viernes, 31 de agosto de 2007

jueves, 30 de agosto de 2007

Anécdota escolar XXVII: Hay un sujeto en mi clase

Alumna: (En una evaluación)- Pero esta oración no tiene sujeto.
Profesora: -Mirá bien porque no hay unimembres.
Alumna: -La miro y no veo el sujeto porque no aparece el nombre de ninguna persona.
Profesora: -¿...?
Alumna: (Sin levantar la vista de su hoja prosigue) -Ni tampoco un sustantivo que indique que se trata de una persona.
Profesora: -¿Y? El sujeto es aquello que podés reemplazar por el pronombre personal que indica el verbo. ¿No podés tener una oración con un sujeto que sea un sustantivo o pronombre que no designe a una persona?
Alumna: Y... no, profesora, piense un poco: por algo se llama sujeto.

domingo, 26 de agosto de 2007

Cuentos para Maïa 3: Tomasito y su mamá.

Un mes antes de lo que había dicho el doctor, Tomasito asomó la cabeza al mundo y salió de la panza de su mamá quien no bien lo dio a luz se levantó y, ante el asombro de los doctores, exclamó:
¡Caramba! Tanto para hacer y yo remoloneando en la cama.
Y se sacó la bata y salió de la sala de partos de lo más apurada mientras ponía al bebé en su pecho para que mamara sin perder un segundo y regresar a su casa. Tuvieron que sujetarla entre cuatro para retenerla y hacerle entender que, por lo menos, debía descansar dos días en el hospital. Pataleaba, enumeraba sus tareas, rogaba, suplicaba y gritaba para que la dejaran ir. De nada servía que el papá de Tomasito le explicara que había venido su prima del campo a ocuparse de la casa, ella aullaba que ésa era una vaga, que nadie en el mundo hacía las cosas tan bien como ella, que la casa se vendría abajo, que nadie le pagaría al lechero, que les venderían gato por liebre, que, que, que y que…
¿Y Tomasito? Pues como todos los bebés de dos días, dormía a pata suelta.
La mamá lo miró, dejó de gritar y dijo:
Y encima este hijo mío duerme como un zapallo…
El papá, resignado, se tomaba la cabeza entre las manos y suspiraba. Las abuelas cuchicheaban y los abuelos salían a fumar sus pipas a los jardines. Por suerte para las demás parturientas, los dos días pasaron rápido y la mamá de Tomasito y Tomasito volvieron a la casa.
Al llegar, encontraron a la prima del campo esperándolos en la puerta. La casa olía a jabón blanco y brillaba como un espejo reluciente.
¿Y? dijo el papá, contento de poder callarla.
La mamá miró a su alrededor una vez, dos veces, tres veces. Miró la cara rubicunda y satisfecha de la prima del campo, le pasó el bebé al papá y se dirigió al estante del comedor donde estaban alineados los frascos de legumbres. Los sacó uno por uno y pasó el dedo por la madera. Lo observó y ni una mota de polvo. Volvió a pasarlo escarbando por los rincones y allá, en el ángulo más recóndito y oscuro, se le prendió un granito minúsculo de pelusa que había que usar lupa para verlo.
¡Ja! dijo mostrando el dedo. Y le puso la maleta en la mano a la prima, la despidió con dos besos en sus lustrosas mejillas, cerró la puerta, buscó agua, jabón y un cepillo y fregó el estante hasta dejarlo blanco nieve.
El papá con el bebé en brazos se quedó perplejo. Pero ella siguió así hasta la madrugada: lavó la ropa, la tendió, hirvió verduras e hizo tartas, amasó dos panes, dio de mamar al niño, lo cambió, rasqueteó los pisos de su cuarto, repasó los azulejos del baño, lavó las copas y las alineó de mayor a menor, cosió botones, zurció medias, dio de comer a las aves que criaba, bañó a los perros. Cuando se fue a dormir, dobló la ropa que el papá había dejado y se metió entre las sábanas. Apenas hubo cerrado los ojos, empezó a pensar en lo que le tocaba al día siguiente, sonrió satisfecha y se durmió.
Antes de que el sol despuntara en el cielo, ya estaba de pie diciendo:
¡Caramba! Tanto para hacer y yo remoloneando en la cama.
¿Y Tomasito? Creció siguiéndola por todas partes. Estaba en la cocina con la taza de leche humeando bajo sus narices, zum, zum, pasaba una ráfaga de tela clara. Era el vestido de mamá y allá iba el chico a seguirla, atrás, para que lo escuchara. Todo rápido: a los ocho meses, cuando otros recién gateaban, él ya daba sus primeros pasos; habló antes que ninguno; fue el primero en ir al baño solo, comenzó a escribir a los cuatro años. Todo rápido: el papá veía pasar a su esposa y atrás al hijo que siempre trataba de alcanzarla.
Mamá, necesito un cuaderno.
Y antes de que terminara la frase, ella le ponía en la mochila uno rayado de cincuenta hojas, forrado, con etiqueta y con la portada ya hecha.
Mamá, se me acabó la pinturita verde.
Y ya tenía sobre la mesa una caja de veinticuatro nuevitas y con la punta recién sacada.
Mamá, mañana es la fiesta de cumpleaños de…
Y antes de que terminara de decirlo, ya estaba bañado, vestido con su mejor ropa y con un enorme paquete en las manos.
Pero una noche, cuando Tomasito cerró los ojos, no pudo recordar cómo era la cara de su mamá ni su pelo ni el color de sus ojos. Tampoco recordó cómo sonaba su voz ni cómo se reía. Apretó más los ojos para ver si el recuerdo acudía a fuerza de párpado, pero no. Tomasito no se acordaba.
Así que se levantó en puntas de pie y caminó al cuarto de sus papás. La puerta estaba entreabierta y la habitación, en una tenue penumbra. Empujó la puerta y, en la cama, el papá roncaba como un oso. Pero de la mamá, ni noticias. Entonces oyó un ruido en la cocina y hacia allí fue.
Al entrar, en medio de una brillante luz blanca, un remolino verde claro repasaba los vidrios, fregaba el horno.
Mamá dijo Tomasito colgado del picaporte.
Ahí tenés el vaso de agua exclamó el remolino sin detenerse.
Mamá, no quiero agua.
Ahí tenés otra manta y le puso sobre los hombros una frazada.
― ¡Mamá! gritó Tomás con toda la fuerza de sus pulmones. Dos gruesos lagrimones le rodaron por las mejillas y agregó en un susurro: No me acuerdo de tu cara.
La mamá estaba puliendo una sartén con una virulana y, de repente, se detuvo: la sartén resbaló relajada sobre la mesada y la virulana se escurrió, aliviada, por un rincón de la pileta. Los lagrimones cayeron por el cuello, la panza y las piernas de Tomás hasta el piso. Glock, glock, hicieron al chocar con las baldosas impecables.
La mano de la mamá tuvo el impulso de buscar un trapo y limpiarlos, pero titubeó.
No me acuerdo de tu cara. volvió a llorar el niño.
Glock, glock, glock, glock hicieron las lágrimas.
La espalda verde de la mamá se tensó un poco y su cuello apenas se movió hacia atrás. Las horquillas que sujetaban con firmeza el cabello se soltaron y el pelo cayó como una cascada castaña mientras el rostro giraba lentamente y Tomás se secaba la cara con las mangas.
La mamá se agachó, lo alzó en brazos mientras el agua de la canilla hacía burbujitas.
Tomás miró a la mamá: su frente ancha, sus ojos negros, sus mejillas rosadas, su nariz chiquita como un poroto de manteca, su boca fresca, su cuello largo. La abrazó y hundió la nariz en su pecho que olía a caramelo y jazmín. La mamá le acarició la cabeza y tenía las manos rojas de tanto trabajo. Se envolvieron los dos en la manta y se sentaron en la silla para mirarse. El desorden, encantado de ver que se había dispuesto una tregua y nadie lo cercaba, empezó a asomarse entre los platos y las fuentes a medio lavar y se dedicó a hacer su propia fiesta.
A la mañana siguiente, el papá se despertó cuando el sol ya estaba muy alto. Preocupado por el silencio, bajó y, en la cocina, entre una luz amarilla que entraba por los vidrios empañados, vio a su mujer y a su hijo abrazados, envueltos en una manta y dormidos en una silla, mientras, alrededor, libre ya de tantas ataduras, un alegre desorden se había apoderado de la casa. Sin hacer ruido el papá corrió apenas las cosas y se sentó, él también, a hacerles compañía.

