundante que no se puede anular aunque la travesía se haga por deseo o por placer.

martes, 18 de septiembre de 2007

Maïa Pinasco dice


Mirando desde sus tres años, la altura de su papá:
"Cuando yo ponga la cabeza en el cielo, tendré un bebé en la panza"

Anécdota escolar XXIX: Sus deseos son órdenes

Y, finalmente, Julieta Frenkel lo logró: tanto pidió que llegó al blog

Alumna : (Molestando durante quince minutos a todos los compañeros que la rodean) Yo quiero que alguna vez me saquen del aula.
Profesora: (La oye desde el frente) Los deseos están para ser cumplidos. Y nada me va a hacer más feliz que hacérselo realidad. ¡Salga!
Alumna : (En plena parodia de la situación) No, no, me porto bien.
Profesora: (En medio de las risas del curso) Ay, no... déle, deje que yo le cumpla su deseo. Usted lo pide, yo lo hago realidad. ¡Salga!
Alumna: (Saliendo a desgano) ¿Y qué hago afuera?
Profesora: Baja con su cuadernito y le dice a la rectora que va a hacer la tarea con ella.
(La alumna sale del aula y regresa a los cinco minutos)
Profesora: ¿Qué quiere ahora?
Alumna: La rectora tiene la puerta cerrada y la secretaria también. Me senté sola en el patio y me aburrí mucho. Quiero volver.
Profesora: No, vaya y haga la tarea con la señora del kiosco. Por favor, sea feliz.

El huevo cigota. Entrega 13

Donde el huevo, de ahora en más la niña, aprende de qué se trata la vida

Nacer. Salir al mundo hostil de un sitio acogedor donde todo estuvo y nada se necesita, si entendemos por necesitar el deseo prerentorio de suplir una carencia que, en caso de perdurar, atentaría contra nuestra propia existencia. ¿Y cómo se llamará, entonces, salir al mundo hostil de un sitio donde acecha un mosntruo llamado madre cuyo aliento se denomina peligro y hiela la sangre?
Pues así fue, de lo que fácil se deduce que el huevo rápidamente comprendió que nacer era lo mejor que podía pasarle. Y entonces, una vez resuelta la cuestión del pujo, asomó su cabecita rubia y se deslizó hacia las manos de una partera con volados que le sonrió y pensó:
-Así que esto es afuera. Está bueno.
Kitty la frotó para limpiarla mientras decía:
-Es una niña.
-Soy una niña.- se congratuló el huevo dejándose estar entre esas manos que masajeándola le restituía la conciencia de su cuerpo, del límite dérmico que marcaba lo que ella era y lo que no era ella, es decir, su ser y su no-ser.
-Y está sana -agregó Kitty depositándola sobre el pecho de la mamá y exclamando: -Señora, acá está su hija.
-Hola, mamá -dijo la niña reptando por la superficie tibia en busca de un pezón de donde asirse para no caer.
-Tómela con los brazos para que no se resbale.- indicó el doctor Bauer mientras la sostenía en la peligrosa pendiente por la cual la niña caía.
Pero ninguna otra mano la asió.
-Señora -sususrró Kitty- Tome a la niña.
Pero nadie la asía, nadie la tomaba, nadie la abrazaba, nadie la mecía, nadie la estrujaba. Sólo las manos profesionales del doctor alemán y su esposa de volados.
-Señora -llamó el doctor y a la niña la voz le pereció lejana, inmersa como estaba en un páramo de expectativas. Entonces quiso hablar, abrió su boca desdentada, sacó la lengua rosada, la volvió a guardar, juntó los labios y su cara se frunció. Quería decir "mamá", pero sólo lloró. Lloró mucho, casi hasta ponerse roja y entonces unas manos frías y pequeñas la tomaron y la colocaron junto a un botón marrón que se introdujo en su boca y del que manó un amarillento líquido dulce que penetró en su cuerpo entibiándolo.
-Bien, señora. -oyó la niña decir al doctor- Si usted no la pone al pecho, puede producírsele una mastitis y ni le quiero decir lo dolorosa que es.
-Ah -se dijo la niña mientras chupaba- Así que esto es así. Yo grito, ella me alimenta y nada más. la niña llora para producir en la fuente de alimento una reacción que conduce a su inmediata satisfacción. Si no lloro, no hay placer. Siempre se trata de llorar.
Y mientras pensaba, el líquido amarillento iba colmando su estómago y su cerebro con un dulce y confortable sopor.
-Así que eso es vivir -pensó con el último atisbo de conciencia -Llorar y gozar, gozar y llorar- y se durmió.

La espera

Su vida se ha reducido: ahora sólo se trata de esperar. No es una paciencia fructífera: es un ansia ingobernable que necesita devorar el instante para que el tiempo se mueva hasta el final. Camina por la misma razón: los pasos la conducen hacia la meta que desea y teme (Le he llevado los lentes que me ha pedido para leer; pero no quiso que se los dieran por miedo a usarlos para morir). Así espera que yo llegue, que le sirvan el té, que le den los remedios, que yo me vaya, que le lea, que regrese. espera porque se ha dado cuenta de que la vida es sólo eso: una espera que disfrazmos de trascendencia. En el entretanto, persigue a als enfermeras para saber cuándo llegará el momento preciso del próximo evento, mira el reloj con obsesividad para saber la hora en que algo debería suceder, se acuesta porque todavía falta y se levanta de inmediato para comprobar si ya está. Y así el tiempo va pasando, la vida va pasando, el futuro se va haciendo presente y se va muriendo: en una espera que es infinita no porque no tenga fecha de caducidad sino porque desconocemos siempre cuándo sucederá.

Anécdota escolar XXVIII: El ausente

Profesora: Ponen sobre los bancos las tareas así controlo. (El alumno 1 no coloca su hoja) ¿Y tu tarea? ¿Dónde está?
Alumno 1: Yo la hice con Leandro.
Profesora: Nunca dije que la hicieran de a dos. Cada cual debería tener la suya.
Alumno 1: Ah, yo entendí que la podíamos hacer de a dos y el que escribió fue Leandro.
Profesora: ¿Leandro?
Alumno 2: No, profe, yo ese día estuve ausente.

sábado, 15 de septiembre de 2007

Si viviera, mi padre cumpliría años

Si viviera, mi padre hoy cumpliría ochenta y tres años.
Yo lo habría llamado muy temprano, deseando ser la primera, para desearle un feliz cumpleaños.
Después le habría servido un desayuno que él hubiera tomado en la mesa de la cocina porque detestaba hacerlo en la cama.
Le habría regalado un libro -seguramente de teatro-, algo de ropa y una botella del mejor vino que hubiera permitido mi bolsillo.
Habríamos almorzado juntos un pescado que él habría preparado a la parrilla y envuelto en papel manteca.
Después habríamos caminado por las calles de Chacarita: Olleros, Charlone, Dorrego y nos habríamos sentado en el patio con fuente de su casa de departamentos.
A la tarde lo habría llevado al cine a ver la película argentina del momento y, al salir, habríamos comido una pizza a la napolitana y un flan con dulce de leche y crema.
Al caer las doce lo habría dejado en su casa contento por el día de su cumpleaños.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Cuentos para Maïa 5. Escarabajo


