martes, 29 de mayo de 2007

Anécdota escolar XII: Protejamos el medio ambiente

Profesora: ¿Alguien sabe qué es una fábula?
Alumno: (Desde el fondo) Sí, la naturaleza.
Alumnos: (A los gritos) ¿Qué decís? ¡Mirá si va a ser la naturaleza!
Alumno: (Se pone de pie y los mira con gesto paternal) Sí, tontitos, yo lo estudié el año pasado: La flora y fábula silvestre.

domingo, 27 de mayo de 2007

Cuchillos


Con un cuchillo,
con un cuchillito
que apenas cabe en la mano,
pero que penetra fino
por las carnes asombradas,
y que se para en el sitio
donde tiembla enmarañada
la oscura raíz del grito

Federico García Lorca, Bodas de sangre

Wasabi e hichiriki

Me empeño en tener relaciones familiares análogas al estallido de la bomba en Hiroshima donde ahora hay un Memorial Park al que la gente envía las mil grullas origami que pliega y enhebra en hilos para que las cuelguen. Dicen que si plegás mil se cumplen todos tus deseos. Hiroshima, Nagasaki y miles de grullas origami en hilitos pendiendo del memorial. Así así. Bonitos papelitos de colores plegaditos con exacta prolijidad y enhebrados en hilos con una aguja de acero inoxidable y un nudo para que no se caiga una, no se caigan dos, no se caigan tres, no se caigan mil. Y alrededor los restos de la bomba mientras bonitas niñitas japonesas pliegan origami y entonan melodías con un shamishén al son de la exportación de sashimi y donburi a Occidente y la ceremonia del té. Flores de loto y de jazmín flotando en océanos de mierda. Pudrición orientoccidental para nenes desolados y madres muertas. Me empeño en esto: sigue la diagonal, que el extremo superior derecho del papel toque el extremo inferior izquierdo, luego dobla por la mitad mamá no me quiso papá me ignoró, ahora toma la punta que tienes sobre el ángulo y dóblala sobre sí misma de manera de obtener un trapecio todo rojo la sangre muy roja y alguien golpeaba el vidrio para salir estallaron los cristales a miles de kilómetros y llegó en cáncer después toma la línea inferior y ábrela que sólo hay silencio hasta que las dos puntas se toquen otra vez curioso teatro que se llama Noh Hiroshima Noh Nagasaki Noh la familia Noh.

jueves, 24 de mayo de 2007

Mañana en el colegio

Subte línea b y yo me alejo más del cielo,
ahí escucho el tren, ahí escucho el tren,
estoy en el subsuelo, estoy en el subsuelo.
SUMO
Por la ventana que da a la calle Beiró, en la localidad bonaerense de Florida, a esta hora -9 y 35- entra la luz de un sol otoñal. Algunas chicas estudian, otras conversan y los varones juegan a no sé bien qué. El resto -las tres cuartas partes- se fue de campamento. Hay tanto silencio que se oye el zumbido del gas quemándose en la estufa. Mailén pelea con las palabras compuestas y se enoja si algo le sale mal. Andrea trae sus ejercicios para que se los corrija y me pide más. Están todos sentados alrededor de la estufa y paracen cachorros en busca del calor. Siento la rara responsabilidad de saber que cada acción que yo ejecute repercutirá de alguna forma inexplicable en su existencia. No logro comprender cabalmente cómo nace el afecto, pero sucede. las muchas horas que pasamos juntos y los cuatro años que nos restan compartir nos acercan inevitablemente. Hoy son chicos de 13 años, los veré de 18 y habré tenido algo que ver en su evolución. Por ahora se arremolinan cerca de la estufa a la espera del timbre que los libere en el recreo. A veces me gustaría saber qué sienten, qué piensan, hablar con ellos en otro lugar, en otras circunstancias. ¿Cómo era yo a los 13? Algunos tienen un brillo vital en los ojos que llega a conmoverme. Otros son opacos y los veo pelear con su propia limitación. No pueden comprender. ¿Cómo será el mundo para los que están sumergidos en los límites de su comprensión? ¿Cuáles son mis propias limitaciones? ¿Son ellos más felices que yo? ¿Es necesario tratar de catalogar y entender todo o se está mejor en el universo de la no-diferenciación? Ahora se ríen. Todos tienen zapatillas de colores. Pienso en los Patricios, Anas, Belenes, Santiagos, Leandros, Ignacios, Brunos, Julietas, Mercedes, Agustinas, Rominas, Camilas, Josefinas, Rocíos, Macarenas, Danielas, Facundos, Hernanes, Joaquines, Marinas, Micaelas, Isabeles, Federicos, Matías, Victorias, Carolinas, Marianas, Martines, Gonzalos, Daríos, Juanes, Florencias, Lucilas, Lucías, Nicolases y tantos que pueblan mi vida de 7 y 30 a 16. ¿Qué seré yo para ellos? ¿Qué recordarán de mí? Ahora suena el timbre y salen en tropel al patio. Volverán y nos escucharemos otra vez en la quietud y el silencio de una mañana de mayo. Después me iré. Ellos se irán. Y nadie recordará que hemos estado aquí alguna vez.