viernes, 24 de agosto de 2007

Anécdota escolar XXVI: Mirando al norte

Alumna: (En una prueba, después de separar en sílabas cuatro versos heptasílabos) Este poema de Federico García Lorca presenta versos de siete sílabas que se denominan septentrionales.

jueves, 23 de agosto de 2007

miércoles, 22 de agosto de 2007

El huevo cigota. Entrega 7

Donde se cuenta la historia de las cuatro Gracias


Eran las hermanas de mi madre y se llamaban, por orden de aparición: Perla Precisosa Manuela, Lisbeth Ángeles, Zelfa Margarita y Felisa María. Especie de coro trágico o comparsa funambulesca fueron las tías que la vida me dio cuando decidió dejarme sin madre aunque ya saben que ella nunca se fue. Al principio yo no las podía identificar: eran un enorme cuerpo cálido y mullido, dotado de cuatro cabezas parlantes que aturdían con su conversación. Me gustaba verlas reunidas alrededor del lecho de mi madre, cada una contando una historia paralela y superpuesta, mientras tejían, bordaban o tomaban el té. Perla era mi preferida, la más linda, la más fina, la que tenía un tapado de piel que olía a perfume y una medalla con la virgen de Lourdes que tenía los brazos abiertos para amparar.
-Margarita- gritó la mamá. Y en Sarandí, Margarita se tocó la panza mientras hervía la leche para su hijo mayor.
-Beta –gritó la mama. Y en Olivos, Beta se tocó la panza mientras esperaba en su cocina larga que sus tres hijas volvieran de la escuela.
-Perla- gritó la mamá. Y en La Lucila, perla se tocó la panza mientras aguardaba que su hija terminara su clase de ballet.
-Felisa –gritó la mamá. Y en Flores, Felisa se tocó su panza mientras atendía el solitario mostrador de su juguetería.
Y las cuatro estiraron el brazo para parar el ómnibus que iba a Ituzaingó y llegar a tiempo para ver a la mamá acostada en el baño con la panza ahogada en un charco de sangre. La levantaron, la limpiaron, la subieron a un taxi, la llevaron a La Lucila, la extendieron en la cama de sábanas blancas y llamaron al doctor.

Intermezzo del doctor alemán

Se llamaba Alfredo Bauer. Era alto y blanco, de cabellos canos y ojos azules y helados; pero cuando se reía se le formaban arrugas simpáticas en la cara. Tenía una esposa gorda y bajita que usaba blusas con volados y se llamaba Kitty. El doctor y su esposa habían nacido en Berlín y hablaban entre ellos en alemán y a los demás en un extraño español. Acudió al llamado de las tías a bordo de un auto negro con Kitty al volante. Miró a mamá, la palpó, la inyectó y dijo:
-El bebé está bien y lo vamos a tener.
El huevo suspiró y se rió.
La mamá resopló y lo escupió. A Bauer, se entiende.
-¡Lujancita! –reconvinieron a coro las Gracias.
-Lujancita una mierda. Saquen a éste y sáquenme el bebé. No lo quiero tener.-El bebé está bien y lo vamos a tener-repitió el doctor secándose la escupida- Reposo absoluto y buena alimentación.
-Yo ni pienso comer.
El doctor escribió en su recetario con Kitty y su blusa de volados tras él.
-Y estas vitaminas.
Después saludó y se fue. El doctor Bauer era un alemán alto y canoso y su esposa Kitty conducía el automóvil que lo llevaba a la ciudad.

Donde se retoma la historia de la cuatro Gracias

Las cuatro Gracias se reunieron en torno de la cama en penumbras. Perla dijo:
-Yo, viernes y sábado.
-Yo, lunes y martes.-agregó Beta.
-Yo miércoles y jueves.-dijo Margarita.
-Yo, domingo.-cerró Felisa.
-En mi casa.-indicó Perla.
-O en la mía.-ofreció Margarita.
-¿Quién llama a Jorge?
-Yo. –dijo Felisa.
-Hay que avisarle.
-Que se muera.- murmuró la mamá desde su lecho –Se fue con ésa.
-¿Con ésa?
-Sí, con ésa. Y me dejó. Que se muera.
-Vos tenés que cuidarte.
-Que se muera.
-Tenés que ponerte bien.
-Que se muera.
-Por el bebé.
-Que se muera.
-¿El bebé?
-Sí, el bebé también.
-Calláte, Lujancita, que los bebés escuchan desde la panza.
-¿De verdad?
-Sí, lo dijo el doctor.
-Entonces que me escuche bien- y gritó: que te mueras, que te mueras, que te mueras.
Y el huevo cigota se llevó las manitos a las orejas y las tapó.
-Luján –la retó Perla- ahora dormí.
Y la mamá se durmió.

martes, 21 de agosto de 2007

El huevo cigota. Entrega 6

Donde se relata cómo el huevo anidó y el nido amenazó con transformarse en un erizo feroz

El útero era, a esta altura, un nido bastante confortable. Era hora, dijo el huevo, de hallar un sitio donde afincarse para echar raíces, progresar, y bla bla bla. Y ése era el lugar: puro endometrio gordo, mullido y sabrosón. Grueso lo vio el huevo al entrar hecho mórula y, cansado de tanta mitosis sin intermitencia, se dijo que merecía descansar. Buscó un rincón acogedor donde anidar. Nido, por si no lo recuerdan, algo así como poner una hebra de mimbre tiernito, otra de pastito suave, un velloncito de algodón, una lanita y el nido es un hueco cálido y protector. Así que, hecho el nido, el huevo se dispuso para pasar la mejor etapa de su vida. Ya se veía venir la placenta, madre nutricia que lo haría crecer y crecer más allá del escaso milímetro que ahora despuntaba.
Y sí, flor de imbécil nuestro huevo: no hay bien que dure cien años y todo paraíso se torna en súbito infierno en menos que canta un gallo. El día veintitrés, mamá vomitó el café con leche. Tuc tuc tuc empezó a latir el huevo en un intento por detener los espasmos que lo sacudían al borde del lavabo. Pero mamá no lo registraba iniciando la saga familiar denominada: “Madre no se entera de que tiene un hijo ahí” –aclaramos que el “ahí” podrá ser aplicado a cuanta situación se encuentre disponible-. Pero la vida siguió mientras en un intento desesperado por no naufragar, el cordón empezaba a anudarse asemejando más a un ancla que a cualquier otro órgano vital.
Y un buen día, dos meses después, la muerte tocó a la puerta del huevo:
-Toc, toc, toc.
-¿Quién es? –preguntó el huevo con las pequeñas ranuras de sus labios.
-Soy la muerte- le respondieron. Y era una mujer alta, morena y bien torneada que le sonrió a papá. Él la miró, miró a mamá que vomitaba sujeta al lavabo, sacó la maleta de debajo de la cama, la armó y se marchó.
El huevo sacudió al útero.
-Mamá, mamá –llamó, pero nadie le respondió.
-Mamá, papá se va.
Y la puerta se cerró con ruido a madera seca.
Mamá oyó la madera y dejó de vomitar.
-Mamá- llamó el huevo.
Mamá miraba la puerta cerrada y se dejaba resbalar contra el piso de mosaicos hasta quedar tendida de lado.
-Mamá, tengo frío…-lloró el huevo después de estar ocho horas contra las baldosas congeladas.
Pero a la mamá nada le importó y se volvió boca abajo mientras el huevo sentía cómo su piel traslúcida se volvía azul.
Entonces cayó al piso una gota de sangre y luego otra y otra y otra y ya era un torrente, un alud de barro rojo que amenazaba con borrar de un gotazo la efímera vida que había empezado a ser.
La muerte era una mujer alta, morena y torneada que tenía un vestido de organza celeste y que llevaba a papá hacia el sur de la ciudad. Papá corría de su mano mientras sonreía con sus ojos azules y el viento le despeinaba sus cabellos rubios.
-Mamá- lloraba el huevo, pero la muerte tapaba los oídos y los progenitores no quería oír. Olía a menta la muerte con sus tacones de raso y papá no quería ver porque ella lo abrazaba y papá no quería ver mientras la sangre goteaba por la rejilla y corría por las venas de la ciudad.