Hace muchísimos años vivía en Rusia un hombre muy pobre al que todos llamaban Escarabajo. Por aquellos años, el zar Alejandro gobernaba con puño de hierro y, además del frío glaciar, los rusos sufrían hambre y miseria. Escarabajo hacía días que no comía y el agujero que sentía en su vientre estaba a punto de enloquecerlo. Algo tenía que hacer. De pronto se le ocurrió una idea brillante: se haría adivino.
En este punto, es necesario aclarar que Escarabajo no tenía dotes adivinatorias ni mucho menos; así que observó cómo su vecina tendía la ropa en su jardín y, sin que nadie lo viera, descolgó una sábana, la hizo un bollo, la escondió en una parva de heno y se sentó a esperar. Cuando dieron las doce, la mujer salió a descolgar su tendido y, al no ver la sábana, comenzó a gritar. Pronto, toda la aldea estuvo reunida. Entonces, Escarabajo salió de su escondite y dijo:
-Buena mujer, ¿qué te ha sucedido?
-Me han robado mi mejor sábana de hilo. ¿Has visto quién pudo ser?
-No, pero tengo el don de la adivinación...
-Por favor... ¿el don de la adivinación? ¿Tú?- exclamó riendo la mujer.
-Yo... y si me pagas con una bolsa de harina y una taza de aceite, adivinaré dónde está.
-Anda, -rió ella- dime dónde está y te daré lo que pides.
Escarabajo frunció el ceño, como si esforzara el cerebro, y, luego de un rato, musitó:
-La veo... la veo. Tu sábana está... está...allí, en aquella parva de heno –gritó señalándola.
Incrédula, la mujer caminó hasta la parva, revolvió y, obviamente, halló la sábana. Sorprendida, pagó a Escarabajo lo convenido.
El hombre amasó unos panes y tuvo qué comer durante unos días. Pero la comida pronto se acabó y Escarabajo decidió probar otra vez suerte. Esta vez, el comerciante más rico de la aldea se había comprado un valioso caballo árabe. Así que Escarabajo lo robó. Cuando su dueño gritaba, Escarabajo repitió su hazaña y, prontamente, su fama se extendió por todo el imperio.
Tanto que allá, en San Petesburgo, el zar se revolvió en el trono. Y no era para menos: había perdido su anillo, el que había heredado de su padre y que él mismo daría a su hijo cuando el pequeño se hiciera cargo del gobierno de todas las Rusias. Si alguien notaba la falta, estaba perdido: así que ordenó que trajeran a nuestro adivino.
Y estaba Escarabajo disfrutando de las monedas obtenidas con el caballo, cuando una carroza de oro se detuvo en su puerta y, antes de que pudiera darse cuenta, dos hombres lo cargaron y, atravesando la estepa helada, lo llevaron ante el monarca.
-Dicen que eres adivino.
-Quizás...eso...e...eso di...dicen- tartamudeó aterrorizado Escarabajo.
-Pues debes adivinar algo para mí
-¿Pa...pa...pa...para t...ti? –tembló Escarabajo.
-Si aciertas te daré tanto oro como tu propio peso; pero si fallas tu cabeza colgará en la plaza. Tienes hasta mañana para decirme dónde está el anillo que he perdido.
Escarabajo gemía por lo bajo. Ahora sí estaba perdido.
Los dos guardias lo llevaron a una lujosa habitación y le sirvieron miles de manjares que no pudo ni probar aterrorizado como estaba. Paseaba de una a otra punta de cuarto pensando cómo huir.
-¡Ya sé! -exclamó y abrió la puerta para revisar si lo vigilaban. Como no había nadie, agregó: -Esta madrugada, cuando el gallo cante tres veces, huiré por este pasillo.

Mientras tanto, en otro cuarto del palacio, tres funcionarios también estaban preocupados.
-Se dará cuenta de que hemos sido nosotros –temblaba el Secretario de Asuntos Económicos.
-Debemos conocer qué sabe ese adivino sobre nuestro robo –trató de calmarlo el Consejero de Asuntos Políticos.
-¡Bah, debe ser un charlatán de feria...! –exclamó tranquilo el Gran Ministro y señaló al Secretario- Así que tú...Ve a escuchar detrás de la puerta qué es lo que sabe.
El secretario se dirigió al cuarto de Escarabajo y llegó justo cuando cantaba el primer gallo. Con el oído pegado a la puerta oyó cómo Escarabajo exclamaba:
-¡Perfecto, el primero ya está aquí!
Al oír esto, el secretario corrió al cuarto de los ladrones y gimió:
-Ya lo sabe, ya lo sabe- y les relató a sus cómplices lo sucedido.
-Bah, seguro has oído mal por el miedo. ¡Ve tú!- ordenó el Gran Ministro al Consejero
Y allí se dirigió el Consejero para llegar con el segundo canto y oír a Escarabajo decir:
-¡Maravilloso, ahora ha llegado el segundo!
El Consejero repitió el relato y el Ministro empezó a preocuparse; así que decidió ir en persona al cuarto de Escarabajo y entonces oyó con sus propios oídos:
-¡Espléndido; el último que faltaba!
Cuando Escarabajo abrió la puerta, halló a los tres hombres llorando e implorando clemencia con el anillo en la mano. Al principio, el adivino no comprendió qué sucedía; pero, cuando pudo entender, tomó el anillo y les prometió su silencio. Los tres funcionarios le agradecieron y, cuando se marcharon, Escarabajo escondió el anillo en una grieta del piso y comió y durmió a pata ancha.
Cuando se hizo la mañana, los guardias lo llevaron en presencia del zar.
-¿Y? –preguntó éste.
-Mi señor, no he podido pegar un ojo en toda la noche... ¿Y sabes por qué? Porque el anillo está en una grieta debajo de mi cama.
El zar dio una orden y los guardias regresaron al rato con el anillo en la mano. El monarca no salía de su asombro y le pagó al hombre lo establecido. Escarabajo decidió partir en ese mismo instante, ya que sabía que no debía tentar a la fortuna. Mientras preparaba sus cosas, el zar, maravillado con los poderes del adivino, se paseaba por los jardines. De repente lo vio cruzar la puerta arrastrando su saco de oro.
-Buen hombre- lo llamó mientras tomaba un cascarudo del suelo y lo escondía en su palma..
-¿A...a.. m...mí? –dijo Escarabajo mientras un sudor frío corría por su frente.
-A ti, sí, a ti. ¡Ven! ¡Ven! - exclamó contento mientras Escarabajo se acercaba. –Si adivinas qué tengo en la mano te ganas otra bolsa... pero si fallas...
-Ay, Escarabajo –gimió el adivino- ahora sí te tiene en su mano.

El zar lo miró asombrado mientras extendía la palma y dejaba ver al pequeño insecto que escapó presuroso como el mismo adivino.