Bruma

Había bruma hoy a la mañana. Bruma es una bella palabra. Arranca con esa "b" que se va abriendo hacia la suave vibración de la "r" para culminar ambas en la profundidad cavernosa de la "u" y después la "m" maternal y entreabierta que se acaba en una clara y sonora "a", la más clara y sonora de las cinco. Digo que hoy había bruma y la boca se me llena de imágenes húmedas. Como esos cementerios parisinos de calles tortuosas y empedradas que suben y bajan en medio de estatuas chorreantes de verdín. Digo que hoy, al descender en la Panamericana, casi de noche, había bruma y parecía flotar como una nube blanca y vaporosa a esacasos diez centímetros del asfalto mientras los autos la atravesaban con sus luces amarillentas y dejaban la estela rojiza de sus faros de posición. Era bruma, liviana bruma que no se posaba sobre las cosas para impedirles respirar; las mojaba apenas como si una delicada ola de vapor hubiera descendido sobre la autopista para invadir ese tajo de la ciudad. Bruma. Y el frío colado bajo el abrigo de paño colorado, deshilachado en gránulos de bruma. Y el sonido deslizándose desde la punta de los labios, entre los dientes, por la garganta, para salir después en una vía inversa y flotar allí, entre la propia bruma otra vez. ¿Será la bruma infinitas palabras que están abandonadas a su primitivo esplendor?