lunes, 20 de agosto de 2007

Cuentos para Maïa 2: La cama de Maïa



Maïa tiene una cama bajita, muy bajita. Una cama que casi, casi roza el piso. Como si no tuvieras patas. Lo que sucede es que la nena es muy chiquita y su papá no quiere que se lastime si, a mitad de la noche, ella quiere un vaso de agua o ir a baño, así que entre el suelo y la cama hay apenas un saltito. ¡Hop! …y ya Maïa está en el piso y medio dormida camina por la casa que está en silencio y oscura.
Pero una noche, cuando Maïa sacó sus pies al aire frío de afuera de su cama, el suelo no estaba.

Epa dijo me parece que el suelo se fue.
Estiró su pierna derecha todo lo que pudo, pero del piso ni noticias. Se asustó tanto, pero tanto, tanto, que se volvió a meter bajo las mantas con los ojos cerrados. Al rato pensó que no iba a quedarse así toda la vida, así que comenzó a destaparse: primero los pelos, después la frente, la punta de la nariz y, finalmente, se animó a abrir despacito los ojos y, en vez de ver el techo de su cuarto cubierto con los dibujitos de su papá, vio el cielo abierto repleto de estrellas lejanas. Prestó un poco más de atención y le pareció que soplaba una brisa con sonido a agua con pescaditos. Más allá, unos pájaros resoplaban y el aire salía de entre sus picos colorados con una melodía de flautas.
― Epa ― dijo Maïa ― me parece que no estoy en mi casa.
Y, cobrando coraje, puso sus manos en el borde del colchón y miró hacia abajo. Y, efectivamente, no estaba en casa; sino lejos, lejísimos… como a nueve mil millones de kilómetros estaba ella, en su cama.
― Epa ― dijo ― me parece que tengo un problema serio.
Y vaya si lo tenía, porque la cama de Maïa era una típica cama paseadora; de ésas a las que, en la noche y después de andar todo el día con sus patas encogidas, se les da por estirarlas un poco y ya que están salir a caminar por ahí. ¿Y cómo Maïa no se había dado cuenta antes? Es que siempre, cuando ella se bajaba, la cama ya había vuelto de su paseo y dormía lo más pancha. Esta vez, seguramente papá había puesto demasiada sal en la comida y la nena se había despertado antes y allí estaba en medio de la selva de Tucbuntú.
― Epa ― exclamó ― ¿Y ahora qué hago?
Sólo le respondió el silencio de la noche selvática y unas ranas que croaban en la laguna.
― Señoras ranas ― llamó Maïa ― ¿Saben ustedes como vuelvo a mi casa?
― Croac, croac ― respondieron las ranas en idioma de rana.
― Epa ― dijo Maïa ― me parece que no saben.
De pronto divisó una araña que tejía una tela delicada como una gota de rocío.
― Señora araña ― llamó Maïa ― ¿Sabe usted como vuelvo a mi casa?
― Zip zip ― respondió la araña en idioma de araña.
― Epa ― dijo Maïa ― me parece que no sabe.
Una mariposa de alas de colores pasó volando sobre su cabeza.
― Señora mariposa ― llamó Maïa ― ¿Sabe usted cómo vuelvo a mi casa?
― Fluc fluc ― respondió la mariposa en idioma de mariposa.
― Epa ― dijo Maïa ― me parece que no sabe.
Y ya estaba por ponerse a temblar de desesperación cuando divisó un oso color chocolate y lo llamó:
― Señor oso, ¿sabe usted cómo vuelvo a mi casa?
El oso miró para arriba y allí, cerca del cielo, vio una cama de patas largas y una nena arriba que le hacía señas con la mano.
― Grrr grrr ― dijo el oso.
Y apareció la araña que dando vueltas tejió un hilo largo en cada pata.
― Grrr grrr
repitió el oso.
Y cada rana se colocó el hilo en la boca.
― Grrr grrr ― volvió a rugir el oso.
Y la mariposa se puso al frente volando por arriba para indicar el camino.
Y en un dos por tres, la cama atravesó la selva de Tucbuntú, el mar Mediterráneo, entró en el puerto de Marsella y, por una calle finita, las ranas y la mariposa encontraron la casa de Maïa donde dejaron la cama que dobló sus patas y se echó a roncar. Entonces la nena bajó, tocó el suelo con sus piecitos, espió al papá que dormía como un lirón y volvió a meterse entre las sábanas mientras las ranas salían por la ventana rumbo a la selva de Tucbuntú.

En otros vuelos



Las otras mariposas son alas,
esqueletos flotantes de marfil incandescente,
gasas que se disuelven en el aire,
colores difusos a la luz virgen del amanecer
y un repentino movimiento que no se ve y agita el aire.
Después cae la tarde,
el nácar luminoso se aquieta y duerme
bajo la fresca brillantez de las estrellas.

El vuelo de la mariposa

Gracias, JuanCa. Es bellísimo el vuelo de tu mariposa

domingo, 19 de agosto de 2007

Cuentos para Maïa 1: Emma y la muñeca

Emma tenía una muñeca. Era muy linda la muñeca de Emma con sus ojos negros como la noche negra y sus cabellos largos como el largo camino a casa. Una noche, Emma la escuchó toser y pensó:
-Mi muñeca se enfermó. Debo ir a buscar quien pueda curarla.
En puntas de pie, se levantó y golpeó la puerta del cuarto de sus papás.
-¿Qué quieres, Emma?-preguntó medio dormido el papá.
-Mi muñeca está enferma y necesito que la curen.- dijo Emma abriendo la puerta.
-Es muy tarde, Emma. Vuelve a tu cama y la curaremos mañana.
Emma salió del cuarto cerrando tras sí, apretó a la muñeca contra su camisón y le preguntó:
-¿Cómo te sientes?
-Mal- exclamó ella con los ojos cerrados.
-No te preocupes, yo buscaré quien te cure.
-Mañana, Emma, mañana. -se oyó la voz de la mamá.
-Mañana es demasiado tarde y quiza nunca llegue.- murmuró Emma y arropando a la muñeca salió a la calle para buscar quién la ayudara.
La noche era oscura y solitaria y Emma caminó hasta dar con una liebre que dormía entre unas matas de margaritas. Emma se agachó y la tocó con suavidad en el lomo.
-Liebre, -dijo- necesito que cures a mi muñeca.
-¿Ahora?
-Sí, está muy enferma.
-Si me la dejas, mañana...
-Oh, no, mañana es demasiado tarde y quizá nunca llegue- dijo Emma y se marchó.
En el tronco de un abeto dormía un hermoso cuervo negro. Emma se trepó al árbol y tocó al ave en la cabeza.
-Cuervo, -dijo- necesito que cures a mi muñeca.
-¿Ahora?
-Sí, está muy enferma.
-Si me la dejas, mañana...
-Oh, no, mañana es demasiado tarde y quizá nunca llegue- dijo Emma y se marchó.
En una orilla del lago de un parque, un gato dormitada enrollado sobre una piedra. Emma lo rozó con sus manos frías.
-Gato, -dijo- necesito que cures a mi muñeca.
-¿Ahora?
-Sí, está muy enferma.
-Si me la dejas, mañana...
-Oh, no, mañana es demasiado tarde y quizá nunca llegue- dijo Emma y continuó su camino, pero ya estaba muy cansada y triste.
-Nadie nos ayuda.-pensó.
-Me siento mal -repitió la muñeca con las mejillas enrojecidas por la fiebre.
En el recodo de una verja, un grupo de hadas bailaba con el último reflejo de la luna.
-¿Qué buscas, Emma? -le preguntaron.
-Busco alguien que cure a mi muñeca que está enferma.
-Si nos la dejas- dijeron las hadas-, mañana...
-Oh- exclamó Emma- mañana es demasiado tarde y quizá nunca llegue...-y se largó a llorar.
Y tanto lloró que pronto se quedó dormida con la muñeca entre sus brazos.
Cuando se despertó el sol ya brillaba en lo alto y Emma estaba en su cama. Una liebre, un cuervo y un gato le daban jarabe a su muñeca en una larga cucharita de plata, mientras un grupo de hadas tejía una corona de jacintos y violetas.
-Ya me siento bien- dijo la muñeca cuando vio que Emma se despertaba y agregó:- y mañana siempre llega.
Emma se abrazó a su muñeca y suspiró feliz.