Cuentos para Maïa 4. Guisantito

Esta es una historia vieja que me contaba mi mamá. A ella se la contaba su mamá, a ella mi bisabuela y así hasta perderse en las bocas de la familia. Ahora yo, como no tuve una hija sino un hijo, te la cuento a vos para que algún día se la cuentes a tus hijas.Había una vez un reino muy lejano en el que vivía un príncipe que tenía que casarse con una buena y bella princesa. Por la sala del palacio pasaron miles de candidatas llegadas de muy lejanas comarcas, pero a la reina no le gustaba ninguna: ésta le parecía muy flaca; aquella, muy alta; la otra, muy gorda y todas, todas le parecían falsas. Para la reina ninguna era una princesa verdadera, digna de casarse con la preciosura de su hijo. Así que el pobre muchacho languidecía de tristeza a la espera de una princesa de pura cepa que resultara agradable a los ojos avinagrados de la reina.Una noche de tormenta, mientras el rey, la reina y el príncipe casadero estaban sentados a la enorme mesa del comedor tomando un tazón de sopa, unos golpes hicieron temblar la puerta del palacio.
-Tum, tum, tum- resonaba el picaporte entre las ráfagas de viento.
Fastidiada, la reina abandona su cuchara y abrió el pesado portón. Frente a ella, una jovencita esmirriada y empapada desde los pies hasta la punta chorreante de sus trenzas tiritaba de frío. La reina la miró de arriba abajo y tosió.
-¿Sí? –preguntó- ¿Qué necesita?
-Soy la princesa del lejano reino de Urlandia. La comitiva que me acompañaba fue dispersada por la tormenta y me extravié en el bosque. Solicito su permiso para entrar en el palacio y pasar la noche hasta que amaine la lluvia.
La reina sonrió desconfiada y pensó:
-“¿Urlandia? ¿Princesa? ¡Con que esas tenemos!”- y dijo sin franquearle el paso:
-Por supuesto, princesa de Urlandia. ¿Y de dónde venía, su serenísima?
A la joven le castañeteaban los dientes y la piel empezaba a ponérsele azul de frío.
-De la lejana ciudad de Gottinga donde mi padre el rey me envió para estudiar…
-¿Estudiar? –exclamó la reina- ¿Y dónde se ha visto una princesa que estudie? Las princesas sólo deben saber cantar con el laúd, bordar en un bastidor de marfil y recitar en francés.
-Eso dijo mi madre –susurró ella con carámbanos de hielo colgándole de las pestañas.- Pero mi padre le explicó que los tiempos cambian y que hasta las princesas deben prepararse para enfrentar los avatares de la suerte.
En ese momento, el rey y su hijo se asomaron detrás de la reina.
-¿Qué sucede? –preguntó el padre- ¿Quién es esta jovencita?
El príncipe no dijo nada porque no podía hacer otra cosa que mirar el rostro helado de la muchacha, su piel erizada, sus cabellos chorreantes y sus labios morados.
-Dice que es la hija del rey de Urlandia y que su comitiva se perdió en la tormenta…
-¿Urlandia? –meditó el rey- ¡Primera vez que lo oigo! Pero, mujer, hazla pasar. Es una princesa. Seamos hospitalarios.
Hizo pasar a la joven y ordenó a los criados que le trajeran ropa seca y que pusieran un plato para ella en la mesa frente al príncipe.
La reina, llena de odio, le sonrió a la princesa y la hizo pasar mientras pensaba de qué manera iba a ponerla en evidencia. Y tanto lo pensó que se le ocurrió una idea brillante. Ordenó a sus criadas que acondicionaran un cuarto para la invitada. Sobre el colchón hizo colocar un diminuto guisante verde y lo mandó cubrir con tres docenas de mantas y colchones. Y allá arriba, casi junto al techo, tendió la cama con las sábanas más finas que tenía.
Terminada la cena, condujo a la supuesta princesa al cuarto, le prestó una escalera, la vio desaparecer sobre la pila de colchones y salió del cuarto riéndose:
-Sólo una verdadera princesa podría sentir el guisante. Caíste en mi trampa, princesa de Urlandia. – cerró la puerta y se dirigió a su habitación.
A la mañana siguiente, la reina, el rey y su hijo casadero desayunaban en el comedor del palacio cuando se abrió la puerta y entró la muchacha. Ojerosa, demacrada y con cara de no haber pegado un ojo en toda la noche.
-Buenos días, majestades- susurró y se sentó lánguida y entristecida en la silla.
-¡Qué mala cara! –exclamó con sorna la reina- ¿Cómo has pasado la noche?
-Pésima. En mi vida había sufrido tanto como anoche.
-Pero si yo te mandé preparar una cama con los más mullidos colchones y las mejores sábanas del palacio.
-Eso no estuvo mal –dijo ella- Pero una de vuestras criadas debe haber dejado algo entre los colchones que me ha lastimado durante toda la noche . –y le dejó ver su espalda toda cubierta de cardenales. Ha sido fatal.
A la reina se le cayó la mandíbula del asombro. Así que la pequeña esmirriada e insignificante que su hijo miraba con ojos embobados era una princesa. Sólo una verdadera podía sentir un diminuto guisante debajo de tres docenas de colchones y mantas. Y con la mandíbula caída no tuvo más remedio que asentir al casamiento de su hijo con la muchacha.
La fiesta en el palacio de Urlandia duró quince días y todos comieron perdices. Todos menos la reina que no pudo cerrar su mandíbula y todavía debe estar intentándolo.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Bariloche bajo la nieve VIII

Ha llegado el momento de los agradecimientos:
A todos ustedes por esas madrugadas encantadoras en las que pudimos conversar de taaaaaaaantas cosas.
A los que revoleaban platos practicando para algún futuro trabajo en un circo.
A los que mi hijo les caía simpático.
A los que embadurnaron el espejo del ascensor con mostaza.
A los que se dormían en cualquier pasillo.
A los que escuchaban partidos de fútbol en medio de las excursiones.
A la que se dedicó a hacer flores con tampones y estrellitas de Carefree.
Al doctor Cerebro.
Al que no devolvió los esquíes a tiempo, pagó multa y se redimió siendo el único capaz de trepar un poste de diez metros a puro pulmón.
Al duende del bosque patagónico, siempre con el mismo camperón y la misma gorrita simpaticona.
Al que no me tuvo nunca como profesora y lo lamentó en el abrazo final.
A los que quisieron disfrazarme de sor Juana Inés de la Cruz.
A mi pastelito de garrapiñada que me deseó tantas noches felices sueños.
A la que me rompió el tobillo y se me desmayó en los brazos como una heroína de cuento.
A mi tocaya que se quedaba dormida donde fuera.
A la del raro flequillo nuevo.
Al que me agradeció la carta del último día.
A las que no me quisieron y fueron fieles a ello.
A los que me abrazaron el 11 a las cero horas para desearme feliz día.
A los que hoy toleraron que explicara las operaciones políticas ejercidas sobre el Martín Fierro y fingieron escucharme.
Al que se queja porque no lo incluí habiendo sido como fue: el ÚNICO enfermo
A la que no viajó pero estuvo: un peluchito para Chichón.
A todos porque me dejan ser lo que más me divierte en la vida: su profesora de lengua y literatura.