De cómo Abelardo conoció a Eva

-Usted las engorda para abandonarlas, en una clara identificación con la figura de su madre.
-¿Le parece, doctor?
-Ya es la hora. Lo dejamos para la próxima. Usted piénselo, Abelardo, piénselo.
Pensarlo, pensarlo. En realidad no hacía otra cosa que pensarlo. Una tras otra lo pensaba. Sobre todo desde que mamá, ese ejemplo de mujer abnegada, había muerto y le había dejado en herencia el bistró de Las Cañitas y él se sentía tan solo. “Usted las engorda para abandonarlas” Y si el psiquiatra se equivocaba y eran ellas las que engordaban para dejarlo. Otra vez su típica manera de pasarle el fardo al otro y seguir lo más campante por la vida. En el fondo era un cobarde que no se atrevía a comprometerse de verdad con alguna o a quedarse solo sin embromar a nadie. Pensarlo era justamente lo que más hacía. Así que este coso no le decía nada nuevo. La verdad que pagarle la fortuna que le pagaba para que confundiera sus mujeres con cenas navideñas no venía siendo un negocio rentable para nadie. Y menos para él que, entre atender a los proveedores, supervisar al chef y controlar a los mozos, apenas si le quedaba tiempo para ir a terapia tres veces por semana para que un tipo con un titulito le dijera que él, en vez de parejas, conseguía una serie de lechones del 24 con manzanita en la boca. Ahora que si se pensaba bien a Luisa la había dejado por algo así. La chica era una preciosura. Cuando la conoció. Era una preciosura antes. Después de que hubo pasado por su vida había terminado con una depresión galopante acumulada en los 15 kilos de grasa que había heredado de su permanencia por dos años bajo la tutela gastronómica de Abelardo y el bistró de mamá. Abelardo entrecerró los ojos y recordó a la delgadita Luisa empalagándose con la dulzura crocante de sus postres de fresas, atiborrándose de cremas de hierbas untadas sobre generosas porciones de panes tostados. Y esos pantagruélicos desayunos de domingo al mediodía cuando él le llevaba la bandeja a la cama.
Y después Anita. Sí, ese vientre liso que asomaba debajo de las blusas de algodón. Plano, en toda su vida no había visto un vientre tan plano y unos bracitos tan delicados. Parecía que iban a quebrase de sólo tomarla para cruzar una avenida. Siempre frágil, siempre etérea, siempre liviana. Y en apenas ocho meses derivó en un tanque Shermann a fuerza de hidratos de carbono.
¿Y Gabriela? Tan intelectual, tan cerebral. Con esos ojos verdes que parecían imponer su contundencia. “¿Y a mí qué me decís?”, parecía mirar Gabriela. Miles de pecas claras sobre una piel apenas traslúcida. La llevó al cine, a todos los museos de Buenos Aires, a los teatros, a las vernissages y ella deambulaba entre pinturas, actores con una avidez inusual para captar y comprender la realidad. Gabriela lloró cuando él le dijo que la dejaba. Fue un poco duro. Es cierto. Pero se había cansado de verla engullir para calmar, lo que decía era su hambre de conocimiento y para él era simplemente desesperación por comer.
Y, ya que estaba, podía, también, pensar en Sandra: tan atlética y deportiva, con ese cuerpo hecho de pura fibra y entrenamiento continuo. Cada músculo podía adivinarse debajo de la piel. Después quedó como una pompa de jabón flotando en una piscina olímpica. Igualita, excepto por el peso que la hubiera llevado irremediablemente al fondo del natatorio.
Si lo pensaba bien, el tipo, entonces, tenía razón. Y lo que él tenía que hacer era dejarse de joder y no embromarle la vida a nadie. O aceptar que él era un engordador de mujeres y ya. Y mamá que había sido tan delgadita, siempre: diminuta como un anillo su cinturita. Si entrecerraba los ojos podía recordar la doble vuelta del lazo del delantal cuando amasaba los domingos esas fuentes de pastas. Y él, su Abelardo, sentado en la cabecera, plato tras plato, de esos ravioles que parecía estallar de tan rellenos, y esa salsa bermellón y espesa que olía… Casi chocó pensando a qué olía la salsa de mamá rociada con parmesano rallado finito. La vida era una fiesta de perfumes cuando mamá vivía. Y ahora venía este tipo a hablarle de su madre… ¡de su mamá! Seguro que éste había tenido una infancia de mate cocido y pan francés. Se le notaba en la cara el resentimiento culinario. Por eso le decía que las madres se engullen a sus hijos. No en estos términos. Lo de engullir lo decía él porque cuando lo oyó se le representó su santa madre sentada en la cabecera y él, en el plato, mirándola con ojos implorantes. Claro que de chico había sido un nene solitario: él, mamá y ese deseo de que estuviera sano y contundente: jugo de carne, sopas espesas, carnes generosas, chocolatadas con crema, pasteles. ¡Y ahora este coso venía a decirle que su mamá…! ¡Su mamá! Pero él le iba a demostrar que se equivocaba y que su madre, su pobre madre, había sido sólo una santa.
Estacionó el auto y se bajó. Y entonces la vio. La mujer venía caminando por la calle, absorta en el turrón que traía en la mano. A simple vista Abelardo se dio cuenta de que era uno de los buenos: ésos de almendras y miel que rebosan materias primas perfectas. Ella entrecerraba los ojos cada vez que hundía, en la masa dura, unos dientecitos pequeños y simétricos. El trozo penetraba entre sus labios y navegaba un largo rato en el paladar, entre la lengua y el velo, como si estuviera chupándolo para deleitarse con la precisión de su dulzura. Después abría los párpados y observaba cuánto le quedaba del momentáneo placer. Abelardo se apartó de la imagen de su boca y de una ojeada recorrió el cuerpo: piernas torneadas, tobillos finos, cintura pequeña, senos aceptables…¡Por Dios, si hasta se le notaban las clavículas! Y comía así. La siguió unas cuadras y vio que, después del turrón, la mujer sacó de su cartera una barra de chocolate y la comió con idéntica deleitación. Entonces, se decidió: la encaró y así Abelardo conoció a Eva.
-¿Y doctor?
-¿Ha superado el conflicto, Abelardo…? ¿Lo cree?
-Creo que usted se equivocó en el diagnóstico.
-¿Verdaderamente?
-Y… Eva sigue delgada después de tantos meses. Y come. No sabe usted el placer que es verla en la mesa.
-Sigue centrando el eje de la relación en la oralidad, Abelardo. Fijación infantil… ¿Será miedo a traicionar a mamá?
-Me tiene las pelotas al plato, doctor. Váyase a cagar… Y diga feliz que estoy en la etapa anal.
-¿Cuánto más va a pasar antes de que Eva explote y usted la deje?
-Eva no va a engordar y yo no la voy a dejar.
-Todos los seres humanos sometidos a semejante presión calórica, tarde o temprano, suben de peso. Eva tendrá más resistencia... pero, a la larga, usted está propiciando el abandono para serle fiel a su madre. Seguimos el martes. Piénselo.
Abelardo volvió callado. La casa estaba silenciosa y ni rastros de Eva; excepto por una bandeja de masas de canela a medio comer y una taza sucia de café.
-¿Eva?- llamó y nadie le respondió.
– Eva- repitió en medio de la penumbra de la tarde.
Un lejano ruido lo atrajo desde el baño. Abelardo abrió la puerta y la vio de rodillas frente a la taza del inodoro y no puedo más que sentir ternura. Era la mujer de sus sueños; atiborrada de su comida y vomitándola para quedar hecha una diosa. La amó tanto que se acercó a sostenerle la frente para que se deshiciera tranquila de todo y con los ojos enrojecidos le dijera que sí a su propuesta de matrimonio.

