viernes, 29 de junio de 2007

El dibujante


a Teodoro Miciano

Cuando estuve en Andalucía, comprendí de qué hablaba mi abuela Carmen cuando se acallaban sus dolores. Nunca vi cielos más azules ni calles tan bellas ni naranjos tan cargados y sentí otra vez su nostalgia como una piedra pegada en el fondo de la garganta. Mi abuela era de Jerez de la Frontera y sólo con los años pude comprender el complemento indirecto que se pegaba al nombre de aquel vino entre seco y dulce que ella tanto añoraba. De la Frontera... allí donde moros y cristianos habían trazado una línea móvil que iba y venía como la espuma en la arena.
Su padre se llamaba Manuel y tenía unos ojos negros que bien hubieran podido ser musulmanes o sefardíes como me gustaba pensarlos. Había sido nombrado alcalde de esa tierra de corceles perfectos por el rey don Alfonso XIII y era monárquico hasta la médula. Tenía cinco hijos (mi abuela era la primera mujer y la segunda en orden de aparición) a los que había educado en la idea de que la sangre y la cuna nos distinguen a unos de los otros y que a la Iglesia se va a comulgar todos los domingos. De mi bisabuela sé poco: tan sólo lo que dice una viejísima partida de nacimiento de mi abuela que obra en mi poder. Se llamaba María del Carmen Becerra y Govantes , hija de don Juan Pedro , natural de Osuna, y de doña Luciana, de Sevilla.
Mi bisabuelo monárquico no llegó a ver la República ni la Guerra, pero sus hijos sí. Mi tío abuelo Manuel, el mayor, fue fiel a la doctrina paterna y acompañó el levantamiento alistándose en las filas del Generalísimo y escalando puestos hasta alcanzar encumbradas posiciones. Mi abuela hacía rato que había emigrado a América y era madre. Mi tío menor, Teodoro, era dibujante y tenía treinta y tres años. Me lo imagino menudo y con rizos renegridos, volcado sobre los papeles y las acuarelas en las calurosas noches de Jerez entintando sus sueños con un fondo cristalino de guitarras mientras su hermano, corpulento y severo, rezaba por Franco, la patria y una tradición española de martirio y devociones evangélicas. La guerra los encontró en trincheras opuestas: uno, al mando de tropas; otro, coloreando afiches, pancartas y letreros y defendiendo Madrid al grito de "No pasarán".
No pasarán, pero pasaron y Teodoro fue a parar al penal de Ocaña, delgado, atormentado y condenado a muerte por fusilamiento mientras su hermano Manuel ascendía hasta acumular el poder necesario como para conseguir el perdón para su hermano sin despertar sospechas. "¡Qué generoso es Manuel!", decía mi abuela y escupía a un lado maldiciendo entre dientes. El mayor le había salvado la vida al menor, claro que sí. Pero salvándole la vida, lo había endeudado con él para siempre en una cuenta que Teodoro jamás podría saldar. Y para conservarle el cuerpo le había robado el alma. Condenado a pintar reveses de naipes, uno de los mejores dibujantes de España se fue muriendo de trsiteza y de hambre. No pudo nunca salir de España, perdió todos sus bienes y nunca recibió las cartas que semana a semana mi abuela le enviaba. Estaba vivo, pero peor que muerto. "¡Qué generoso es Manuel!", decía mi abuela y escupía a un lado maldiciendo entre dientes. "¿España? ¿Qué España?", agregaba luego, "No existe España ya. No existe".

Mis padres eran comunistas

En mi casa había una fiesta extra por año que celebrábamos sólo nosotros. En mi casa había fiesta el 7 de noviembre: era el cumpleaños de la abuelita URSSula. Así decía mi mamá y cortaba una torta siempre roja, con un martillo y una hoz de cartulina amarilla y repartía juguetes que, aseguraba, venían directamente de la Unión Soviética. Comíamos bizcochuelo colorado, apagábamos las velitas que correspondían al número de cumpleaños de la revolución, mi mamá nos contaba historias de obreros que morían peleando por la libertad y la justicia y después cantábamos aquello de “Arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan”. Aquél era un mundo dulce donde la clase obrera era siempre sabia y buena y las ideas trazaban líneas claras que nos calmaban a todos porque sabíamos de qué lado estar. A mi casa venía un señor de cabeza blanca a entregar unos periódicos que mis padres leían y escondían para después pasárselos a otros. Nosotros le decíamos el abuelito Milkibar porque, con los diarios siempre, nos traía un chocolatín blanco a cada uno. A mis hermanos y a mí nos encantaban el abuelito Milkibar y otro camarada que nos hacía trucos y nos sacaba monedas de atrás de las orejas. Una vez mi mamá estuvo presa en la cárcel del Buen Pastor porque le había pegado a un policía en una manifestación en contra de la guerra de Vietnam, pero eso no se podía decir. Ella nos enseñaba quiénes eran Ángela Davis, Patricio Lubumba, Camilo Cienfuegos, Sacco y Vanzetti y escuchaba Joan Báez una y otra vez. En mi casa se cantaban canciones de la Guerra Civil Española y mis padres contaban historias de milicianos y voluntarios internacionales. Mi papá decía que los falangistas habían ganado por no sé qué asunto que él llamaba neutralidad. Yo no entendía muy bien de qué se trataba, pero lo resumía así: la gente buena de todo el mundo había juntado muchas cosas para los republicanos y para poder dárselas había que atravesar otros territorios, pero esos países, que venían a ser la gente mala –los gobiernos, decía mi madre, porque los pueblos siempre son buenos-, no los habían dejado pasar para no favorecer a ninguna parte. Yo pensaba, entonces, su acción que había benefciado a los malos y no entendía cómo, después en la guerra contra Hitler, se había puesto repentinamente del lado de los justos. Después me acordaba de que los pueblos son siempre buenos y el mundo volvía a funcionar. También pensaba en el Ejército Rojo peleando heroicamente entre la nieve para echar a los nazis que siempre, siempre habían sido los más malos de todos y me imaginaba a mí misma en las trincheras de Madrid o en Leningrado muriendo por la Revolución. En mi casa siempre había un cuartito escondido o un sótano donde había libros que nadie podía ver, venía gente a reunirse hasta altas horas y de repente dormían con nosotros personas que nunca habíamos visto. Pero todos eran bondadosos y simpáticos y los llamábamos tíos. Mi mamá tenía una foto de un pelado que se llamaba Lenin y otra de un barbudo que se llamaba Marx. A mí me caían bien esos dos porque tenían cara de gente buena. Visto a la distancia, la vida era perfecta: en boca de mi madre, el marxismo leninismo era un dogma que aclaraba los tantos y ordenaba el mundo. Sabíamos quiénes eran los buenos siempre; quiénes, los malos; que tarde o temprano los primeros iban a derrotar a los segundos y la vida iba a ser perfecta. De cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad, era una máxima maravillosa. Después se cayó el muro y mis padres rompieron su carnet; pero, para ellos, los obreros siguieron siendo buenos; los pueblos, mejores que sus gobernantes y la revolución, la única meta de verdad. A veces añoro su fe, su idealismo y su capacidad de partir así las aguas para moverse tranquilamente en la complejidad de un mundo que nunca fue lo que ellos quisieran que fuera.