martes, 11 de septiembre de 2007

El huevo cigota. Entrega 12

Donde se narra lo que finalmente sucedió a las diez horas del 23 de julio

-Perla, despertáte –aulló la mamá desde una punta del caserón de La Lucila.
Perla dormía en su ancha cama matrimonial.
-Beta, despertáte –lloró la mamá desde una punta del caserón de La Lucila.
Beta dormía en su ancha cama matrimonial.
-Margarita, despertáte –gritó la mamá desde una punta del caserón de La Lucila.
Margarita dormía en su ancha cama matrimonial.
-Felisa, despertáte –se desesperó la mamá desde una punta del caserón de La Lucila.
Felisa dormía en su angosta cama de soltera.
-Papá, despertáte –rogó el huevo al ver la apertura de su estrecho nido.
-Doctor, despertáte-urgió el huevo en su diminuta cáscara a punto de estallar.
La noche era oscura y fría desde La Lucila hasta Córdoba y Pueyrredón.
La mamá gritaba, las cuatro Gracias rezaban, el huevo lloraba.
-No puede doler tanto- susurró Perla en el oído de Beta.
-¡Qué sabrás vos! –la oyó la mamá- A mí me duele más que a todas. A mí más.
-No le puede doler así –cuchicheó Beta en el oído de Margarita.
-¡Qué sabrás vos! –la oyó la mamá- A mí me duele. A nadie le duele y a mí sí.
-No le puede doler con tanta intensidad –pegó sus labios Margarita a la oreja de Felisa.
-¡Qué sabrás vos! –la oyó la mamá- Me duele como no le dolió, duele o dolerá a ninguna otra mujer. Yo estoy sola. Yo no quiero ser madre. Es un dolor inútil. A mí me duele todo.
Felisa se calló, pero pensó que ella no iba a tener hijos si dolía así.
La mamá gritó en el auto, aulló en la camilla, pataleó en la sala de partos mientras Kitty con guardapolvo con volados la preparaba con sus diligentes dedos de partera.
-Ya va a pasar- decía en su español berlinés y cantarín- Ya va a pasar.
-Nada va a pasar. Denme algo para que nazca y cállense todos.
-Felisa, llamá.
-¿Yo? ¿Otra vez?
-Sí. -ordenó Perla- Nosotras sabemos de estas cosas. Mejor nos quedamos acá.
-¿Y qué le digo?
-Que va a nacer hoy.
-No va nacer –rugió la mamá con el rostro enrojecido por la rabia.
-Es ley natural que la vida se imponga –dijo el doctor mesurado y sereno mientras manipulaba entre las piernas abiertas de la mamá.
-Sí, escarbe, saque la basura. Toda. Déjeme limpia y nueva de nuevo. Hágalo.
-Puje, señora, puje.
-No.
El doctor se incorporó y le puso la cara embarbijada a cinco centímetros de distancia. Sus ojos eran blancos y helados.
-¿Qué dijo? –preguntó.
-Dije que no.
-¿Qué dijo? –repitió acercando todavía más su rostro.
-¿Usted es sordo? Dije que no. Que no voy a pujar.
-Usted va a pujar o eso que usted llama la mierdita se le va a pudrir adentro del vientre y la va a matar. Ahora, querida señora, no tiene otra posibilidad –si desea vivir- que pujar.
-¡Mierda! –bramó la mamá.
-Exactamente la va a hacer mierda –exclamó el doctor con alemana precisión- Así que dígame qué piensa hacer así me quedo y la ayudo o me voy y pido que le habiliten una heladera en la morgue. Aunque si no recuerdo mal usted no quería que el bebé naciera. Bueno, ya tiene la solución… -y agregó- Vamos, Kitty, la señora parece que consiguió lo que quería.
Se hizo un silencio nunca tan sepulcral.
-Está bien- suspiró la mamá.
-Está bien, ¿qué? –inquirió el doctor.
-Voy a pujar.
-Así me gusta.
-Me ganó.
-Yo no, señora. Su hijo le ganó. ¡Esa mierdita! Mire, usted…
A las diez y cuarto, el huevo cigota fue despedido al mundo y lloró.
-¿Qué es? –preguntó el papá.
-Una nena –se emocionó Felisa.
-Allá voy –y colgó.

Bacanal contemporánea

No entiendo a las multitudes que se apiñan en un boliche para divertirse y bailar. No entiendo y me angustio ante lo que no logro comprender. Quizá haya algo que le falte irremediablemente a mi sensibilidad. Quizá carezca del sentido gregario que les permite a otros ser intensos y felices. Siempre me pregunto qué sucede después, cuando caen rendidos y sudados en sus sábanas y despiertan con el sol alto y el día por terminar. La noche es una esmerilada superficie fría en la que brillan miles de puntos de luz. Si estiro los dedos los puedo rozar. Carezco de sentido de la diversión. Y es algo irremediable que ya no podré subsanar. La gente se toca sin verse. Nadie sabe quién es el que danza a su costado. No lo puedo entender. Siempre creí que se bailaba para ver el corazón profundo que gira vertiginoso en la carne. En la música vibra un dulce olor a menta y a grosellas, pero nadie lo percibe. Sólo yo que no logro entender.

Cementerio neuquino



Al costado de la ruta, cercano al cruce de de Villa El Chocón y perdido en medio de la nada, un cementerio. Apenas un octavo de manzana, una arcada de piedra por entrada y una centena escasa de tumbas chatas y en fila. Alrededor reina la soledad de la meseta patagónica y el silencio del viento intentando refugiarse en esquinas inexistentes. Y los muertos muriéndose una y otra vez en el desamparo de sus rituales fúnebres: sin flores ni campanas ni breves procesiones de parientes. Alguna torcaza huérfana se posa en una cruz. Y ni siquiera llueve

Bariloche bajo la nieve VII


Para JuanCa
En una gran esquina de vidrieras amplias y brillantes,
pisos de madera que crujen al caminar,
algunas mesas donde la gente toma cafés y tés mientras conversa en voz bajita
y unas vitrinas con estanterías espejadas
y miles de bandejas con tu chocolate en rama.
Se coloca en medio de la boca:
sobre la lengua y el paladar para que se entibie y se derrita con lentitud gustosa:
es un suave barro dulce, muy dulce que va demorándose para inundar el cuerpo
en una ola de perfume que recuerda las maderas de los bosques húmedos bajo la nieve.
Ramas de árboles se sacuden de cacao y azúcar
y caen como copos arrugados.
Tu chocolate, Juanca,
que lo disfrutes

domingo, 9 de septiembre de 2007

Bariloche bajo la nieve VI

Julieta Adaglio: (A Ezequiel que molesta a las seis de la madrugada en el cuarto)-Dejáte de molestar. (Señalándome) Ay, no la ves. Si yo fuera Juli...
Ezequiel: Vos sos Juli.
***
Juan Manuel: ¡Ay, qué asco! ¡Tenés mocos en los ojos!
Ezequiel: Se llaman lagañas.