miércoles, 23 de mayo de 2007

Anécdota escolar XI: Con razón la literatura no se entiende....

te quiero, Anita
Alumna: (Se acerca con la prueba) Acá tengo que elegir...
Profesora: Y sí... es una prueba de opción múltiple.
Alumna: Ya sé... pero la primera dice que la literatura opera con las palabras y sus significados.
Profesora. ¿Y?
Alumna: Que a mí me parece que no es porque cuando uno lee un texto literario no aparece al lado de cada palabra su significado.

Anécdota escolar X: ¡Qué autoestima!

Alumno: (En medio de una evaluación) ¿Qué esto que pregunta sobre el canon literario? ¿Qué es un canon?
Alumna: (Desde el fondo) Ay, Dios, ésa yo la sé.
Profesora: La sabés, pero te callás y hacés tu prueba.
Alumna: Ay, la sé. Es la primera vez que me siento una persona inteligente.

martes, 22 de mayo de 2007

Mañana en el 133

7 y 20 de la mañana. 133 color rojo. Siempre lleno. Pienso rodeada de personas que no me conocen y no me incomodan preguntándome cómo estoy. Acá puedo no estar sin que nadie se preocupe. Me duele el costado izquierdo abajo del corazón y me mareo. Mi terapeuta dice que poner el cuerpo es riesgoso. Ja, ¡cómo si poner el cerebro no lo fuera! Me estoy volviendo monotemática y me aburro a mí misma. El mundo en el que yo creía ya no existe. Y no hablo del mío interior, susceptible de ser narrado sólo a partir de mi pura subjetividad y, por ende, un alarde de ficcionalidad. No, hablo del mundo objetivo que nos sirve a todos de sustento- ya sabemos -eso que llamamos realidad. Bien, esa realidad ya no existe. No entiendo bien cómo funciona esta otra anclada en otro tiempo y en otras coordenadas. Me muevo como una burbuja antigua en un orden que no le corresponde. Y me siento aislada, cómoda si nadie me atormenta. No comprendo cómo se habla del amor envueltos en diecinueve años de aborrecimiento. Al menos no fui yo quien lo dijo. Cada cual recorta el mundo objetivo según le sea productivo para construir -esta vez sí- su realidad. Léase, la que lo explica y justifica su accionar. Y no está mintiendo. Claro que no. Quiero quedarme sin hacer nada, pero no puedo. Tengo una atroz compulsión por hacer. Quizá desee evitar un silencio en el que deba oírme por primera vez. La soledad no me perturba. Es más, la busco en contra de todos los seres humanos que se me acercan.. A vos nunca te quise. Nunca. Ni siquiera cuando creía que sí. Ésa que yo era a los veinte ya no existe más aunque vos te hayas empeñado en hacerla resucitar diecinueve años después. Yo no sé quién sos vos. Y a esta altura no me interesa saberlo. Por si te importa, los regalos te los compraba yo. No explico tus conductas actuales con añejos papeles amarillos. ¿Por qué pienso esto un martes a las 7 y 30 en un colectivo rojo que me lleva al trabajo? Estoy adentro de una fresa pegajosa que huele a sudor otoñal. No tolero pensarte ni pensarme a mí misma entonces cuando en tu boca yo sólo era culpable de todo crimen de lesa humanidad. Me aterra la violencia y no he hecho más que exponerme a ella. Ya no. Yo no soy una víctima ni ellos son mis victimarios. Todos hemos sido responsables del estado actual de la cuestión. Quiero irme. A un sitio donde no conozca a nadie y nadie sepa nada de mí. Sin teléfono, sin e-mail. Sola. El 133 se va vaciando. Escucho la música del tipo de atrás. La gente se está quedando sorda y necesita más. Yo también. Pienso en todas mis amigas. ¿Y yo? Yo me debo bajar. 7 y 45 en Monroe y Balbín. El Blockbuster está cerrado y un ciego no sabe cómo cruzar. No, yo no tengo ganas de ayudarlo. Lo hace un señor de mejor corazón que yo. Estoy cansada y mañana querría faltar. Ningún alumno va a lamentar mi ausencia. Y en mi casa se está bien. El mundo en el que creí ya no existe ni aquí ni en Katmandú. Aunque quizá allí sea más entretenida su no-existencia que aquí. En cualquier sitio yo podría sobrevivir. Entro a la escuela. Ya no puedo pensar más.