*Ilustración: Arthur Rackhman, Peter Pan, frontispiece .


Cuentos para que el papá le lea a Maïa antes de ir a dormir Portada e introducción


Cuentos para que el papá le lea a Maïa antes de ir dormir
Querida Maïa:
Vivir lejos es una tristeza, pero en vez de llorar sentada en un rincón, te propongo encontrarnos en la voz de tu papá con lo más lindo que yo conozco: los cuentos. Algunos seguramente ya te los habrán contado, otros los vas a escuchar por primera vez y algunos los inventaré para vos. Van en español y no en francés porque mejor dejamos un idioma para el teléfono y otro para los cuentos y, como yo me los sé mejor en español, lo hacemos así. Estas palabras serán como mariposas que cruzarán el océano y se posarán en tu almohada para que tengas siempre, siempre lindos sueños.

Te quiero.

Tu tía Julieta

El huevo cigota. Entrega 5

Donde el huevo relata lo que fue su segmentación y otras curiosidades que serán de sumo interés

A esta altura de la historia, el ovocito, que ya no lo era ni tampoco mitad, y el espermatozoide, que ya no lo era ni tampoco mitad, se acababan de unir a trompas de distancia para que el personaje protagonista, muy a su pesar –este es el sitio donde podría intercalarse la tan mentada frase “¡Yo no les pedí nacer!”, pero dejaremos de lado la oportunidad porque a lo largo de este relato hallaremos miles de circunstancias en que ustedes mismos comprobarán cuán al caso viene la exclamación- …pues bien, esta altura de la historia, decíamos, era el momento para que el cigota hiciera su aparición. Él ya era quien sería siempre: un huevo en pleno proceso de segmentación. Mitosis, dos; mitosis, cuatro; mitosis, ocho; mitosis, dieciséis. En apenas catorce días nuestro huevito pasará de ofrecer una superficie lisa y brillante a transformarse en una espantosa mora granulienta formada por muchas células que nadie sabe bien qué son. Primero al medio y el huevito es justamente dos mitades, para que recuerde siempre quién carajo lo trajo a la verdadera realidad (siempre habrá otra que será real pero no verdadera y, como veremos, el huevo la preferirá dado el terror que la primera le ocasionará). Qué fea es la mórula, dice el huevito, prefería ser huevo. ¿Qué hago acá? ¿De dónde salí? Pero no tiene mucho tiempo para pensar porque nadie puede sobrevivir a semejante vértigo morfológico que en menos de lo que canta un gallo lo hace ser huevo, mórula, blástula, gástrula y embrión. La biología, cuando sucede así de repentina, no deja demasiado espacio para la reflexión. Aquellas dos mitades, que fueron en un comienzo quienes le dieron sus respectivos cincuenta por ciento de materia, andan a la sazón muy orondas e inconcientes de que el huevito la pasa mal: nada nuevo para ellos y el cigota debería saber ya, a tan tempranísima edad, que siempre será así de ahora en más. Así que bien haría en desentenderse del ex portador del espermatozoide, llamado de ahora en más, papá –aunque él no lo sepa ni por casualidad- y de la ex portadora del ovocito y actual del cigota, mamá –que ya empieza a sentir que algo raro le está pasando porque tiene ganas de vomitar.

Intermezzo lorquiano

Que se conocieran en un teatro. Que fueran actores. Que fuera en una farsa en dos actos. Que ella hiciera de niño. Que él de don Mirlo. Que todo fuera tan a la medida. Que se vieran en una sala de ensayos antes de empezar a actuar. Que fueran personajes de una misma representación. Que ella fuera el niño. Que la zapatera fuera otra. Que don Mirlo deseara a la otra. Que no deseara al niño. Que ella fuera el niño. Que él acosara a la otra en la ventana de su propia casa. Que ella fuera la única amistad de la zapatera. Que ella fuera el niño. Que la zapatera tuviera un marido. Que don Mirlo hubiera gozado con anterioridad de unas cuantas esposas. Que ella fuera el niño. Que la infancia fuera un período de latencia donde se toma chocolate y se desean juguetes, pero no a otro hombre o mujer. Que la zapatera fuera bella y joven. Que don Mirlo la deseara. Que ella fuera el niño.

Donde finalmente se arriba a las curiosidades de sumo interés

El cigoto se vio desde el comienzo de la segmentación en serios problemas para enfrentar lo que, en una situación normal, llamaríamos existencia dado que, creemos haberlo dicho con anterioridad, el espermatozoide sólo había aportado el material genético y era al óvulo a quien le correspondía proveer al citoplasma del huevito de la cantidad alimenticia necesaria para sobrevivir y crecer. Y bien… sonamos, se dijo el cigoto, porque mamá arrastraba su historia que los restos perdurables, a esta altura, del ovocito (recordemos que estamos en plena mitosis vertiginosa y ya nada se sabe bien qué es) alcanzaron a balbucear.

Habla el ex - ovocito antes de desaparecer.

Aunque hubo dos hermanos después que yo, soy la menor de una serie de siete. Mamita era, hasta donde la recuerdo, una mujer delgada que siempre estuvo enferma. Cuando nací, la última de siete hijos (cinco mujeres y dos varones), prometió que si sobrevivía al parto se cortaría el pelo e iría en procesión a visitar el Santuario de la Virgen al sur de la ciudad. Así que yo nací, se rapó y empezó a caminar a Luján. Parece ser que se agotó pronto y cambió la promesa original por otra manda y yo fui bautizada cinco meses después con el nombre de María Luján, Lujancita de aquí en más. La virgen debe haberse sentido defraudada cuando vio que, en lugar de ampollas en los pies, mi madre le ofrecía un bebé esmirriado y famélico y le mandó un cáncer de útero que la mató dolorosamente cuando yo apenas tenía siete años. Papito se vistió de negro y la lloró como corresponde. Pobrecito, decían las tías y vecinas, se queda con siete chicos para criar; diga que las mayores ya lo van a ayudar porque Lujancita es tan chiquita. Pero Papito tenía otros planes. A los cuatro meses del fatal suceso, los citó a los siete en el comedor de la casa familiar y les comunicó que se había vuelto a enamorar y que se casaría a la brevedad. La elegida de su corazón era nuestra prima hermana, es decir, la hija mayor de la hermana de Mamita, que, al momento de la comunicación, tenía los años de mi hermano mayor, veinte. Y Papito nomás se casó en el mes quinto de su viudez y tuvo dos hijos más de lo que resultó que yo fui la menor, pero después hubo dos más. Y después de que volvió de su luna de miel, armó sus valijas y se fue a su nueva casa por eso de que el casado, casa quiere. Y me dejó al cuidado de los mayores que ya trabajaban y podían mantenerme. Ninguno de los siete volvimos a ver a Papito ni a la otra que había sido nuestra compañera de juegos infantiles. Y mis hermanas, desesperadas, vieron cómo yo me negaba, por primera vez, a comer.