sábado, 8 de septiembre de 2007

Bariloche bajo la nieve V

Es mi karma. Es mi karma. Hay un nuevo sitio de peregrinación para ir cuando cierran el boliche: ¡el cuarto de Pinasco! Ayer me volví a las dos y media de la madrugada. No había taxis y el micro todavía no estaba, así que, musculosa y saquito negro finiiiiiiiiiito, caminé diez cuadras bajo un frío gélido, polar, en suma, ES-PAN-TO-SO. Llego, ducha y un café porque, milagro, había quedado agua caliente en el termo. ¿Me habré dormido tres, tres y media? Más o menos, a las cinco y media, Ignacio gritando por el pasillo del tercer piso: "Déjenme pasar, déjenme pasar." ¿Adónde iba con tanta urgencia? A mi cuarto, prende la luz, se tira en la cama y dice: "Vengo a charlar". Mirá vos, qué lindo, pienso sacando la cabeza de entre mis frazadas calentitas y mi sueño reparador. Tras él, que sólo era la vanguardia, entran Julieta Adaglio, que se tira en una cama y, como de costumbre, se duerme como una foca; Belén al grito de "Se acabó, se acabó. Juli, se acabó"; Lucila, que ya ni habla; Ezequiel y Juan Manuel, que reparte besos y abrazos. Al rato, Bilos que prende la luz del baño y se sienta en el inodoro desde donde asoma la cabeza para mirar al cuarto y Maggi que busca a alguien que ya ni puedo recordar quién es para echar a unas chicas que no se quieren ir. Hablamos de hombres altos, de ojos claros, de lo normal, de lo anormal, de perros y tortugas. Ignacio se levanta y se va, Belén y Lucila se acuestan. Juan Manuel nos tapa a las tres y nos da un beso en la frente. "Que sueñen con los angelitos", dice, "no tengan miedo que no va a venir el cuco". Y ahí mismo cuenta un episodio de Los Simpson sobre el personaje en cuestión. Sale y, al rato, entra a pedir el termo porque quiere tomar mate. Le digo que no tiene agua y me explica que la de la ducha sale suficientemente caliente. Sólo quedamos despiertos Ezequiel y yo y nos trenzamos en una profunda conversación sobre la pobreza, la violencia, la esperanza de cambiar el mundo, la bondad o maldad de las personas, la felicidad, si uno hace o no todo por placer, etc, etc, etc. Después se va y me apronto a dormir. Vuelve a los tres segundos porque se olvidó las zapatillas. Me resigno a creer que nunca más voy poder dormir de corrido y que es mi karma. Qué se le va a hacer.

viernes, 7 de septiembre de 2007

El huevo cigota. Entrega 11

Donde se leen curiosas reflexiones de un 22 de julio a la mañana

Sucede. Siempre sucede más allá de la poca o mucha voluntad que se ponga. Queda estrecho y aprieta por todas las costuras o entra una malsana curiosidad por ver de qué se trata y, bien dicho está, la curiosidad mata al hombre. Ni qué hablar del que todavía no ha empezado y está a punto. Me estiro a duras penas y pienso. Sí, pienso; no mucho, dos o tres ideas básicas. la primera y principal: pese a todo, en contra de todos, voy a vivir. Al fin y al cabo, si estoy acá, en la desembocadura del Aqueronte y a punto de sobornar a Caronte, no ha de ser tan difícil. Sólo se trata de desarrollar un par de estrategias que te sirven durante los primeros tiempos y después te joden de por vida, pero entretienen: uno se demora siglos en comprender por qué es así. Todo se reduce a nada: llegar, abrir los ojos, llorar un poco, sentirse solo o acompañado... Ah, y darle a eso un sentido, hallar una verdad: en mi caso, ¿qué llevó a estos dos individuos autodenominados, sin concurso de autoridad competente, mis padres a concebirme, a convocarme a la vida, a darme un cuerpo cero kilómetro y apto para todo riesgo comenzando por ellos dos, obviamente: un padre adolescente que se niega a asumir sus responsabilidades pese a portar ya treinta y cinco años en su haber y una madre de veintinueve que jamás progresó más allá de los siete en los que fue despojada de madre y bendecida con su propio cilicio mental con el que sufre ella y todos los que entramos en contacto con su comezón cerebral? Pero ahora sucederá. Tarde para lágrimas y es su ley, doctor: que la vida se imponga y, en este caso, la vida vengo a ser yo.
Y sucede. Siempre sucede más allá de la poca o mucha voluntad que se ponga. Me corroe una angustia negra como un pozo. Una terrible tromba hacia arriba de este engendro salvaje que come mi vientre para ocupar su lugar. Maldigo esta masa amorfa que deberé expulsar. Lo únioc que deseaba yo era ser monja, una monjita de velos blancos y larga toga gris. Y ahora me veo lanzada a este aquelarre de sangre y alaridos que me premiará con una trozo de carne en los brazos al que, dicen, hay que amar, cuidar y proteger; y al que yo sólo logro culpar de todas mis desgracias. Hijo lastre, eso es. Yo sólo anhelo una celda negra y húmeda en un convento donde me dedique a pensar en Dios y en mis esfuerzos por alcanzar una ya imposible redención porque llegó el demonio a tentarme con el hombre. Y era una bella y perfecta tentación que no supe resistir. Y me dejó en prenda detestable se sumen como una mácula en mis entrañas que no estaban hechas para concebir. Y después se fue. Y yo acá no puedo irme por su injusta ley natural, doctor. Pero usted es hombre también y nunca comprenderá.
Y sucede. Siempre sucede más allá de la poca o mucha voluntad que se ponga. Algún día deberé volver y fabricar un mundo en el que nadie sufra más. Nadie, excepto yo que pagaré esta culpa sacrificándome para que todo parezca normal. Eso es ser hombre, ¿o no? Ofrecer una vida sin grietas, sin dobleces, pura luz. Mi corazón en un cajón porque debe atravesarme la responsabilidad. Soy un caballero a punto de desembarcar en el Santo Sepulcro para liberar Jerusalem de los infieles. La locura de ella me protege como un estandarte de mis propias alimañas dormidas e ingreso en el territorio de su demencia a golpes de espada para desbrozar, ordenar cada cosa en el sitio que sólo yo sé que debe estar. No habrá jamás fragmentos dispersos porque los uniré en un todo de absoluta perfección. Eso es ser hombre, ¿o no? Eso es ser padre y tener una familia, sentarme a la cabecera de una mesa larga los domingos con la pasta humeante, ¿o no? Siempre juntos. Todos juntos: en el progreso y la felicidad. Y sucede. Siempre sucede más allá de la poca o mucha voluntad que se ponga.

Bariloche bajo la nieve IV

Me duermo a la dos. A las cinco y media me despierta el grito de Ignacio: "Doctora Pinasco, vengo a que me cure el pie". Se le pegó la media en el raspón que le vengo cuidando hace tres días. Se la despega, lo mando a lavársela y le aplico Farm-X... ¡Por Dios, son las cinco y media de la madrugada y yo dormía! ¿Dónde hay curitas? Se acabaron. ¿Y ahora? Se le va a volver a pegar. Se me ocurre una idea brillante. Recortamos un apósito de Carefree y se lo pegamos en el pie. Belén se dedica a hacer flores y estrellitas autoadhesivas con el sobrante y las pega en el espejo. Entra Juan Manuel y apaga la luz para que veamos los maravillosos juegos que hace con unos tubitos de colores fluorescentes. Ezequiel lo acompaña. Leandro se tira en mi cama. ¿Yo dormía? Bueno, eso ya pasó. Ignacio, con el pie curado, toma el teléfono para preguntar, en otros cuartos donde otra gente duerme, cuántos lados quedan en una caja si le sacamos dos laterales. Esto ocasiona una interesante discusión (¡Son las seis de la mañana!) acerca de si quedan dos o cuatro. Belén grita: ¡CUATRO MESES! ¡HELLO! y avisa que sabe inglés pero no va a dar el First. Julieta Adaglio dormita con la cabeza apoyada en el ventanal. ¡Feliz ella que puede lo que yo hace media hora hacía plácidamente! Finalmente todos se van. Apagamos la luz y se hace silencio. A los tres segundos, Lucila grita dormida: "¿Qué? ¿Qué?". Se despierta inmediatamente y dice: "¿Pero qué estoy hablando yo?". Y cuenta un sueño. ¡Cómo hacen para dormirse, soñar y despertarse en tres segundos! Yo dormito hasta las ocho y cuarto. Me despierta el sonido de un mensaje en el celular. Me levanto y bajo a desayunar. No es mi día para dormir. Ya estoy resignada a que mi cuarto se haya convertido en sitio de peregrinaje por la madrugada. Sólo me resta hacerme un hueco después de comer e intentar una siesta. Envidio a Carlita que duerme cuando todos saltan en su cama. Es así. Yo tengo un sueño liviano y sólo me queda soportar con estoicismo lo que me toca. Mañana sucederá otra vez ya esta altura creo que lo aguardo con ansiedad.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Bariloche bajo la nieve III