Y la nave va...

Pongo la llave entro a la casa hago café como tostadas riego las plantas corrijo pruebas leo los mails lavo la ropa subo al blog hago la cena pongo la mesa como la cena miro tv tomo una ducha pongo el reloj leo un libro duermo una noche oigo el reloj prendo la luz hago café como tostadas leo los mails oigo noticias junto mis cosas cierro la puerta voy a la escuela dicto mis clases subo al colectivo leo un libro vuelvo a mi casa pongo la llave entro a la casa hago café como tostadas riego las plantas corrijo pruebas leo los mails lavo la ropa subo al blog hago la cena pongo la mesa como la cena miro tv tomo una ducha pongo el reloj leo un libro duermo una noche oigo el reloj prendo la luz hago café como tostadas leo los mails oigo noticias junto mis cosas cierro la puerta voy a la escuela dicto mis clases subo al colectivo leo un libro vuelvo a mi casa pongo la llave entro a la casa hago café como tostadas riego las plantas...

jueves, 17 de mayo de 2007

Anécdota escolar IX: Macondo y al llegar al terraplén...

Profesora: Homero Manzi nació en 1907. Este año se cumple su centenario. Cien años ¿de qué?
Alumnos: (Son las siete y cuarto de la mañana) ...
Profesora: (Insiste) Vamos, despiértense, no es tan difícil. Nació en 1907, estamos en el 2007. Son cien años de...
Alumno: (Sorpresivamente iluminado) Yo, profe, yo.
Profesora: (Sorpresivamente feliz) A ver, dale, decílo.
Alumno: ¡Cien años de soledad!

El ángel de la infancia


Cuando no supo ya qué hacer, lo recordó y recurrió a su ángel, aquél de las noches oscuras de la infancia.
El rezo trajo una brisa luminosa de partículas brillantes y algo se corporificó ante sus ojos de manera imprecisa. Él intuyó que se trataba de su ángel. Bajó la cabeza ante el milagro y habló de ella: de su cuerpo infinito, de sus ojos oscuros, de la selva vibrante de su aroma. Habló de la llaga del odio y del agua amorosa de la pena, del dolor tormentoso y el deseo acuciante, de la tristeza terrible de la ausencia y la tortura inefable del silencio.
El ángel se agitaba como en espasmos y él esperó que la calma le llegase como esa luz en el centro del alma.
Aguardó un largo rato y, como nada sucedía, levantó la mirada. Entonces vio que su ángel lo miraba extrañado como si no entendiese otra cosa que no fueran juguetes extraviados en la plaza.
Entonces lo sentó en su regazo y, en pago a tantas otras noches, lo acunó hasta que el ángel luminoso se dio al sueño.

miércoles, 16 de mayo de 2007

Mónica Volonteri



Ella está lejana:
en otra geografía hecha de mares y de arenas.
Pero en mi sangre hay un hilo brillante que la sostiene
y me anuda a su alma.
Es mi hermana, pese a que nunca compartimos un vientre:
la que me dice las palabras exactas cuando el lenguaje se resiste en mi llanto, la que me abraza, la que me escucha en todos mis silencios, la que me busca cuando me escapo.
Nos unió para siempre una tarde de otoño de hace ya veinte años un texto que se iba y una charla infinita. Después matamos la resaca con una coca fría mientras mirábamos un partido de fútbol en el parque Los Andes.
Hemos visto crecer a los hijos y nos hemos preguntado cómo era posible.
Hemos hablado de hombres a los que hemos amado y odiado en porciones exactas.
Hemos insultado historias familiares y desgracias.
Hemos sido enfermeras, psicólogas, cocineras, animadoras de fiestas infantiles, costureras.
Ella es el revés de mi alma, mi corazón, mi cerebro, mi yo misma.
La añoro cuando sufro.
La espero en miles de aeropuertos, de trenes o de aviones.
Juntas supimos cómo olían los jazmines en las terrazas de Chacarita
y ahora... tan lejos mío que no está,
tan cerca que percibo su respiración en mi pecho.
La vida no me dio una familia
o me la fue quitando de a pedazos
siempre dolientes y terribles...
pero la puso a ella
que está
que llama
que me abraza
con todo un continente de por medio.