Fernando Pessoa ya tiene DNI

Había perdido mi Documento Nacional de Identidad y tenía un contacto que me permitía hacerlo en un día. Entrás, te sentás y salís tu DNI en la mano. Mirá vos... ¿en Argentina, che? De 9 a 12 en esta dirección. Hace mucho frío, sensación térmica dos grados. Hay un pibe con quipá que está desde las cinco porque dan diez números para los que llegan sin cartita. Los de pasaje, explica, los que viene con pasaje tienen diez números que dan a las ocho. Ah, entonces esto es, lisa y llanamente, una oficina para el que tiene la suerte de tener una carta, recomendación o cómo carajo se llame… los demás que se limiten a diez números cuando todavía es de noche. Una señorita policía en la puerta tiene una lista. Le digo mi nombre. Lo busca y me tilda. Ellos me estaban esperando como si esto fuera una recepción. Entro con el número sesenta en la mano. Hay un contador electrónico al que me dicen que, ahora, no le preste atención. Me doy cuenta de que no traje la partida de nacimiento. No importa, dice una chica, no te hace falta. Pero, ¿acá no debo acreditar mi identidad…? ¿Entonces? ¿Y el número y el contador? Con el número nos hacen pasar de diez en diez y me llama un gordito que está en una PC. Me busca por segunda vez en la lista y me dice que me siente donde estaba sentada hace cuatro minutos. Ya no puedo: otro se sentó en mi lugar. Al rato el sesenta aparece en el contador electrónico y otro policía me hace pasar a un pasillo. Espere acá, me dice y veo adelante una fila de cuatro computadoras. Las empleadas agitan la mano cuando se desocupan al grito de “por acá” y la gente va pasando. Espero y una jovencita anteojuda me llama agitando la mano. Paso, me siento y extiendo el DNI que conservo de mis 16 años. Ni lo mira. ¿Nombre? Podría haberle dicho Juana Azurduy o María Antonieta de Borbón… ella siempre confió en mí. Confió para mi fecha de cumpleaños (¿Por qué no habré aprovechado para sacarme unos años?), para mi domicilio (Principado de Mónaco), mi profesión (Física cuántica con especialización en agujeros negros) y mi estado civil. Jamás me pidió nada y si le hubiera dicho que en mi ropero se apilaban cincuenta cadáveres fresquitos lo habría anotado con la misma displicencia. Lo único que me dijo al mirarme por primera vez fue “en esa computadora pague y después le dicen qué hacer”. Le pago a una señorita que me dice que le dé parte de mi pago a la señora anterior porque no tenía vuelto. Otra cola. Un pelado nos da unos papeles con los datos que le di a la anteojuda. Otra señora agita la mano y allá voy. Me enchastra los dedos para las huellas y me dice “¿Profesora? Tengo una vecina que no ve la hora de jubilarse.” (Qué imbécil soy, me hubiera agregado unos años con la anteojuda y hubiera podido disfrutar de una jubilación temprana, pienso) ¿De Parque…? Chas, le digo antes de que pregunte. Ah, donde pasó ese tiroteo. No, eso fue en Barrio Parque. Me hace firmar. ¿Y ahora? Vuelva en tres horas y ya lo tiene. Traiga otra foto. Conclusión: Yo podría ser cualquiera: nadie me pidió un papel que certificara nada y ya tengo un DNI que me acredita sólo porque tengo mi esquizofrenia bien controlada. Me gustaría haber sido Pessoa y haber ido en pleno ejercicio de todos mis heterónimos. Seguramente habría salido con un DNI para cada uno de ellos.