Cena de ayer. Alejandro se sienta al lado mío y dice que él no es malo. No entiendo por qué me cuenta esto a mí. Agrega que sólo una vez hizo algo muy detestable y fue en mi clase. Me relata una historia vieja que recuerdo vagamente, pero que él tiene presente. Tanto que necesita cenar conmigo para refrescármela y excusarse en el relato que vuelve a actualizar su falta. En sus palabras, yo reconozco algo que -tengo la sensación- pasó hace más de dos años y que tan grave no debe haber sido si la he borrado así. Lo escucho a medias entre Belén que me grita desde otra mesa, los aullidos de todos los que se arrojan sobre Bilos cuando Lanús le hace un gol a Estudiantes de la Plata y Santi que quiere que le saque una foto con un plato de huevos rellenos. Pero Alejandro continúa, implacable, con su relato de "la" falta que necesita expiar. Cuando termina, le sonrío. La anécdota que me contó es para mí intrascendente; pero para él significa el límite que marca su ingreso en el territorio de la redención. No soy malo, repite una y otra vez. Me conmueve su soledad de diecisiete años. Me conmueve hasta las lágrimas porque sé muy bien de qué se trata el desamparo y porque creo, con fervor, que nadie es malo, o bueno, o inocente, o culpable. Alejandro es quien puede ser y está solo y me dan ganas de abrazarlo y decirle que todo va a estar bien, que la maldad o la bondad son categorías relativas que pocas veces calzan en el corazón de manera completa y absoluta. Está contento ahora y me dice que se está llevando bien. ¿Con quién?, le pregunto. Con todos, me dice. Y siento la dimensión terrible de su desamparo. La adolescencia es un instante de enormes dimensiones y encontrados sentimientos la arrasan de cabo a rabo. A veces una palabra puede abrir oscuridades insospechadas y un abrazo inaugura una luminosidad intermitente. Cuántas veces no llego a distinguir lo que hay detrás de esos pares de ojos que me observan y hablo de textos, de palabras, de vidas, sin poder distinguir que a ellos sólo les están dados sus alegrías y sus sufrimientos. Pese a mis denodados esfuerzos, hay muros que no logro franquear y no percibo lo que mis gestos y mis palabras pueden hacer a sus frágiles corazones. No, Alejandro, no sos malo. No sé lo que hiciste, no importa tampoco. Debería tener la humildad de ver tu soledad y ayudarte a convivir con lo que te toca vivir, pero es que a veces yo ni siquiera logro poblar mis anchos espacios vacíos. Siempre da vértigo el dolor de los demás y más aún si tienen diecisiete años. Las anécdotas son sólo eso: anécdotas y se pierden en el devenir de los días. Pero anoche, entre huevos rellenos y papas fritas, yo toqué la espesura de tu soledad y también tu alegría. Y eso no se disolverá jamás con el correr de los días. Al menos para mí.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

El huevo cigota. Entrega 10

Donde el doctor alemán explica sobre las leyes que rigen la naturaleza

-Doctor, disculpe que lo llame a esta hora.
-No se preocupe, ¿señora...?
-Margarita, doctor. Soy la hermana de Lujancita.
-Ah, sí. Ayer no vino a la consulta y hoy iba a llmarlas para ver por qué.
-Y... no podemos sacarla de la cama.
-Tiene que caminar. Ya sabe, el suyo es un embarazo de alto riesgo. pesa cuarenta kilos en un séptimo mes. Todo un problema.
-Es que no hay forma de que coma.
-¿Le dan las vitaminas?
-A la fuerza. Dos de mis hermanas y yo la sujetamos y el enfermero le aplica la inyección.
-¿Y eso no le da apetito?
-Nada, parece que se le atrofió el músculo que abre la boca.
-¿Y el padre? ¿Se sabe algo?
-Llama una vez por semana para ver cómo marcha todo, pero de volver no dice nada.
-Mire, he visto casos peores en los que ni siquiera llaman. Pónganse contentas.
-Pero ella lo quiere aquí.
-Bueno, las cosas son como son, no como uno quiere que sean. Ella debería saberlo.
-Debería, doctor, pero es tan caprichosa.
-Bueno, no se preocupe, el bebé va a nacer. El problema va a ser después. Sobre todo si el padre no aparece. Esta tarde a eso de las cuatro voy con Kitty para allá. ¿Le parece bien?
-Lo esperamos, doctor, y muchas gracias. No sé qué haríamos sin usted.
-Es mi trabajo, señora Margarita.
-Igualmente muchas gracias.