Marcel Proust
1871- 1922

Aunque se sepa que no queda ninguna esperanza, siempre se sigue esperando. Vive uno en acecho, en expectación: como las madres de esos mozos que se embarcaron para una peligrosa exploración[...] Y esa espera, según como sea la fuerza del recuerdo y la resistencia orgánica o las ayuda a atravesar ese período de años a cuyo cabo está la resignación a la idea de que su hijo no existe, para olvidar poco a poco y sobrevivir, o las mata.
A la sombra de las muchachas en flor.

lunes, 14 de mayo de 2007

Él


Como si fuera una frágil muñeca a punto de romperme, él me cuida.
Me arropa por la noche como un padre generoso,
me trae golosinas,
sale a buscar lo que yo necesito.
Hoy me ha comprado una estufa para que mi casa esté tibia cuando regreso del trabajo al que me lleva los días en que las clases comienzan cuando aún es de noche.
Me abraza cuando lloro
e intenta que me ría
para que me contagie de a poco sus ganas de vivir.
Yo no soy fácil:
el erizo asoma a menudo sus agudas espinas;
pero en sus manos me dejo estar y me ovillo.
Él ha llegado a mi vida portando mi divisa
para rescatar lo mejor que guarda mi corazón pulverizado
y, con paciencia de orfebre,
pega los pedazos que han quedado
para hacer de mí un resto coherente.
Ha puesto el pecho a una sinfonía de huracanes,
sobrevive a la erupción de unos cuantos volcanes cotidianos:
siempre paciente,
siempre entregado.
Sé que,
si mi padre viviera,
lo aprobaría
y se entregarían a largas cenas compartidas.
Yo,
que todo lo cuestiono y rechazo,
sé que no estaría ahora de pie
si no fuera por él
que todavía me abre las puertas
para que yo entre como la reina que nunca fui.
Sé que el dolor me habría agarrotado las arterias
si él no se empeñara cada hora en acercar el calor y la calma.
Tal vez ésta sea la verdadera cara bondadosa del amor.

sábado, 12 de mayo de 2007

Sólo quedaron fragmentos

Innumerables pedazos tintinean en el aire
como pájaros fosforescentes que se quedaron sin volar.
Desciende la música por la red
de una manera que no llego a entender.
De pronto alguien canta
y el universo estalla
en un perfume siniestro de mandarinas carmesíes.
Otra noche.
Otra luna que arde incendiada y ajena.
Más allá el mar bate su espuma oscura
contra los muros
donde mueren peces de nombres transparentes.
Me sumerjo en la frialdad de la ausencia
que hiere mi piel con sus cuchillos helados.
Nadie habla
y el silencio es una copa densa
volcada en la premura gelatinosa de mi alma.
Fragmentos,
sólo quedaron fragmentos
que no alcanzan
para explicar
el por qué de los paisajes vacíos.
Escribo
compulsiva
las palabaras que embriaguen mi locura y la callen.

Anécdota escolar VIII: Se pesca de a pares

Profesora: Veamos ahora las palabras compuestas. Son las que se forman a partir de la unión de dos o más morfemas base. ¿Entienden?
Alumnos: (A coro) Sí.
Profesora: (Escribe en el pizarrón) Por ejemplo, "guardapolvo"; formada por las palabras "guarda" y "polvo". O "nomeolvides", formada por "no", "me" y "olvides". A ver, ¿quién me da otro ejemplo?
Alumno: (Levanta la mano) Yo, profe. Pescados.
Profesora: Pero pescados no es una palabra compuesta.
Alumno: ¿Cómo que no? Está formada por "pesca" y "dos". O sea pescá dos. Eso sí, no sé qué pasa si pescás tres.

viernes, 11 de mayo de 2007

Simulacros

Todos los días intento nuevos simulacros
Quiero sobrellevar la angustia del vacío:
que lo que antes fue ahora haya muerto
y sea yo una tierra yerma
un huerto que ya no tiene frutos,
un echarpe que cae flotando entre el viento.
De todos los tormentos no imaginaba éste.
Mi corazón se rebela a las aristas del silencio
y destroza sus alas mi cerebro
cuando señala el movimiento opuesto...
Quiero morir de golpe,
que se queme mi carne para siempre,
que se hiele la sangre que me riega,
que se disuelvan los coágulos de pena,
que no sienta ya más,
que no hay palabra que me llame en el tiempo.

jueves, 10 de mayo de 2007

Un febrero en Venecia

Llueve sobre Venecia y el agua penetra iluminando los filamentos rojizos de San Marcos en un tiempo que se resbala de los mosaicos dorados que recuerdan a Bizancio y su imperio.