Justicia

Piélagos donde planean gaviotas de extensas alas blancas.
Algunos caracoles desmenuzados sobre la arena.
Caparazones rosados de cangrejos muertos.
Huellas que mueren en la espuma que va y viene.
Algunos baldes de plástico rojo olvidados entre las dunas.
Y el sol cayendo como la esencia de la justicia en el cenit de su propio furor.

miércoles, 27 de junio de 2007

Anécdota escolar XVII: Ni olvido ni perdón

Profesora: (Blandiendo los dos comentarios literarios del poema de Miguel Hernández delante de los alumnos) Y ahora me van a explicar cómo es posible que, sentados uno en una punta del aula y otro en la otra, hayan escrito dos textos exactamente iguales, con los mismos errores y las mismas palabras... tanto que puedo seguir en uno la lectura del otro.
Alumno 1: (Mirando al alumno 2) Es que yo me lo aprendí de memoria.
Profesora: (Incrédula) ¿Te aprendiste un texto de cincuenta y cuatro renglones de memoria?
Alumno 1: Sí.
Alumno 2: Yo también.
Profesora: Y voy a suponer que lo prepararon juntos...
Alumnos 1 y 2: (A coro y mirándose) Sí, claro.
Profesora: Y si les tocaba cualquiera de los otros tres poemas, ¿también se sabían cincuenta y cuatro renglones de memoria para cada texto?
Alumno 1: No, los otros no los sabía.
Alumno 2: Yo tampoco.
Profesora: (Con sorna y tratando de dominar su ira) ¡Qué suerte que tuvieron! Justo les tocó el único que sabían.
Alumno 2: Y... con los otros nos habríamos sacado un uno...
Profesora: Bueno, ya que tienen tan buena memoria quiero oír ahora mismo el recitado de esta prueba.
Alumnos 1 y 2: (Se miran)...
Profesora: Si la semana pasada sabían esto tan de memoria que los dos comentarios están idénticos, ahora quiero oírlo. Recítenlo.
Alumnos 1 y 2: ...
Profesora: ¿Y?
Alumno 1: Es que usted no sabe los problemas que yo tengo para recordar las cosas de una semana a otra. Si no me cree, pregúntele a mi mamá.

martes, 26 de junio de 2007

A aquéllos

Pido perdón a todos aquéllos con los que he sido injusta hasta el dolor,
a los que entristecí con mi tristeza,
a los que no quise oír,
a los que no anhelé entender,
a todos aquéllos en cuyo lugar no supe ponerme,
a los que maltraté,
a los que enloquecí con mi locura,
a los que amé y mi amor les empeoró la vida,
a los que nunca quise perdonar,
a aquéllos a los que acusé de todos mis fracasos.
Pido perdón por mi crueldad,
por mi soberbia,
por mi egoísmo,
por mi ceguera,
por mi inflexible rigidez.
Pido perdón por cada vez que dije todo,
que dejé a los otros sin palabras,
que no esperé,
que no tuve paciencia,
que lastimé sabiéndolo o sin saberlo,
que engañé.
Sepan que todo me ha conducido a este lago de nada en el que sufre mi corazón cansado.
Sepan que asumo lo que me cabe con responsabilidad y
que deseo restañar las heridas,
curar las cicatrices
y ser austeramente mejor.

Quipu

Soguitas.
Hilitos.
Cintitas.
Una de cada color.
Verdes.
Violetas.
Rosadas.
Celestes.
Amarillas.
Para cada cosa.
Un nudito por cada caricia.
Otro por cada mentira.
Uno por cada lágrima.
Otro por cada golpe.
Uno por cada calor en medio del pecho.
Otro por cada angustia en la garganta.
Uno por cada error.
Otro por cada disculpa.
Muchos por cada libro.
Muchos por cada palabra.
Muchos por vos.
Muchos por mí.
Muchos por todos los que están y estuvieron sosteniendo.
Muchos por mi papá y mi mamá, pese a todo.
Muchos por mis hermanos.
Muchos por mi hijo.
Muchos por mis alumnos.
Soguitas.
Hilitos.
Cintitas.
Y en medio una vida que late.

lunes, 25 de junio de 2007

Quietud

El agua está quieta.
Debajo de su superficie inmóvil unos peces anaranjados se mueven trazando líneas de color.
Afuera todo aguarda: la luna, los hombres, la lluvia.
Sólo los peces que van y vienen,
que cruzan las aguas estáticas
-sin que nadie los note-.
Tan sólo unas algas azules que rozan apenas sus colas y después, en soledad, rememoran ese imperceptible vaivén.

viernes, 22 de junio de 2007

Mariposas azules

Aletean.
Diminutas mariposas azules.
Alas con tacto.
Satinadas y suaves.
Detenidas en un batir imperceptible.
Corolas añiles flotando en el aire.
Sobre la brisa que sopla ahora.
Y yo que callo.
Impávida.
Mirándolas.
Tanto tiempo ha pasado.
Y tan poco.
Apenas el aletear de una mariposa pequeña.
Azul.
Demasiado azul.

Caleidoscopio


Mi corazón ha comenzado a estar tranquilo. Después aprenderá a ser sabio y alguna vez podrá ser feliz. Hay hilos rojos que nos tocan a todos, pero el caledioscopio muestra diferentes figuras para cada cual. Yo no soy mi madre. Vos no sos yo. El pasado, los años que se fueron son piedras que están ahí: sólo el tiempo las volverá arena. Uno las mira y piensa: con una piedra se levanta un muro o se hace una escultura o se sostiene un libro que se vuelca o se lastima un cuerpo o se sepulta un muerto. O cada cual con los propios espejos las coloca en su caleidoscopio para que sean las figuras que uno puede siempre desarmar. Decir que hice lo que pude no es una excusa es aceptar que soy quien soy y que no logro armar otras figuras porque esas son las piedras que me tocaron y conseguí. Y el caleidoscopio tiene la fantástica posibilidad de cambiar: siempre las mismas piedras siempre otra combinación.