Y alas dieciséis, el doctor a bordo de su auto negro, con su esposa Kitty en blusa de volados y al volante, estacionó en la casa de La Lucila, caminó por el sendero bordeado de pensamientos amarillos y violetas, tocó timbre, entró, atravesó salones y pasillos y se sentó al borde de una cama con sábanas almidonadas que las tías Perla y Margarita cambiaban corriéndola a ella a la otra mitad.
-¿Y cómo le va? -preguntó sacando el estetoscopio.
-...
-Dicen sus hermanas que no come ni camina.
-... -se giró dándole la espalda.
-Perfecto -contestó él y le aplicó el aparato en una de las mitades que separaban unas vértebras sobresalidas como picos montañosos en medio de una lisura blanca.
-... -se giró y lo miró.
-Muy bien -y le apoyó el estetoscopio en el vientre redondo.
-... -estiró el brazo.
-Así me gusta -y le tomó la presión.
-Ahora déjese de joder.
-¿No va a comer?
-Ni pienso.
-El bebé va a estar bien.
-Se va a quedar en la clínica.
-¿Quién?
-El bebé. Quiso vivir, ¿no?
-Bueno, eso es lo que suelen hacer todos los bebés en el vientre de sus madre: desean vivir.
-Entonces que se haga cargo de su deseo.
-¿No le parece que el niño es un poco pequeño para semejante carga? Generalmente una criatura necesita pasar, y de hecho lo pasa, por un período de indefensión en el que los adultos que, mediante sus actos, lo han convocado a la vida; son quienes deben hacerse cargo de su existencia.
-Dice carajos usted.
-¿Disculpe?
-Que usted dice carajos. Porque este niño, como lo llama usted; esta mierdita, como lo llamo yo, se ha empecinado en permanecer pese a mis denodados esfuerzos, son usted y su señora testigos de ello, por deshacerme de su -¿cómo la llama usted?- existencia. Así que ya que quiere, pues que se haga responsable desde el vamos. Digamos que la mierdita desde temprano no tuvo en cuenta lo que yo prefería.
-La vida no preguntam, señora. Se impone. Es ley natural.
-Las leyes naturales las dictan los hombres y jamás nos preguntan a las mujeres si queremos. Nos hacen hijos en un espamo de placer que ni siquiera les pedimos y se van...
-Acá el asunto, señora, si me disculpa, es el niño...
-La mierdita, doctor, la mierdita.
-En dos meses va a nacer: coma usted o no, camine usted o no, el bebé va a nacer. A eso llamo yo ley natural. Y ábrase de piernas que voy a revisarla.
-Doctor, disculpe que ose interrumpir semejante orgía filosófica. Vea, eso que usted busca palpar soy yo.-clmó el huevo cigota en pleno ejercicio de tacto médico- Estoy acá en lo que se supone será el mejor momento de mi existencia, por eso del puro deseo satisfecho a perpetuidad. Y me pregunto... si esto es la perfección ¿qué me espera ahí afuera? Y dado que papá no está, que mamá como si no estuviera, ¿no podríamos volver a foja cero y acá no pasó nada?
-Es ley que la vida se imponga.
-¿Y quién hizo la ley, doctor?-inquirió el huevo.
-Mire, m'hijito, vamos a cortar por lo sano. Para difícil ya me alcanza con su madre. Por dos debo cobrar honorarios extras. usted me nace bien y sanito y asunto terminado.
-Ah, doctor Bauer, conmigo viene de patotero panzer.
-Usted, a esta altura, no tiene más que un único e ineluctable derecho: nacer y probar de qué se trata. Después haga lo que le plazca porque ya no será mi asunto.
-Ah, conque usted es de los que, tirada la piedra, esconde la mano.
-Doctor, -dijo la mamá- ya me aburrió.
-Ve, doctor, está aburrida, harta, fastidiada con lo que todavía ni empezó y usted me dora la píldora diciéndome que pruebe. Me parece que esto se fue a la mísmisima mierda.
-Usted se calla y, ¡a nacer!
-No me toque la cebecita así que me enternezco, doctor. Y si me acostumbro usted va a ser culpable de todos mis traumas posteriores.
-Cállese y déjeme hablar con su madre. Señora, el bebé ya está colocado.
-Y encima -dijo la mamá- parirás con dolor.
-Le recuerdo que usted se negó a hacer el curso.
-Ah, sí, me olvidaba de que usted se ofreció como encantador de serpientes ademàs de cómo obstetra. ¡Mire si va a lograr que yo para sin dolor!
-En dos meses, señora.
-No si puedo impedirlo antes.
-Haga lo que haga, a esta altura lo que suceda será un nacimiento.
-Ve, doctor, ve...mire que está empecinado usted. Esto pinta de bodrio irremediable.
-Es ley que la vida se cumpla.-sentenció el doctor con dogmatismo germánico.
-Me cago en su ley natural -bramaron la mamá y el huevo a coro sorprendidos.
El doctor cerró el maletín, saludó y se marchó.

Bariloche bajo la nieve II

Duermo de dos de la mañana a cinco y de siete a nueve. A esa hora mi cuarto calentito sufre una invasión. Una horda de adolescentes que huelen alternativamente a pancho o a hamburguesa ocupan el espacio y se desparraman en camas, pisos, lo que encuentren, y nos dedicamos a la más vieja profesión del mundo -no, eso no-: criticar malévolamente a los demás. Después van quedándose dormidos: Bilos, en el piso entre la cama de Belén y la de Carla, se queja porque el boliche no tenía pelotero y porque ya es la novena vez que se dejan la llave adentro del cuarto (ellos quedan del lado de afuera, obviamente). Juan Manuel, en el piso, entre mi cama y el baño. Le presto mi almohada y una frazada. Lucila le grita que tire esas zapatillas podridas afuera de la pieza. Ella y yo arrimamos las camas para que Ezequiel no se caiga. Él dice que el teléfono es una cosa muy rara: uno puede hablar con gente que está lejos sin gritar. Yo le digo que cuando no existía, yo iba a la orilla del río y le gritaba a mi hermano: tres días tardaba en llegar su respuesta. Cuando se duerme, Lucila le pide que saque el brazo y él murmura: "yo no vendo, yo no vendo". Comen caramelos masticables todo el tiempo. Yo grito que se perdió un toallón rojo. Julieta Adaglio hace siglos que cayó en la cama de Carla y no da señales de vida. Nico Di Biase me tira el termo para que lo llene a la mañana y no lo atajo. Se abolla un poco. El mate se cae como mil veces. Se lo doy a Belén para que lo limpie y lo deja lo más pancho adentro del bidet. Hay ropa húmeda por todas partes. En la bajada de Piedras Blancas, bajo una fenomenal nevada y envueltos en una niebla de paisaje japonés, me dieron con el canto de un trineo en el tobillo. El hueso sonó seco. Antiinflamatorios y la pata en reposo. Me saltan por arriba. ¡SON LAS SEIS Y MEDIA DE LA MAÑANA! Belén logró echar a todos de su cama y duerme feliz y tapada en medio del despelote. Finalmente se aquietan. En cuarenta y cinco minutos tengo que despertarlos y todo recomienza nuevamente.

martes, 4 de septiembre de 2007

Bariloche bajo la nieve I

Mañana con nieve
a Mariano y Pablo, mis hermanos

Un viento blanco golpea contra los cristales entreabiertos del cuarto donde todos duermen después de que las risas empañaran su superficie hasta las seis de la mañana. Salgo a ver las calles tapizadas y los copos me arañan la cara. Pienso en mi felicidad y en la gente que ve con hastío y preocupación una de las últimas nevadas de un invierno duro. Los hechos son reales, piedras sin tallar que están allí ante los ojos de todos, y, sin embargo, los reflejos los tornan tornasolados u opacos. Nada tiene la carnadura exacta de la verdad. Todo está sumergido en el color acuoso de las pupilas que lo miran. Ahora estoy acá, en las orillas blancas de un lago azul, en una ciudad que parece de cuento, con sus casitas de tejas de chocolate y paredes de turrón y el señor que atiende el comedor protesta porque viene de los barrios altos que donde la nieve no es merengue sino un estorbo que se mete en la vida para fastidiar. Todos duermen. Nos reímos mucho. Y la vida pasa bajo una luz brillante que nos conmueve y nos impide pensar que a esta hora otros van a trabajar bajo estos mismos copos que son pura magia arremolinada para nuestra alegría vacacional. Termino mi taza de café y la nevada es una cortina blanca que impide ver qué sucede más allá. El viento agita las ramas y todo se sacude a su compás. Pedazos de recuerdos: el cerro López, mis hermanos y yo en un pernocte feliz, los baños en el lago, las cabalgatas, las flores amarillas del amancay, la bomba que se rebelaba a subir agua del Nahuel Huapi, las frambuesas de la estafeta de la señorita Cathy. Hubo un pasado que fue feliz y en él siempre estamos los tres. Pienso a menudo que fue una suerte que mi padre volviera para regalarme dos hermanos con los que tantas veces estuve aquí, en el sur. Ellos son, en medio de la nieve que congela mis lágrimas, la única familia que deseo poseer.