jueves, 16 de agosto de 2007

Anécdota escolar XXV: Góngora y el espermatozoide de alabastro

Profesora: (Lee un soneto de Góngora) -¿Entendieron?
Alumnos: (A coro) -Ni una palabra.
Profesora: -¿Nada de nada?
Alumnos: -Nada de nada.
Profesora: -Intentemos primero con el léxico.
Alumna 1: -¿Qué quiere decir alabastro?
Profesora: -Es una variedad de mármol traslúcido que a la vista parece extremadamente blanco.
Alumna 2: -¿Y nácar?
Profesora: -¿Cómo son los esmaltes nacarados para las uñas?
Alumna 2: -Tornasolados y brillosos.
Profesora: -Bueno, el nácar es una sustancia brillante y tornasolada que recubre el interior de los caracoles. Es de color blanco. Bien, leo la primera estrofa y tratamos de comprenderla. (Lee) "De pura honestidad templo sagrado,/ cuyos bello cimiento y gentil muro,/ de blanco nácar y alabastro puro/ fue por divina mano fabricado;"
Alumno 3: -No se entiende, ¿de qué habla?
Profesora: -No es de un templo.
Alumna 1: -¿De una mujer?
Profesora: -Perfecto. De una mujer.
Alumno 3: -Ah, los cimientos y el muro son las piernas y el torso...
Profesora: -Organicemos un poco la sintaxis. se los voy a leer más ordenadito: Templo sagrado -la mujer- de honestidad pura...
Alumno 3: (Interrumpe) -No era una loquita.
Profesora: (Sigue sin prestar atención) -cuyos cimientos bellos y gentil muro fueron fabricados de alabastro y nácar por la mano divina .
Alumna 1: -Ahora sí entendí.
Profesora: -En esta concepción el ser humano es una creación de Dios, por eso lo de fabricado por divina mano.
Alumno 4: (Que estuvo hablando con un compañero durante la lectura) -Y fabricado por el espermatozoide.
Profesora: -¿Qué espermatozoide?
Alumno 4: -Ahí dice el soneto ese que fue por un espermatozoide.
Profesora: (Se tienta) -El poema no menciona a ningún espermatozoide.
Alumno 4: -Sí, eso del alabastro y el nácar.
Profesora: (Desconcertada) ¿...?
Alumno: -Bueno, el espermatozoide no viene solo.
Profesora: (Más tentada aún) -Ah, ahora entiendo...¿vos lo decís por el líquido blancuzco que transporta los espermatozoides, por el semen?
Alumno 4: -Obvio, ¿no está diciendo eso?

El huevo cigota. Entrega 4

Donde el huevo cigota comienza a explicar el fortuito encadenamiento de hechos que lo llevó a ser.

Al principio, el huevo no era uno ni huevo ni cigota. Por los tiempos lejanos de su no historia andaba desperdigado en dos mitades desconocedoras de su recíproca existencia y su destino final. Disociación, ya saben, cosas que no se conectan ni por joda. Por un lado, un rápido espermatozoide que llegaba seguro de lo que traía: material genético. Y, como andaba tan orgulloso de lo suyo, jamás dudó de que sería él quien sobreviviría a los cientos de miles que iban a ser eyectados con él aquel día cálido de fines de septiembre. Pero el espermatozoide también se traía una historia, no lo vayan a creer: había crecido dividiéndose hasta ser el más bonito y fortachón de la camada. “¡Ay, qué lindo espermatozoide que soy”, se decía a sí mismo, “no hay otro con un material genético más bueno que el mío!” Tanto lo creía que treinta años después se daría el lujo de enumerar, en la mesa de un bar, al pobre huevo todos los beneficios que había aportado a la formación de lo que en este instante de la historia era sólo una mitad de algo inexistente. Y allí andaba, nuestro espermatozoide, retozón y deseoso de encontrar el camino. Entonces se mandó con una barra de amigos –siempre tan sociable-, por el vaso deferente, de allí al conducto eyaculatorio, a la uretra…-le gustaba la parranda y salir de ronda-. Una vesícula seminal le agregó fructosa y prostaglandina; una glándula lo roció en un jugo mucoso y alcalino y, más allá, otra le regaló un fluido mucoide para que resbalara con más facilidad. Y el espermatozoide salió expelido al exterior, que, en este caso, no era otra cosa que el interior de la dadora de la otra mitad.

Intermezzo eléctrico que nada tiene que ver con los asuntos energéticos como bien podrá sobreentenderse

Mi padre era alto, delgado y rubio y tenía unos ojos claros que cambiaban de color: a veces azules, a veces verdes, a veces grises, tan claros que parecían blancos. Mi madre tenía escasos ciento cuarenta y cinco centímetros, de ojos negros como el alquitrán y, bueno, delgada era, a veces con una flacura de hospicio. Como verán, la inclusión de esta pausa descriptiva ya evidencia rasgos dignos de ser abordados por cualquier discípulo de Freíd, sin demasiado entrenamiento que digamos. Lindo el huevito que, como viene la historia, dejará su fortuna en los variados divanes que se le vayan cruzando en el camino. Alguien debería decirle que sería más rentable nacer y pedir de inmediato ser adoptada por un matrimonio europeo de buena posición y sin hijos a la vista. Pero la verdad es que los huevos cigota nacen en pleno ejercicio de su indefensión y prefieren ser amados por aquellos, tan metidos están en sus conflictos, que hasta suelen olvidarse que él está allí y lo envían a los dos años de vida extrauterina a colocarse las inyecciones solo en la farmacia de la esquina porque, dicen, el huevo cigota es un primor de responsabilidad. Y allá va el huevo, rubio y regordete, con la caja en una manito que casi ni la recubre, y las monedas apretadas en la otra. Apenas puede empujar la puerta para entrar y ni hablar de llegar al mostrador. Digan que la farmacéutica lo conoce y lo carga en brazos para hacerlo pasar atrás, bajarle el calzón, sin lugar a dudas rosado y con puntillas, y palmearle la nalga con alcohol. Así el huevo aprende de qué se trata el estoicismo de vivir y el hago para que me quieran que han sido su principal vocación.
Lo que no aprendió, evidentemente, es a narrar ordenadamente y ustedes deberán disculparlo porque los eventos se superponen y a decir verdad no tienen el orden que jamás tuvieron, muy a nuestro pesar. La cuestión es que los progenitores se conocieron en un teatro… no podría haber sido de otro modo si lo piensan bien: tragedia o comedia, la vida no es más que burda representación.

Donde el huevo reanuda aquello del fortuito encadenamiento y bla, bla, bla.

La otra mitad era pura interioridad: biológica y psíquicamente, como bien se comprenderá. Tan ensimismada estaba que jamás se enteró de que había un afuera al que algún gesto, por mínimo que fuera, convenía hacerle de vez en cuando. Pero, a decir verdad, la otra mitad puso su parte… parte que, digámoslo con claridad, estaba acostumbrada a la soledad: no más de unos cuantos iguales a los que no se dignaba ni a dirigirles la palabra. Allí estaba el ovocito decidiendo si ese mes se lanzaría afuera del ovario sin que nadie, ni por puta, pudiera adivinar qué quería verdaderamente adentro del folículo. Y mientras pensaba si iba a ser él quien se hiciera cargo de semejante evento, llegó la mitad del calendario y al ovocito, obra y gracia de esa fuerza natural que todo lo domina, se le abrió la puerta y fue, literalmente, ovulado. Y, una vez lanzado a la posible fecundación, el folículo, antes acogedor, se dedicó a la tarea de preparar el nido para lo que contrató a alguien muy experimentado en decoración de interiores: el cuerpo lúteo. E iba el ovocito, mecido tiernamente por las cilias de las fimbrias que lo acariciaban, lo sobaban y lo hacían olvidar lo que de vertiginoso tenía el evento que iba a suceder: la maternidad. El ovocito desembocó en las trompas de Falopio y allí lo esperaban unos cuantos espermatozoides, ansiosos por verse fuera y hechos carne donde depositar su material genético, pero aquel del que ya hemos hablado, nuestra tan mentada mitad, le ganó a todos sus anonadados compañeros, asaltó al ovocito sin previo aviso y… lo fecundó. Y así vino a ser un huevo: cigota para más saber.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Las letras negras de algún texto