miércoles, 20 de junio de 2007

París

La casa de Verlaine donde tomé sopa de cebollas y pan tostado una noche de febrero.
Le Jardin des Plantes que bordeé regresando por la rue des Gobelines y conversé con una anciana que paseaba uno de los tantos perros de París.
La dorada luminosidad de La Bastille en una rara tarde soleada de primavera mientras un joven africano tocaba unas tumbadoras sobre las escalinatas de L’Opera y sonreía con la blanca dentadura de los nuevos colonizados.
Los mercados de domingo en verano rebosantes de moras y frambuesas y mis dedos enrojecidos de tanto comer.
La tristeza del Sena, gris, melancólico y ornado por sus puentes que van y vienen como un viejo festón.
La librería “Shakespeare & Co” con su luz amarilla, sus sillones y sus libros desbordando anaqueles hacia la calle.
La humedad de las escalinatas del Sacre Coeur y un violoncello tocando Bach por unos euros.
Los comercios de Montmartre donde se come con los ojos  y se digiere con el olfato.
La casa de enfrente, nunca tan íntima, con un hombre de camisa azul bebiendo vino a la luz de una lámpara verde.
El sol contra la fastuosidad efímera del Mausoleo de Napoleón que todo lo quiso, todo lo tuvo y todo lo perdió.
Las callecitas sinuosas de Père Lachaise y sus estatuas cubiertas de óxido verdoso donde vagué entre muertos que no sentía míos hasta hallar la tumba de Marcel Proust a quien lloré como a mi padre.
Saint-Denis donde los reyes que hicieron la historia desde Carlomagno hasta la Comuna de París yacen acostados con sus pies de marmol descubiertos y sus cenizas bajo tierra.
El cielo, que se abrió durísimo de tan azul, en el patio medieval de la Abadía de Cluny donde minutos antes había soñado con intactos peinecitos de madera y marfil.
La nostalgia infinita de un domingo ventoso en las fuentes redondas de Les Tulieries mientras los escasos niños parisinos navegaban anacrónicas barcarolas de madera y dos ancianas bebían té en las confiterías del parque bajo una despojada glorieta con sus perros durmiendo sobre un colchón de acumuladas hojas invernales.
La Gare de Lyon de donde salieron y adonde llegaron tantos trenes incluido el mío que me traía del perfumado sur. 
La Dame et la licorne, allá arriba del Museé du Moyen Age, esperándome cada vez en una epifanía hecha de tapices en sombra para decirme "A mon seul désir".
La rue Mouftarde,  en el cinquième quartier, con sus diminutos restaurants griegos, paquistaníes, bolivianos en los que no se puede entrar sin pisar a alguien.
Esa baguette de pollo al escabeche que comí al cruzar el Boulevard Saint-Germain y el posterior helado de
Berthillon.
La Torre Eiffel desde la que la ciudad parece envuelta en una gasa a punto de volar.
La inefable magnitud de Le Louvre con sus tesoros robados de reinos ignotos en barcos zarpados, seguramente, entre el silencio y la medianoche.
Le Marais en cuyos recovecos creí haber visto a Molière. 
Los barcitos infinitos donde bebimos con amigos en la noche colorida de algún julio en que nos volvíamos a encontrar.
La brillantez espejante y colorida de Van Gogh en la primera tarde en el Musée d’Orsay y el hallazgo de “La lectora” de Renoir después de haber bebido un vaso de agua fría en la barroca confitería del museo decorada con pasteles verdes y rosados.
El laberinto aterrorizante del metro donde tantas veces creí perderme para salir, finalmente, a la luz temblorosa de la ciudad.
Los vitraux redondos de Notre Dame y sus bóvedas de piedra clara donde, entre gárgolas y recuerdos de lluvias, se deslizan personajes de Hugo.
Las vitrinas de zapatos de Place Vendôme donde recordé a Manette.
El hotel de la rue d'Amsterdam desde cuya ventana se veía una tintotería y una anticuada casa de sombreros.
La Gare d’Austerlitz que me llevaría hacia la tierra de mi padre y en la que pedí a alguien un mate para sentirme en una patria a la que ni siquiera había empezado a recordar.
Las calles, callecitas y pasajes donde la ciudad es un encaje insólito en el que todo se hace y se deshace bajo una garúa invernal y menuda.
Todo esto fue París más la memoria de tantas páginas que construían el recuerdo de una ciudad en que yo ya había estado antes de estar.

martes, 19 de junio de 2007

Anécdota escolar XVI. No logo

Pregunta: (En una evaluación) ¿Qué es un monólogo?
Respuesta: Un monólogo es un logo porque mono es uno.

Confetti

Grajeas de hielo que caen sobre la carne y la pican en una lluvia de confetti sangriento. Ya nadie tiene la primera máscara. Ésa cayó: una de cada rostro y ahora queda la segunda que caerá a su tiempo para que quede la tercera y así hasta que sólo reste carne viva. Siempre el dolor. Siempre el temor de la locura: la propia, la ajena, la deseada, la repulsiva. Siempre el discurso delirante y coherente en cada signo de su propio delirio. Pasan las fotos en una sucesión vertiginosa y explican una forma de construir otro relato. Pero no dejo de ser una conciencia narradora que une las piezas a partir de su propia lógica narrativa. Me tranquiliza pensar que hay otros textos que ligan los fragmentos con otra lógica y otras circunstancias. Cae el confetti y faltan ocho meses para que llegue el carnaval: esa fiesta de rostros que niegan lo que son. Después de la última taza de sopa bebida en la última cena, debo ir a dormir porque allí me esperan mis propias preguntas sin respuestas. En un hueco tibio de mi corazón -el más tibio- estás vos. Sólo haré lo que necesites y yo pueda hacer: no es mucho, ya lo sé; pero tiene el color carmesí del amor. Fue siempre así, pero una tarde precisamos estrellar los pedazos para ver cómo corre la sangre idéntica por debajo de la piel. Vos, yo y los confetti de hielo cayendo como cuchillos afilados contra la carne. Hay que escribir, siempre hay que escribir porque en estas letras corre una lógica que me serena porque sé que hay otras que me completan y no me dejan sola en el frío de este día de otoño: gris y triste como una buena mañana de junio que trae la nostalgia de una taza de sopa y los confetti cayendo para empezar a narrar.