lunes, 3 de septiembre de 2007

El huevo cigota. Entrega 9

Donde el huevo se decide por la literatura
Menudo panorama lleva uno. Ya desde entonces: las cuatro Gracias turnándose como mariposas para revolotear al borde de una cama donde una madre, empecinada en expulsar al fruto de su goce, si es que alguna vez fue goce dado que sería oportuno indicar ya, tan temprano, que la portadora del embrión en franco crecimiento, tenía ciertas dificultades para conectarse con el deseo y el placer sea éste del tipo que fuera, es decir, toda pulsión gozosa era pecaminosa -fuera sexual, gastronómica o estética, monetaria, deambuladora o cómo carajo se dé en denominar. Y si era pecaminosa, Dios o el partido la censuraban-porque a cierta altura de la vida la religión mutó en dogmática y enfervorizada militancia lo cual es directa e idénticamente similar.
Así que ése era el cuadro de situación: un apdre que -él sí- no tenía ningún problema con el goce y -es más- lo ejercía sin culpa ni remordimiento y sin que mediara pensamiento alguno del daño que su libre ejercicio podía producir en los demás; una madre en la que todo se reducía a sufrir para mejorar, cuatro tías que velaban porque el huevo cigota saliera a la luz y un doctor alemán con una esposa de blusa de volados que intentaba que esto último fuera así. Por lo tanto, el huevo pensó que la realidad -ya desde el comienzo- le venía siendo esquiva en cuanto a esas cosas que los hijos suelen necesitar: abrigo, alimento, protección, contención y sí, efecto porque, sépanlo desde ahora, todo huevo cigota que se precie espera que sus padres -aunque sólo sea alguna mísera vez- festejen sus imbéciles gracias, lo tengan en cuenta a la hora de poner los platos sobre la mesa, lo recuerden cuando cumple años, le hagan cariacias, le den pellizcones de cachetes y esas tonterías que ocasiona el instinto paterno-filial o esa construcción social a la que se denomina famillia y para la que uno se une en matrimonio bajo la ley civil o religiosa. Y el huevo pronto se dio cuenta de que para él no habría ni instinto ni construcción social así que vislumbró que la única solución a su incontestable realidad, a saber:
El único lugar donde las cosas suceden como a uno se le ocurre que sucedan más allá de todo parangón con eso que denominamos mundo cotidiano, es la literatura porque, véanlo así, ¿cómo iba a escribir en la escuela nuestro huevo "mi mamá me ama" si no mediara en su cerebro en vías de formación ya desde de entoncesy como idea previa a toda percepción de lo real, la sensación concreta de que, para sobrevivir, sólo le serviría un mundo mágico y hecho de palabras, donde todo funcionara como él quería que funcionara. Y "papá vuelve del trabajo para besar a mamá y levantar en brazos a la nena" y "mamá mima a la nena y la mece" y "la nena no necesita nada porque papá y mamá la aman" era el mundo que la literatura le ofrecía para ser feliz. Y como en esta vida, todo, absolutamente todo, está relacionado la construcción de paraísos artificiales adonde poder huir, el huevo, mientras nadaba en un líquido amniótico con cierto gusto a acidez y putrefacción dijo que lo suyo era la literatura y se dio a imaginar que había sido la manera más sana y eficiente hallada para sobrevivir. El libro -cuando se lo lee, cuando se lo escribe -, pensó el huevo con las dos primeras neuronas que estrenó, es un aislante poderoso para el dolor. Y allá fue transformando ya cada evento en una palabra para recordar, en una memoria que pronto se transformó en un escudo que nunca nadie podría atravesar. Ni sus padres.

El huevo cigota. Entrega 8

Donde cómo recibió el progenitor el llamado de las Gracias y lo que resulta de ello
-Hola.
-¿Quién habla?
-Felisa.
-¿Qué Felisa?
-La hermana de tu mujer.
-¿Qué mujer?
-Decíme, ¿vos te estás haciendo el imbécil o qué?
-Qué.
-Ah, sos vivo. Mirá, entonces te lo voy a decir clarito. Tu esposa cursa un embarazo de cuatro meses que estuvo a punto de perder cuando vos, alegremente, te tomaste el buque. Así que, sólo por prescripción médica y para salvar la vida presente y futura de ese niño, sería aconsejable que pongas en remojo tu cabecita y vuelvas.
-¿Con la loca?
-Che, más respeto que es mi hermana.
-Tu hermana, la loca.
-É vero, ma...
El papá pensó y dijo(se):
-La vida es una. Hoy nacés, mañana te morís y en esa veinticuatro horas se compilan, amontonan y estropean: los amigos, las mujeres, el fútbol y el billar.
-¿Y la responsabilidad? -bramó desde las sombras el abuelo Andrés, italiano de profusa bigotera que se planchaba con una tira de trapo atada sobre el labio a la hora de irse a dormir.
-Me cago en la responsabilidad- dijo(se) el papá.
-Ya eras así desde chiquito -gritó el abuelo que dejaba los pomelos toda la noche embeberse en grappa y azúcar porque el alcohol y la fruta juntos fortalecen el vigor matinal.- Te molí a palos varias veces.
-Sí- recordó el papá la vez que le robó el pomelo.
-Atrás de las polleras de tu madre te escondías cuando venía la policía a buscar al hijo de puta de pullover verde que le había abierto la frente de una pedrada a la mujer de la esquina y vos, desgraciado de pulover cambiado hacía dos segundos, decías que no. Hacéte cargo de tu familia. Un hombre se hace cargo siempre de su familia.
-Yo no fui.
-¡Qué turro! -se ofendió la tía Felisa- ¿Vos decís que mi hermano se embarazó de otro?
-¡Por favor! -sonrió irónico el papá- A los veinticinco la agarrè yo. Ésa era la que nunca tuvo novio. decí que me apiadé de ella.
-Tenés que volver.- rogó la mujer de vestido de organza y cuerpo torneado- No voy a cargar con la culpa de un bebé sin padre.
-Hacéte cargo de tu responsabilidad.- gritó enfurecido el abuelo Andrés.
-¡Habráse visto! ¡Usted puede creer que este mal bicho diga que él no fue! Si mi hermanita quería ser monja...
-¡Y lo hubiera sido! ¡De clausura! ¡Vos sabés el infierno en que viví durante estos cuatro años?
-Me lo imagino.-suspiró Felisa.
-Semanas metida en la cama. Para tocarla tenía que hacer un laburo tal que cuando lo lograva ya se me habían ido las ganas o me dormía. Nunca una salida con amigos, nunca una borrachera feliz. Pasé de la misa a la precesión sin verle la cara a Dios.
-Siempre el mismo -gritó el abuelo Andrés que le pegaba hasta dejarle las nalgas rojas sin lograr que cayera una lágrima siquiera.
-Tres semanas estuvo en enero pasado sin dirigirme la palabra y sin querer comer. Después, cuando despejó, me escribió veinte cartitas pidiéndome perdón y prometiéndome que iba a mejorar, pero...
-Sí, ya sé -interrumpió Felisa- a los quince días lo volvió a hacer.
-Hay un bebé-repetía la mujer de organza y rostro moreno- Hay un bebé. Tenés que volver.
-¿Con la loca?
-Tenés que volver-repetía con la piel perlada de sudor y las manos ardidas de deseo.-Tenés que volver. Hay un bebé.-con las piernas enredadas en su cuerpo y su sexo abierto de higo maduro.
-¿Con la loca?
-Tenés que volver -y se desprendió del cuerpo que le pesaba arriba y mirándolo con ojos de pozo verde exclamó: -¡O vas a dejar que el bebé sufra solo lo que sufriste vos?
-Alguien se tiene que sacrificar-remató Felisa y cortó.
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