Llueve y la laguna regurgita sus gaviotas sobre los techos y las paredes de mármoles donde Marco Polo urdió su Libro de las maravillas al amparo de la nostalgia de la lluvia mojando las costas del Adriático.

Llueve sobre Venecia y el carnaval oculta en un sinfín de máscaras idénticas cubiertas de pesados terciopelos antiguos. Detrás queda el silencio de los muertos caídos a las gelatinosas aguas de un canal.

Llueve sobre Venecia y el mar despide un vapor de tristeza mientras el amante apoya sus codos en un ínfimo puente y deja que el agua le cale los huesos esperando al amado que nunca llegará.

Llueve sobre Venecia y las palomas se ocultan para esperar que acampe. El león se queda solo sostenido en la orilla por una aislada columna y se moja como hace tantos siglos.

Llueve sobre Venecia y las casas cierran sus puertas que siempre dan al agua, y nadie ve comer a nadie.

Llueve sobre Venecia y el agua sube diluyendo cimientos que otrora fueron firmes y manchando paredes antaño cubiertas de viejos gobelinos en salas donde bailaron al compás de músicas barrocas tantos hombres.

Llueve sobre Venecia y un japonés nos pregunta si el tren va a Génova con la misma extrañeza ante el alfabeto con la que nosotros miramos sus letras indescifrables.

Llueve sobre Venecia y es el preciso escenario para intentar suicidarse.

Llueve sobre Venecia y comemos chocolate como la niña de Pessoa porque en los chocolates se encierra toda posible sabiduría.

Anécdota escolar VII: ¡El barroco es un violento...!

Alumno: (En una evaluación final de literatura española)
Profesora: Bueno, explíqueme por qué decimos que el barroco se define por oposición al renacimiento y cómo Severo Sarduy sostiene la teoría de que, en realidad, el barroco es exacerbación de los procedimientos renacentistas.
Alumno: (Piensa) ...
Profesora: ¿Lo sabe?
Alumno: Sí, era eso de que el barroco se peleaba mucho con el renacimiento y escribían poemas para insultarse.

miércoles, 9 de mayo de 2007

Marguerite Yourcenar 1903-1987

Se llega virgen a todos los acontecimientos. Tengo miedo de no saber cómo arreglármelas con mi dolor.
Fuegos

Per veritam

Soplé
y vi el vapor
formarse en cristales.
Giraban uno tras otro.
Después se dispersaban y volvían a unirse.
Y creí que era mi soplo,
su sonido
eran pequeñas companitas de vidrio
en el aire gélido de la mañana.
Después
pensé
que el vapor no era más que oxígeno gastado
que yo había expulsado
y me sentí cansada y triste.
No hay otra verdad que no sean los hechos.
Las palabras son cristales que giran en el tiempo:
Cuanto más alejadas del suceso,
más efímeras,
más volátiles.
Nadie mintió
simplemente ya no podemos recordar
cómo soplaba el viento.

domingo, 6 de mayo de 2007

El muerto era mi padre


In memoriam patris

Fue mi padre quien me dijo que la abuela Lola había muerto como años después sería mi madre quien le diría a mi hermano que mi padre estaba agonizando haciendo caso omiso del vínculo que me unía a él.

-Dame con tu hermano- ordenó cuando atendí el teléfono de mi casa.

Obedecí. Mi hermano Mariano la escuchó mientras se le iba la sangre del rostro.

-¿Qué pasa? –le pregunté cuando colgó.

-Se está muriendo el viejo. Me voy para allá.

Me tomó dos minutos desprenderme de la sensación de espanto que siempre me producía mi madre. Esta vez había llamado a “mi” casa para comunicar que “mi” padre se moría y se había dado el lujo de ignorar el hecho de que ese hombre, progenitor de mi hermano, era, por esos azares de la genética, también el mío.

-Voy con vos.

-No sé, la vieja me dijo a mí y ya sabés como se pone cuando la contradecimos…

-¿Sos imbécil vos? –lo interrumpí- También es mi padre por si no te enteraste. –y agregué: - Cuatro años antes de que fuera el tuyo.

Mi hermano es una buena persona, pero lleva el estigma masculino de la familia: no pudo contestar y asintió.

Cuando llegamos, seis cuadras más tarde, mi padre agonizaba extendido en diagonal sobre la cama matrimonial. Junto a la puerta de calle, mi madre se lamentaba a los gritos cual coro griego. Previniendo la escena subsiguiente de la tragedia intitulada “Velorio y entierro de papá” que consistía en el robo del papel protagónico por parte de la prima donna, le espeté:

-Si seguís gritando, le digo al médico que te duerma y te despertás cuando ya hayan bajado el telón.