lunes, 18 de junio de 2007

La tía Perla

Fue mi hada madrina, la que impidió que la psicosis de mi madre transformara mi infancia en un infierno. De las cuatro hermanas que sostuvieron una maternidad de la que ella no pudo hacerse cargo, la mayor, Perla, era mi preferida. Contaba cómo, cuando mi padre abandonó a mi madre a los tres meses de embarazo para irse con otra mujer, ella se la llevó a veces a su enorme casa de La Lucila. Mi madre se negó a comer y cuentan historias enredadas y confusas de ese período que, en nueve meses, nunca pesó más de 40 kilos. Mi tía la ponía del lado izquierdo de la cama y extendía la sábana sobre el derecho, después la pasaba sobre el lado liso y tendía el izquierdo. Cuando yo nací, el 23 de julio, se ocupó de llamar a mi padre, que regresó y no se fue nunca jamás. Mi tía iba a Misa de gallo para Navidad, era voluntaria en Alpi y tenía en su casa de Belgrano una araña con caireles de cristal que reflejaban la luz en miles de arco iris diferentes. Tenía ojos verdes, era delicada y correcta. En su casa había un lavarropas extrañisimo con carga frontal y una heladera que tenía una bola roja en la manija. Mi tía servía el té en unas tazas de blancas con platos negros . Cuando mis padres se fueron de viaje por primera vez y yo sólo tenía tres meses de edad, me dejaron con ella. Yo me enfermé con 40 grados de temperatura, ella se asustó mucho pero no dijo nada. En su placard de puertas corredizas había un tapado de piel y una caja de maderitas para armar construcciones . En su casa yo desayunaba en la cama y sólo comía papas fritas, omelette de queso y tostadas con manteca. Mi tía me dejaba ver toda la televisión que yo quería y sobre todo las películas de Sissi que mi madre me había prohibido en las que Romy Schneider era joven y llevaba unos trajes llenos de volados y bordados inverosímiles. Mi tía me daba para leer unas revistas de moda que se llamaban Claudia y me llevaba al cine a ver Romeo y Julieta con Margot Fontaine y Rudolf Nureyev. Me acuerdo de unas increibles zapatillas de danza azul cielo en algún momento de la película. A la salida me llevaba de la mano y enjugándome las lágrimas a tomar chocolate con churros a la confiteía en El Vesubio. Todo lo que mi madre tenía de impiadosa y exigente, mi tía lo tenía de cariñosa y permisiva. Se llamaba Preciosa -Perla Preciosa- y se esmeraba por hacer honor a su nombre. Usaba ropa de colores suaves, perfumes, unos aros de diminutas perlitas blancas y una cadena al cuello en la que la Virgen sonreía con sus brazos generosos y abiertos. Como mi tía.

sábado, 16 de junio de 2007

Anécdota escolar XV: Sor Juana y la sed de aprender

Profesora: (Enojada porque los alumnos no hacen nada) Y ahora vamos a trabajar con la Respuesta a Sor Filotea de Sor Juana. Y, como quiero creer que leyeron el texto, contestan las preguntas.
Alumno: (Desde el primer banco) ¿Puedo decir algo muy importante? Tiene que ver con Lengua.
Profesora: A ver...
Alumno: Pero tengo que pasar al frente...
Profesora: Dale
Alumno: (Pasa al frente y hace toda la mímica de la situación ante la mirada incrédula de la profesora) Resulta que ayer salimos de la escuela e íbamos por la calle: Juan Cruz, Eric, Ezequiel y yo. Juan Cruz y yo caminábamos adelante y los otros atrás. Y de repente en medio de la vereda había una torta de perro im-pre-sio-nan-te. Lo juro, era terrible. Juan Cruz la esquiva y dice: "¡Ole!" y seguimos caminando. Al rato oímos :"¡Uh!". Era Ezequiel. Muy cómico. Ole...Uh... ¡Muy cómico! Ole...Uh... (Se sienta en medio de las carcajadas del resto)

Mi hermano Pablo



















Fui la hermana mayor. Tenía seis cuando nació mi hermano menor que se iba a llamar Emiliano (por Zapata...mis dos hermanos tuvieron dos nombres debidamente justificados), pero como sonaba igual que el nombre del hijo anterior, mis padres decidieron agregarle otro y comenzó un debate familiar que derivó de Patricio a Santiago hasta que mi padre me llamó. Yo estaba en primer grado y me había enamorado perdidamente de un chico que escribía en el pizarrón con unas enormes letras de imprenta que la maestra se empeñaba infructuosamente en corregir. Se llamaba Pablo. No recuerdo su rostro, pero a él debe mi hermano su primer nombre.
Más que una presencia fraternal en mi vida, Pablo fue un poco mi hijo. Antológicos eran los lapsus de mi madre antes de que naciera mi propio hijo Pablo: cada dos por tres debía corregir su "Pablo, tu hijo" con mi "Es mi hermano, mamá". Al fin y al cabo, ella parece haber tenido un solo hijo, Mariano -esta vez por Moreno-, y ser feliz con ello. Alineé a Pablo con mis muñecas cada vez que jugué a la maestra con un pizarrón que mi padre me había pintado sobre una puerta y él me obedeció resignadamente dándome la oportunidad de que me ejercitara en la que sería la vocación que nutre mi corazón, lo llevé a una clase de danza cargándolo en la espalda para hacer un baile prehistórico, le conté cuentos, lo bajé en brazos la mañana de su cumpleaños cuando él tenía sólo doce años y mi madre rompió toda una cocina para ovillarse luego y no hablar durante más de dos meses. Ese día, en medio del desastre de platos rotos y alimentos desparramados, recordé que Pablo estaba todavía en su cuarto y subí de a tres los escalones de la señorial escalera de madera de la casa de Belgrano R para encontrarlo tapado por sus mantas y llorando. Lo llevé a la escuela y a la tarde le festejé un pequeño cumpleños con la torta de manzanas y crema pastelera que a él le gustaba. Vi cómo, dos años después, mi madre intentaba ahogarse en una pileta y mi hermano se tiraba para sacarla y la odié porque lo condenaba a ser el guardián de su supervivencia a los catorce años.
Nueve años después, mi hermano se subió a un avión y desde entonces vive en Francia, habla la lengua que a mí me hubiera gustado hablar y, quizá, lee los libros que yo hubiera deseado leer. En París la pasó a veces mal y otras mejor. Fue desgraciado, feliz... como todos nosotros. Ahora, le cuenta historias a Maïushka en Marsella a orillas de un mar que tantas nostalgias literarias me provoca. Él es casi toda la familia que yo tengo y lo añoro en este recodo de la vida en que una puede empezar a recapitular. Sus dibujos me llenan de un orgullo pueril y maternal y su hija me despierta sentimientos de tía que la distancia no me deja desarrollar. Está bueno oír su voz en el teléfono y que me diga "gorda" como ya nadie me llama en una vuelta de ese calor de la primera infancia cuando lo protegí de la locura con el amor que Pablo siempre me despertó y devolvió.