El aula está azul y calurosa. Afuera llueve, pero sin lluvia. Pesa el aire cargado de una humedad inconcebible. Los chicos escuchan mi voz como una lejana letanía que los envuelve y adormece. Me oígo a mí misma hablar de signos cuasirreflejos y de construcciones endocéntricas. Ellos tienen su corazón a resguardo en medio de ensoñaciones que nada tienen que ver con lo que yo digo. Mi corazón también navega por ríos que no son gramaticales. Les enseño lo que sé sin tocar jamás sus dolores, sus tristezas, sus alegrías adolescentes y repentinas. A veces un muro de palabras nos separa. La literatura y el lenguaje se transforman en una materia verbal analizable y dejan de ser el destello emotivo que yo podría inaugurarles. Entender, clasificar, definir, describir... y los corazones -el de ellos y el mío- se alejan cuando hubieran podido tener un lugar para encontrarse (a sí mismos y recíprocamente, diría Ofelia Kovacci). Ellos se ríen, se distraen, no trabajan, responden mal y a desgano y a mí me corresponde llamarles la atención. Tenemos roles previamente asignados y ellos son los adolescentes que yo debo educar aún cuando nadie sabe bien qué siginifica eso. Lejos del aula azul, todos -ellos y yo- tenemos una vida donde suceden las emociones, las experiencias, las sensaciones. Yo querría que alguna vez nos encontráramos entre las letras negras de algún texto.

martes, 14 de agosto de 2007

Anécdota escolar XXIV: El nesquik y la sintaxis.


Profesora: (Lee la consigna y los alumnos van trabajando) -Marquen el sujeto. ¿Ya está?
Alumnos: (A coro) -Sí.
Profesora: -Agréguenle una aposición. Recuerden va entre comas, pero no todo lo que va entre comas es aposición. La aposición puede transformarse en núcleo del sujeto... ¿se acuerdan del gráfico de las flechitas?
Alumnos: (A coro) -Sí.
Profesora: Cuando lo hagan, acérquenmelo para que lo corrija.
Alumnos: (A coro) -Sí.
Alumno 1: (Se acerca con su hoja)- Acá está. ¿Me lo corrige?
Profesora: (Lee la tarea. El alumno no agregó nada a la oración original, sólo dos comas que encierran el verbo)- A ver, oíme... Leé la consigna (El alumno lee) ¿Qué tenías que hacer?
Alumno 1: ...
Profesora: -¿Qué significa agregar?
Alumno 1: ...
Profesora: (Al curso) -Por favor, dejen de trabajar y escúchenme. ¿Qué significa agregar?
Alumnos: ...
Profesora: -Chicos, ¿qué hacen cuando le agregan nesquik a la leche?
Alumno 2: -Tomo una leche chocolatada.
Profesora: (Sonríe impaciente) -Sí, ya sé... pero, ¿estaba el nesquik en la leche antes de a-gre-gar-lo?
Alumnos: (A coro) -No.
Profesora: -Bien, tenía la leche y le puse algo que no tenía. Entonces, miren las oraciones. No tienen aposición y ustedes deben agregarla. Escribirla porque no está. Agregarla, como el nesquik a la leche. ¿Entienden?
Alumnos: (A coro) -Sí.
Profesora: Trabajen entonces.
Alumna 3: (Se acerca con su hoja)- Ya está.
Profesora: (Lee otra tarea en la cual la alumna encerró entre comas el verbo que ya estaba) Pero, oíme, ¿vos no me escuchás? Tenías que escribir la aposición. A-gre-gar-la como a-gre-gás el nesquick a la leche.
Alumna 3: (La mira sorprendida) -Ah... ¿tenía que agregarla?


jueves, 9 de agosto de 2007

El huevo cigota. Entrega 3

Donde el huevo aclara y culmina con una misiva para la incubadora que lo dará a luz

Yo era un huevo. Un huevo cigota en pleno proceso de duplicación. A mi padre le correspondía la mitad derecha y a mi madre, la izquierda. Mi padre se fue y le dejó a mi madre la herencia de su mitad. Que se hiciera cargo del fruto de su vientre. Del de mi madre porque mi padre evacuaba el suyo puntualmente todos los días a las ocho de la mañana después del café con leche y no era materia viva sino puro desecho. Aunque pensándolo bien, las dos mitades con las que mi madre había sido favorecida en la tómbola del matrimonio quizá también fueran material de desecho aunque en ese caso vivo Yo era el huevo y estaba huérfano. De padre, por razones obvias; y de madre, por otras más obvias aún. ¡Pobrecito el huevito cigota! Necesitaba los nutrientes requeridos para crecer y la madre portadora –una especie de incubadora bastante caprichosa- se negaba a ingerirlos y oscilaba entre la puteada al medio progenitor de sus días y la conmiseración a su propia desgracia. Así que el huevo cigota dijo: “Ah, no. De ninguna manera. Si me trajeron hasta acá, háganse cargo. Yo voy a vivir.” Y se dedicó con furia y obsesión a vivir rapiñando cuanta mísera molécula de alimento andaba por allí. Era una simple cuestión de vampirismo: chupar para vivir en la oscuridad de esa incubadora rebelde y expulsiva que siempre amenazaba con un sacudón que, inevitablemente y pese a toda su perseverancia dejaría al huevo cigota fuera de juego, es decir, le rompería el cascarón y esta historia entonces se terminaría acá.

Querida incubadora a la que deberé llamar, de acá en más, madre: Cumplo en comunicarte que, pese a tu negativa a alimentarme, he tomado la primera y firme resolución de mi existencia: voy a vivir. Dado que la vida es una pulsión que se abre paso donde sea, me comeré lo poco que te vaya quedando de reserva. Esta es una pelea a muerte: o vos o yo… cuento con aliados allá afuera. Así que, ya lo sabés, sólo te aviso: preparáte. Con cariño. El huevo cigota.

miércoles, 8 de agosto de 2007

El huevo cigota. Entrega 2

Intermezzo acerca de los nombres y sus curiosidades

Llamarse Lujancita es una cosa muy distinta a que te llamen Marilú. Es como ir de la Iglesia del Pilar a un burdel de Constitución. Lujancita es la virgencita patrona de la patria, la del manto celeste y blanco, la de los ejércitos victoriosos. Lujancita. Vamos a ver a la Virgen de Luján en procesión, de rodillas y le pedimos, pecadores, por nuestra patria. Y de repente la aspirante a monja de clausura en cuestión empieza a ser llamada Marilú, mezcla de bataclana y cabaretera con olor a perfume barato. Curioso caso, ¿no? ¿Lujancita siempre había sido Marilú y sólo disimulaba su condición burderil? ¿O quizá ante la imposibilidad de ser otra que Lujancita asumió su Marilú como un disfraz de ocasión? Los hechos de esta historia demostrarán cuál de los dos nombres fue impostura. (Aclaro para los recién llegados a esta historia- Bienvenidos… la madre que no tengo se llamaba María Luján)

¿Qué importancia tiene comer?

No come. Y así como está de delgada no va a poder sobrellevar el embarazo. Claro, pero ¿qué hacemos? ¿Lo llamaste? Al fin y al cabo es el padre. Sí, lo llamé. Tres veces lo llamé. ¿Y? ¿Y qué? ¿Qué te dijo? Que lo dejemos de molestar. Que ni piensa volver. ¿Así exactamente te lo dijo? No, así exactamente no… me dijo que lo dejemos de joder, que ni en pedo vuelve con esta loca. Así me lo dijo exactamente. Ni una palabra más ni una menos.