PD: Su página tiene los dibujos más hermosos: www.nanozoom.net

viernes, 15 de junio de 2007

Breve cárcel

Cae la lluvia
sobre la blanca superficie de la luna.
Cuando deba ser
ése será el momento.
Y volarán gaviotas en la orilla.

jueves, 14 de junio de 2007

Esperanza

Las horas caen repletas en un cuenco de loza y hacen ruido lleno al estrellar sus minutos usados sobre la lisa superficie perlada. Nadie -ni vos ni yo que, en este caso somos todos- sabe qué ofrecerá la próxima. Y mientras va transcurriendo, mientras se va gastando, con mayor o menor prontitud según su abotargado vientre, ya deseamos la que sigue en una negación obtusa de lo presente. A eso lo llamamos esperanza: lo que quedó en la caja de Pandora que supimos leer cristianamente. Dado que la misma Pandora fue castigo, que los presentes de Zeus eran el golpe que debían sufrir los que habían recibido el regalo del robador del fuego llamado Prometeo, que allí, en esa caja, sólo estaban los males; fácilmente se deduce que la esperanza es tan solo otro de ellos y no esa extraña concepción que asegura la resignación ante un presente insoportable en aras de un futuro que, sin duda, traerá la confortación. No quiero pensar que tengo esperanza. Quiero poner una semilla en la tierra, regarla, cuidarla de la helada y el viento y hacerla crecer cada día un centímetro más y otro y otro hasta llegar al árbol. No se trata de enterrar la simiente y esperar. Yo no quiero esperar ninguna cosa, ninguna palabra, ninguna promesa. Yo quiero hacer. Eso es.

martes, 12 de junio de 2007

Anécdota escolar XIV: Cualquier bondi te deja bien

Profesora: Los sustantivos colectivos designan en singular un conjunto de elementos. Por ejemplo una jauría es un conjunto de...
Alumnos: (A coro) Perros.
Profesora: Un conjunto de abejas es...
Alumnos: (A coro) Un enjambre.
Profesora: Un conjunto de pinturas es...
Alumnos: (A coro) Una pinacoteca.
Profesora: Un conjunto de anécdotas es...
Alumnos: ...
Profesora: Un conjunto de anécdotas es...
Alumnos: ...
Profesora: (Impaciente) Un conjunto de a-néc-do-tas es...
Alumno: (Desde el fondo) ¡Infancia!
~*~
Profesora: Completemos entonces con un ejemplo más de sustantivos colectivos por derivación. Yo digo un sufijo y un ejemplo y ustedes agregan uno más con el mismo sufijo. ¿Entendieron?
Alumnos: (A Coro) Sí.
Profesora: El sufijo es "ar", por ejemplo "pinar", conjunto de pinos.
Alumna: (En el fondo) Yo... yo...
Profesora: Sí, decí.
Alumna: Discar.
Profesora: (Desconcertada) ¿...?
Alumna: Conjunto de discos.
~*~
Profesora: ¿Y qué será un caserío?
Alumno: ¿Un conjunto de casamientos?

Guerra

a JuanCa
La traje a casa no sé cuándo, pero seguramente después de la anteúltima mudanza, harta ya de la nostalgia de aquella Santa Rita de la calle Rosetti en la que había un jardín detrás de la reja de la entrada y yo tenía una que había crecido impetuosa y desbordada sobre la puerta azul. Esta era mediana y con algunas flores púrpuras. Le compré una maceta amplia, dispuesta a invertir todos mis esfuerzos para que se transformara en una aceptable Santa Rita de azotea con una modesta pero bella producción de flores coloridas. La regué, la limpié, la mimé, le conversé y la acaricié durante todo el largo invierno.
Durante la primera primavera, la muy guacha no dio ni una sola flor (hojas modificadas me dijo una amiga bióloga). Me consolé pensando que era el cambio de maceta, la adaptación al nuevo sitio, etc, etc. Siempre le ponemos excusas a la frustración de nuestros deseos por parte de aquellos a los que queremos -y yo quería a mi Santa Rita (el uso del pretérito imperfecto es absolutamente intencional)-. En la primavera siguiente, tampoco se dignó a florecer. Entonces esperé los meses de poda (aquellos que no tienen erre en este hemisferio) y la tronché salvajemente, con una furia asesina, dispuesta a quitarle las flores a fuerza de cuchilla. Quedó un mísero tronquito en medio de la crudeza de otro julio porteño como vestigios de mi odio.
A la primavera siguiente se llenó de hojas verdes. Sentí que había aprendido la lección y me senté a leer El retrato de Dorian Gray en la terraza, contenta porque había averiguado que las buganvillas de Wilde eran simples y maravillosas Santa Ritas. Y la mía iba a florecer esa primavera. Y vaya si lo hizo: ¡Dio dos inmundas flores BLANCAS! Y ni siquiera blanco nenúfar, o blanco jazmín... No, dos flores de un blanco sucio, deslavado, estropeado... Ella, que había entrado a mi casa con un penacho de flores púrpuras que yo deseaba ver multiplicado en las paredes de mi techo. La muy turra ahora me regalaba dos flores que seguramente sonreían sarcásticas debajo de sus pétalos de color tiza manchada.
Y así se sucedieron los años y ya llevamos casi diez: yo la podo a lo bestia en los meses sin erre y ella me regala dos flores blancas en cada octubre: Flores que ahora, como si fuera poco, hace brotar moradas (y mi corazón se ilusiona cada vez) y se despliegan en ese blanco deslucido e insulso. He intentado variadas estrategias para hacerla cambiar de opinión: hasta le traje dos Santa Ritas llenas de flores coloridas al grito "¡Ahora tengo estas más jóvenes, ya vas a ver!"; pero ella sigue, digna e insobornable, soportando mis podas y regalándome sus dos flores blancas en cada primavera.

PD: Ahora subo acá esta foto de una de las otras a ver si se entera de que ella no está en Internet.

domingo, 10 de junio de 2007

Parque Chas

Cuando hablo con ella me cuenta las interminables hazañas de los nietos que viven detrás de kilómetros de agua y la nostalgia de los hijos que se fueron. La escucho con una extraña ternura protectora que me sorprende. A pesar de mi cercanía, que ella parece no precisar, está sola y, como siempre, finge resistirlo sin pedir nada: estoicamente porque eso es lo que corresponde. Siempre resistiendo en silencio, sin permitir ni solicitar ternuras que yo estaría dispuesta a darle, pero que sólo le labraría una deuda que ella no desea tener conmigo. Me acaricia la cabeza y me dice que todo va a pasar con la segura experiencia de quien ya estuvo en mi lugar y se resignó a su suerte. Me ofrece una enésima taza de café y, la verdad, es que sabe horrible; pero le digo que sí porque sé que soy una de las pocas veces que recibe a alguien en su mesa de mantelitos y pocillos blancos. Le pregunto si necesita plata y me dice que no, que Miranda está hermosa y que ya llega a la puerta de calle, que Luca grita y no deja hablar al padre y que Tadeo tiene una computadora que le regaló la tía, de Maïa no sabe mucho porque hay un contestador. No me lo dijo nunca, pero está orgullosa de que yo haya terminado la Universidad. Sobre todo porque ella era obrera y pegaba suela de zapatillas en una cinta como la de Chaplin. Después me voy caminando por Bauness que está dorada y fría en la tarde de junio. Digo que me hizo mal y tal vez me dio la posibilidad de tener una soledad poblada de voces y universos de luces perfumadas en el que me refugié para soportar su psicosis y su violencia. Creo que, pese a todo lo que digo, la quiero y la extrañaré cuando no esté más.

sábado, 9 de junio de 2007

Theatron

Cuando quedó el silencio, algo de páramo clasificado en anaqueles de cera transparente flotó y luego un peplo entre marfil y púrpura abrió los intersticios por donde fueron, una a una, surgiendo máscaras sin bocas.
No hubo bocinas en los rostros teatrales ni eco que repitiera ahora el parlamento estudiado e idéntico.
Los gestos didascálicos fueron diluyéndose privados de sentido en su obligación efímera e histórica de signo que transpone la frontera del grito y se hace carne civilizada.
Pompeya era otra vez ese sitio vacío donde el sol se revuelca y nadie habla porque se han olvidado los rollos de pergamino que ardieron mil veces cuando cayó la lava.
Otro amor. Otra sangre. Otros cuerpos.
Non dixiunt.
Y el sol se hundió como una esfera roja y circumvesubiana en las aguas azules de los tiempos.

viernes, 8 de junio de 2007

Teseo

En medio del laberinto, Teseo teje. No hubo nunca un Minotauro y Egeo se hundió en el mar sólo porque tuvo una mala digestión. Al entrar, el ovillo de Ariadna no le pareció muy viril al príncipe y lo guardó. Ahora es un hombre esquelético y anciano que masculla su resentimiento entre las paredes de un sitio del que jamás podrá -ni desea- salir. Y teje y desteje en una actividad que la posteridad atribuirá a otra. Necesita matar el tedio. Si tuviera agujas se las hundiría hasta el último estertor. Pero la princesa sólo le dio el ovillo y los dedos sobre los que construye y destruye el tejido no le sirven para abrirse la carne. A veces piensa en ella y la recuerda en el tiempo en que él soñaba con monstruos y espadas que lo harían protagonista de un único relato que se cuenta obsesivamente para no enloquecer y comprende que en ese relato tejido de vanidades con sus dedos reside el monstruo y el laberinto en que morirá.

jueves, 7 de junio de 2007

Ánades

Sobre el hombro.
Desnudo.
Caía el bretel delgado como un junco inclinado en el agua.
Y más allá la piel era la tibia superficie de un estanque dormido.
Y todavía unos ánades tornasoladamente verdes.
Casi en un vuelo.
Largo, ligero, tenso.
Caía el bretel resbalándose por la línea húmeda de la clavícula
por un hueco caliente
hacia ese hemisferio marcado por el hombro
y perpendicular el límite que recubría el húmero.
Extenso el húmero en el agua del estanque
viendo caer la cinta delgada del bretel
sumergido en brotes diminutos de algas
como azules cabelleras brotando de cada poro
y bailando en las ondulaciones sinuosas de las aguas.
Un bretel deslizado hacia el cúbito
cayendo por el radio
hasta el encaje de la muñeca donde los ánades
buscaban tornasolados huecos
para hundirse y emerger en la palma
con las patas moradas enredadas
en la cinta del bretel
que fue saliendo atrapado en el rito del agua.