Lujancita: Perla
Perla Preciosa:
¿Qué querés, Lujancita?
Lujancita:
¿Llamó Jorge?
Perla Preciosa:
No.
Lujancita:
Vos me mentís.
Perla Preciosa:
¿Y por qué te voy a mentir?
Lujancita:
Porque no querés que yo hable con él.
Perla Preciosa:
No hay cosa que quiera más en el mundo.
Lujancita:
Si Jorge no llama, yo no voy a comer.
Perla Preciosa:
Vos tenés que comer porque el bebé debe alimentarse.
Lujancita:
Me importa tres carajos el bebé.
Perla Preciosa:
Lujancita, es tu hijo…
Lujancita:
Hijo de una gran mierda.
Perla Preciosa:
Es una criatura. ¿No querés tener a tu bebito? Vas a ver qué lindo es…
Lujancita:
Conseguíme una abortera.
Perla Preciosa:
¿Una qué?
Lujancita:
¿Sos tarada vos? Alguien que me saque esta basura que ese hijo de puta me dejó en la panza. No quiero estar preñada de ese guacho que se fue con ésa y me dejó así.

martes, 7 de agosto de 2007

El huevo cigota*. Entrega 1

Para mis hermanos Mariano y Pablo, habitantes del mismo cuento


Donde el huevo hace su entrada triunfal y se presenta a continuación

Yo nací de un huevo. Antes de la gallina, obviamente. O, mejor aún, nací del dolor de cabeza que le sobrevino a mi padre después de que se almorzara a mi madre con el burdo pretexto de no sé bien qué problema sucesorio. La cuestión es que yo, para decirlo liso y llano, nunca tuve madre. Y la verdad es que el asunto me chupa un reverendo huevo, pero no el que me dio a luz. A decir verdad, no soy huérfana de madre. No, claro que no, mi madre sigue vivita y coleando y nos va a enterrar a todos nosotros, uno por uno. Pero fue como si no la hubiera tenido más que para joderme la existencia desde muy temprano. Casi, casi desde que era un huevo, yo era un huevo. Eso del huevo cigota, ¿comprenden? Pues bien, mi padre era como si fuera Zeus, bah, como si lo fuera para mí… y sólo falta que les diga que yo era Palas Atenea y estamos todos fregados. No, si mi padre hubiera sido Zeus habría previsto el Hades en que se metía y, de paso, ya que estaba, me metía a mí también. Por esas cosas de la vida que hacen los padres cuando se les da por regalar a la vida un hijo. Tamaña inconciencia no podría imaginarse jamás. Si se estaba tan bien sin niños…, ¿para qué embromarse la vida, en primer lugar, a uno mismo y, más luego y a renglón seguido, a la pobre criatura que se ve expulsada a una existencia que jamás ha pedido y a la que, muy a su pesar, no puede renunciar? Como un cumpleaños sorpresa, digamos: todos a oscuras, se enciende la luz y hay treinta tipos a los que mirás y no sabés ni quiénes son. En definitiva eso es la vida: una familia que, más que de fiesta, parece de túnel de terror y a vivir se ha dicho porque ni se te ocurre que lo mejor sería hacer mutis por el foro y evitarte tanto dolor que ya se preanuncia en el programa cuando te comunican que el actor protagónico que ha puesto la mitad del huevo, se mandó a mudar y la primera actriz eligió morir de inanición antes que poner su nombre en semejante bodrio. Decí que siempre hay algún alma caritativa para acogerte. En mi caso, mi alma caritativa se llamó Perla Preciosa. En serio. ¡Claro que era una comedia! ¿O acaso a alguien en sus cabales se le puede ocurrir que esta vida que está a punto de abrir el telón podría ser una tragedia? Nadie se toma en serio una tragedia. Es imposible que a un tipo, a un pobre tipo, el destino lo joda de tal manera que siembre a su paso los cadáveres de toda su parentela y encima haya locos por todas partes que gritan sin cesar. Eso no me lo creo ni yo… y eso que de locos y moribundos me la sé larga. Y tendida, agregaría si mi madre no dijera a mi vera que soy lo que siempre he sido: una hija con la que ya no sabe qué hacer. Ah, cierto que yo no tuve madre. Pero sí que la tuve. Verán.



* A pedido de mi hermanito Pablo comienza la escritura por entregas de mi autobiografía, género que, como todos sabemos, no es otra cosa que pura ficción.

lunes, 6 de agosto de 2007

Cuentos para Maïa 8. El hombre de las noticias



Radamés Raúl Ramírez era un hombre muy informado. Nadie como él sabía con tanta exactitud lo que sucedía en el mundo. Como entraba a trabajar a las ocho de la mañana, se levantaba a las cinco. Era de noche mientras se duchaba, lo seguía siendo mientras calentaba el agua para hacerse un café y tomaba un jugo de naranja de pie junto a la heladera. Cuando tostaba el pan continuaban viéndose las estrellas brillantes en el cielo y allí estaban cuando lo untaba con manteca y dulce. A las cinco y media el diariero le tiraba todos los periódicos debajo de la puerta de su departamento. Necesario es decir que Radamés Raúl Ramírez le había hablado claramente: ni un segundo antes porque la sola visión de las noticias con olor a tinta fresca le impediría higienizarse y alimentarse y ni un minuto después porque la ansiedad lo haría salir en pantuflas de la casa para buscar las publicaciones. Así que el vendedor, cronómetro en mano, tiraba uno por uno los periódicos mientras Radamés Raúl Ramírez esperaba como una fiera enjaulada delante de la puerta.
Entonces los levantaba, encendía la luz del comedor y lapicera en mano iba leyendo sección por sección. Primero, las noticias nacionales en uno y otro diario. “Mirá vos”, se decía, “éstos no han puesto tal noticia.” O “Aquí falta esta otra” o “¡Qué comentario tan interesante agregan en esta! ”. Luego pasaba a las internacionales y allí el festín era mayor porque, generalmente, salvo catástrofe o desbande cada diario resaltaba lo que le venía en ganas. Las noticias de economía le consumían un poco más de tiempo; porque, para esas cosas, Radamés Raúl Ramírez se consideraba un poco lento. Consultaba las informaciones de las Bolsas y los pronósticos y las divergencias en las opiniones lo dejaban pensando por un rato. Cuando lograba reponerse, leía las notas de espectáculos que lo divertían e imaginaba actividades para proponerle a Roxana Rosa Rodríguez, su novia, cuando la llamara, como todos los días, a las dieciséis horas. “Ella sí que tiene suerte.”, pensaba, “Tener un novio tan bien informado”.
Las policiales lo entusiasmaban y seguía con atención todos los casos cuyos datos anotaba prolijamente en un cuadro. Se daba cuenta de que los periodistas se confundían y pasaban detalles no triviales por alto, lo cual lo llenaba de un furor ciego. Después leía los deportes, la cultura, las notas de opinión y las cartas de lectores. En estas últimas se detenía un buen rato ansioso siempre por encontrar una de las mil cartas que enviaba diariamente por correo electrónico. Pero jamás se las publicaban. Finalmente leía el pronóstico meteorológico y los horóscopos y el dilema se desataba: ¿Qué hacer? ¿Salir con paraguas o con bronceador? ¿Ponerse un abrigo o una camisa de algodón liviana? ¿Cuidarse de las caídas o de las traiciones? ¿Bendecir al amor entrante o proteger al que ya se tenía? ¿Jugarle al veintiocho o al treinta y cinco? Resolver estas cuestiones le llevaba más de treinta minutos y generalmente salía preparado para todo.
Cuando se subía al auto encendía la radio, no fuera a ser que sucediera algo de camino a la oficina y él no lo supiera. Giraba el sintonizador para no perderse ninguna estación. A veces las novedades se le mezclaban un poco porque las compulsivas vueltas del dial lo llevaban a componer una noticia con la mitad de la otra. Esto hizo que un día entrara en la oficina y dijera que el Presidente de la Nación había inundado los barrios bajos con vientos de hasta 120 km/ph. Ya en la oficina prendía la computadora y se conectaba con todas las ediciones digitales para ir conociendo las novedades minuto a minuto. A la hora del almuerzo concurría a la cantina de la empresa. Siempre se sentaba cerca del televisor que estaba sintonizado–por pedido suyo- en un canal de noticias.
A las cuatro se encontraba en la confitería con Roxana Rosa. Para ello había preparado unas preguntas y con un grabador en mano entrevistaba a su novia. Que cómo estaba, que qué tal había sido su día de trabajo, que cómo andaba la familia y la salud de la madre y otras por el estilo. A veces iban al cine, durante la filmación él le susurraba todas las críticas leídas. Después del primer tercio de la proyección, la muchacha sentía unos irrefrenables deseos de ir al baño y no regresaba hasta que finalizaba el film. “Debería hacerse ver con un nefrólogo por esa manía de orinar tanto tiempo”, pensaba Radamés. Si cenaban, él repetía las evaluaciones de todos los restaurantes de la ciudad que salían en las revistas; si iban a ver un juego, él conocía la perfomance de los equipos participantes y los pronósticos de resultado.
Radamés Raúl Ramírez estaba contento. No había nada más bueno que ser una persona informada. Todos lo miraban con admiración. Roxana Rosa Rodríguez estaba orgullosa de él. Por eso no quería que sus amigas lo conocieran. Tenía miedo de que se lo quitaran. Tampoco quería que lo conocieran sus padres. Era justo, su nivel de información apabullaba a cualquiera.
Y esa mañana fue igual a todas. La ducha, el desayuno y la lectura de los periódicos. Ni siquiera se sorprendió cuando las cartas de lectores de todos los diarios aparecieron firmadas por una tal RRR que decía que estar informado en exceso era tan nocivo como vivir en una burbuja. “Una ignorante”, suspiró Radamés Raúl Ramírez, “Y a esta gente le dan espacio, mientras yo espero que me publiquen una miserable palabrita...”
A las cuatro de la tarde esperó a su novia. Recién cuando la noche lo alcanzó solo en la confitería, Radamés Raúl Ramírez comprendió que Roxana Rosa nunca más llegaría. Así que pasó por el kiosco y se compró todas las revistas de la semana que, por suerte, habían adelantado un día su aparición y fue a encontrase con la felicidad