Toledo


Caminamos las angostas callecitas de altas paredes medievales desde el Zodocover. Oigo el ruido de las mesnadas de Rodrigo acudiendo a hacer justicia por su señor. Alfonso es una sombra pálida y equivocada. Sobre un muro de piedra mojada por el verdín de los tiempos alguien escribió "Muerte al judío" justo en el mismo instante en que el Campeador timaba a Vidas y a Raquel. El cartel resume en el universal la historia de tanta persecución y la sangre de todo cristiano viejo se pone acuosa de vergüenza y desolación. Siento las voces quedas de Maimonides y Averroes conversar en la plaza de Santa María La Blanca. En una puerta pequeña pende un cartel escrito con tiza -"Hay perdices"-, y me siento a la mesa para recuperar el sabor de la infancia que ya pasó. Comprás una espada porque en Toledo los hombres son armados caballeros y con su acero deberás atravesar los ríos y colinas de esta Europa en una trascendente misión. El piso de la estación que nos devolverá a Madrid es brillante como un espejo a la luz de la tarde. Cruzamos el río Tajo. El bus bordea la orilla escarpada donde rugen en rocas sus roncas aguas rozando las desbrozadas piedras de los recuerdos y Garcilaso llora la pérdida y la muerte de Isabel. El crudo día de enero huele a menta y lavanda y las sinagogas y catedrales medievales son fascímiles de páginas leídas hace tiempo. No hay más verdad que ésta: somos las letras que se apretaron para nutrir nuestra carne: las perdices, la espada, las callejas de muros empinados, el agua de este río y este día de invierno bajo el sol.

miércoles, 6 de junio de 2007

De senectute

Era tan temprano. Y la idea abrió una zanja: el alma es una suave planicie carente de relieves. Miré hacia atrás y un tren se desplazaba por la campiña toscana y la humedad verdosa de la juventud. No espero nada. Los otros son parajes indiferentes que se entreven desde las ventanillas en medio de los dos sueños que limitan la vida. Dejaron de sentirse como ignotas ciudadelas a conquistar. El único sitio donde se está bien es en casa, en medio de ritos harto conocidos que aseguran la perduración. Todo tiene un tono amarillo yema de huevo que reconforta y entibia. Ya no busco mapas antiguos ni rutas guardadas en medallones de níquel azul. Con andar por mi propio laberinto y mis jardines me basta para sentirme feliz. Se comprende ahora que la existencia es un amontonamiento de personas absurdas entre dos soledades que son lo único de verdad. Ya no se desea que las "cosas" funcionen para uno porque se sabe que ésa es una esperanza inútil: todo acaba por terminar y sólo queda una silla junto a la estufa para leer. Y eso está bien: en ese sitio me habitan vergeles perfumados, abismos de criaturas sinuosas y el rítmico pulso de un texto que tejeré hasta cerrar la puerta con una lluvia de palabras que sólo yo oiré.

martes, 5 de junio de 2007

Dios

Una taza. Una taza de té. Una taza de té chino. Y su tetera. China también. Y una azucarera con su cucharita de plata. Y cae el agua en la taza y flotan un instante las hebras negras mientras empiezan a sumergirse en las aguas ambarinas y levemente aceitosas. Las resinas vegetales del té. Un remolino con un punto de apoyo plateado y luego el decantamiento chino del té. Humus oscuro en el fondo profundo de la taza. Ahora es todo aroma. Y se lo bebe Dios hasta vaciar la taza. La taza de té. La taza de té chino. Y su tetera. Y su azucarera con la cucharita de plata. El mundo es lo único que nos queda. ¡Salud!
PD: Faltó la madalena de Marcel y la tía Leoncia muriéndose en Combray en un lento ataque de melancolía neurasténica.

lunes, 4 de junio de 2007

Anécdota escolar XIII: Dudas metafísicas

Profesora: (Acaba de leer en voz alta "El lobo y el cordero", fábula de Jean La Fontaine) Entonces queda claro que el lobo intenta hacer pasar su hambre por acto de justicia, es decir, busca razones que le permitan devorar al cordero sin más ni más. ¿Alguien tiene alguna duda?
Alumna: (Desde el primer banco) Sí, yo tengo una importante.
Profesora: Dale...
Alumna: ¿Qué diferencia hay entre un cordero y un chancho?

domingo, 3 de junio de 2007

Hongos en el Sahara

La familia es un huevo podrido donde se cocina el caldo primigenio de todas las desgracias. En el núcleo de las células, viva como una pústula de fuego, late la locura originaria, la que de verdad nos desterró del paraíso. Manzanas, peras, cerezas...da igual. Las ensaladas de frutas siempre saben mal. Hay unos cuantos sobres debajo de la puerta. Cada uno contiene el pelo de un muerto y son tantos que se puede hacer con ellos una soga. Siempre son útiles las sogas. La familia explota como una pompa llena de alquitrán en la pared blanca de los corazones. En el inicio siempre hay personas que terminan transformándose en madres, hijos, hermanos, por obra y gracia de una perversa metamorfosis. Si pudiera dejar las denominaciones fuera de la ensalada, quizá hasta cambiaría su gusto y alguien tocaría el timbre para visitarme con un pote de helado de frambuesa. He pasado los últimos seis días en cama y todavía no me curo. Creo que nunca sucederá. Todos tenemos trajes que nos vamos quitando o poniendo según sea necesario. Me gustaría un día de sol con un nuevo mundo bajo mi ventana y peces celestes nadando en el agua clara de los nenúfares. Siempre me digo que mañana, pero ya sabemos lo que sucede con ciertos deícticos: nunca llegan. Soy un hongo sin colonia. Crezco sola en medio del desierto: rara especie vegetal de la humedad a la que se le dio por brotar en medio de la arena.
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