sábado, 4 de agosto de 2007

Los sapos de la infancia


Hay tantas, tantísimas cosas que desearía ser y otras tantas que desearía haber sido. Cuando pienso que lo que constituye una esperanza tiene la misma entidad que lo que es mi desasosiego, me miro y veo los límites exiguos del deseo. Y lo que se ambiciona son como puntos ciegos donde todo cesa. No se puede, decimos; no se quiere, corregimos y entronizamos el desear como una fuerza arrasadora que acaba hasta con la realidad. No es cierto que puedo todo lo que quiero. No puedo porque, a veces, el afuera ofrece vallas, cercos, montañas imposibles, de bordear, remontar o traspasar. No puedo porque, otras, el adentro, lo que soy aquí y ahora, se acongoja, se anula y desenrosca su propio monstruo interior. Y el deseo, sin tierra ni alma fértiles, se nubla y muere. A veces soy una oscuridad extendida como melaza en el tiempo. Pablo se pregunta por qué elige las palabras, no como un niño maravillado sino como un adulto atormentado... ¿Por qué habré puesto melaza? ¿Qué es la melaza? ¿Por qué yo, que siempre aborrecí el café con leche, me he vuelto, en este último mes, una bebedora compulsiva de capuccino instantáneo y no me atrevo a pedirlo en un bar por temor a que sepa más a leche que a chocolate? ¿Por qué creo en la disciplina y el ejercicio de la voluntad contra todo impulso hedonista y no me digo, de una buena vez, que el orden y el esfuerzo son los frenos de mi desbordado corazón? Mientras todos gritan y lloran, yo me quedo callada y miro asustada dónde está la puerta para huir. Y resulta que mi madre le había puesto candado y tengo que escapar por una ventana entreabierta que siempre da a una cornisa. Después pierdo el rumbo y me quedo chiquita con una muñeca de trapo a la que todas las veces le falta una pierna y con otra pelirroja, regalo venido de otras manos y que se llama Dorotea porque los dioses nunca vivieron junto a mí. No termino de ponerle palabras a mi infancia y relleno el sitio con edredones de plumas para que no me chupe y me haga desaparecer en otro pozo, definitivo, y yo no esté más. Tengo memoria del silencio y la soledad y una torta con dos velitas de espaldas a un rancho en San Juan sin mi mamá. Allí debí haber empezado a inventar. Después mi propia boca se tragó ese y miles de sapos más. Pero los primeros han crecido tanto que tapan el croar de las lagunas donde las últimas penas no tienen ni lugar para llorar.

viernes, 3 de agosto de 2007

Mi dragón



Los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos aseguren
que los dragones existen, sino porque nos juran que los
dragones pueden ser vencidos

G. K. Chesterton


Rojo,
de escamas que viran levamente al violeta o al naranja según sea el momento del día,
con unas fauces grandes de bordes ensombrecidos hasta el púrpura violento,
en los flancos unas alas que desplegadas podrían oscurecer el sol y trastocar la noche,
unos ojos incandescentes como un lago de brasas profusas y ardorosas.
Es mi dragón,
el propio,
el que duerme a mi lado y me resopla en el oído con su respiración huracanada,
el que se sienta en mi garganta y la oprime casi hasta el ahogo,
el que aúlla en la soledad de mi cuarto,
el que me empuja casi hasta el borde de infinitos abismos,
el que me pisa con su garra de hielo.
Es mío,
nació conmigo,
estuvo en mi cuna de sábanas rosadas,
bebió la leche que me dieron,
fue a la escuela y se sentó en mi banco,
me susurró desastres y tormentas en cada minuto de mi vida,
me arrojó en brazos de hombres impensables,
me propinó más de un par de soberbias palizas,
me exprimió el alma hasta verla vacía y sangrante,
me sorbió el cuerpo hasta dejarlo huesos...
Y ahora,
mientras escribo las líneas que lo conmemoran,
duerme a mis pies porque está viejo.
Me toca a mí,
que fui siempre su víctima,
cuidar que esté abrigado
-a su edad una mísera gripe podría fulminarlo y no quiero-.
Me toca a mí prepararle una taza de té
y contarle historias para que no se aburra.
Sus escamas están pálidas a la luz de la estufa
y teme al caballero que nació para defenderme,
a cuyos brazos -si hubiera sido joven- no me habría dejado acercarme.
No he podido vencerlo, es cierto,
pero ya hemos intimado y sabemos las mañas que pueden endulzarnos.
Él ya no grita tanto
y se lo nota inquieto,
como si deseara que la hora le llegue y lo angustiara semejante demora.
Yo intento que no sufra:
le debo la fortaleza que crié para resistirlo.
Somos viejos amigos,
de ésos que continúan juntos hasta el final.
Él no pudo conmigo porque se acostumbró a mis guisos.
Como a todos,
lo perdieron el estómago y ese don que poseo para andar entre ollas.
Lo que él no sabe -jamás se lo diría-
es que, a escondidas, me recibí de bruja.

jueves, 2 de agosto de 2007

Hay que vivir

a Cecilia

Esto es medianamente así:
Hay que vivir.
No se trata de quedar de pie, bajo la lluvia y sin paraguas.
Hay que vivir:
mostrar las garras, apretar las mandíbulas, rechinar bien los dientes y embestir con fuerza.
Es cierto que a otros les toca más suave y más sencillo.
Pero nosotros no somos jamás los otros.
Somos quienes nos hicimos, absolutos responsables de nuestro devenir.
Y a vos,
ahora a vos,
te sucede esta mala vuelta de la vida,
esta cosa que no te debería estar pasando, pero pasa.
Y yo,
desde mi otro lado y mi otra circunstancia,
hago lo único que puedo:
abrazarte.
Porque el abrazo es lo que más cercano que conozco a sentir tu dolor, a quitarte la angustia, a enjugarte las lágrimas.
Y cuando todo pase -porque va a pasar-,
cuando seamos viejitas y estemos en algún Registro Civil viendo cómo se casan tus hijas,
será todo doblemente importante.
Nada es más fuerte que la vida
-ni siquiera la crueldad de tu cuerpo-.
Hay que vivir:
con garras,
con uñas,
con dientes,
con abrazos.
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