Debe haber comprendido la advertencia porque dejó de gritar y pasó a representar el módico rol secundario de viuda doliente que sostuvo a lo largo de toda la función.

Mi padre se estaba muriendo y más tardé en pensarlo que en presenciar el desenlace del hecho. Casi no pude darme cuenta del exacto momento en que lo que ya era un cadáver había dejado de ser mi padre. Con lenta calma, saqué mis manos que sostenían su cabeza ya muerta y lo acomodé en las almohadas. Atrás mío, mi hermano permanecía alejado del lecho y adherido a la pared como si el muro fuera capaz de soportar su terror.

-¿Y? –musitó.

-¿Y qué?- desde pequeña me gustaba jugar con la debilidad de mi hermano.

-¿Qué pasa?

-¿Con qué?

-¿Se…se….muri…murió?

-Podrías acercarte a verlo con tus propios ojos, ¿no?

-¿No tendríamos que llamar a Pablo?

-¿Para?

-No sé. También es el hijo.

-Si a mí, que vivo a seis cuadras, nadie quería invitarme a esta función; no veo qué te preocupa Pablo que está a un océano de distancia.

-No claro… Yo decía nomás….

Sentía un placer inexcusable en maltratarlo. Claro que teníamos que avisarle a nuestro hermano menor que había emigrado hacía cuatro años huyendo de la felicidad de este hogar porteño para instalarse en un infierno semejante pero subtitulado en francés.

-Mirá- le dije- mientras yo voy a la funeraria, llamá y decíle que mañana es el entierro; que si quiere, venga.

-Y digo yo….¿no se podría retrasar esto?

-¿Esto? ¿Qué?- gocé sintiendo su imposibilidad de ponerle nombre al suceso que acababa de atravesarnos.

-Esto, esto. Ya sabés esto- me imploró impaciente haciendo gestos con sus manos.

-No, no sé qué es esto. ¿A qué te referís?

-Mejor lo voy a llamar a Pablo. –murmuró saliendo del cuarto.

Me quedé a solas con mi padre. Lejano oía a Mariano discutir en la madrugada parisina con mi cuñada Frédérique para que se dignara a pasarle con Pablo. A mi madre se la escuchaba sollozar con una controlada dignidad. Y, como era ya histórico en la familia, yo debía hacerme cargo del muerto. Sólo que esta vez, el muerto era mi padre.

Miré el reloj. Habían pasado sólo tres minutos. Hacía cuatro yo había pensado que mi padre se estaba muriendo y ahora ya se había muerto como si sólo se tratara de un ejercicio escolar de conjugación verbal. Tenía la boca entreabierta y los ojos cerrados. Estaba atravesado en la cama, oblicuo y el pie derecho pendía ligeramente del borde. Las manos estaban sobre el colchón. Se las acomodé sobre el pecho y una vieja foto acudió a mi mente: mi mano infantil al lado de la de él. Iguales. Mi padre y yo teníamos manos iguales y eso lo llenaba de un orgullo que yo creía absurdo y ridículo. Sin darme cuenta coloqué mi mano paralela a la suya y las observé. Ya no quedaban sino ligeros vestigios de aquel parecido porque mi mano se había vuelto femenina y frágil y la de él ya no era sino la de alguien que acababa de morir. Rocé sus dedos muy lenta y recordé una escena de una vieja película en la que algunos instantes antes de que muriera su padre (siempre hay unos instantes antes en que el padre aún es padre sin ser todavía cadáver y puede estar caliente, se mueve, respira y rescata para él y para nosotros aún todo lo que compone nuestra historia, la que nos conforma y pertenece y que tiene gestos y momentos que sólo ese padre posee y que se llevará irremediablemente), entonces unos instantes antes de que muriera su padre, la madre llevaba a Fanny y Alexander a ver al hombre porque a veces las madres llevan a los hijos a ver al padre como si se tratara de una despedida. Él allí, en la cama, pálido y tal vez inconciente y los hijos, entrando en silencio, con los ojos bajos, temiendo el rostro descolorido y solemne que lleva ya velos que la infancia no puede siquiera imaginar. “¿Es mi padre? –se preguntaba Alexander- ¿Ese es mi padre? No. Ese no es mi padre. Ese es uno que se está muriendo. Uno. Ni siquiera es mi moribundo. No me pertenece. Ese que está allí, con la piel casi blanca, que me mira con sus ojos afiebrados, ese me ha robado a mi padre. Porque mi padre tenía ojos tranquilos y sudaba con su cuerpo tibio y se sentaba en el borde de la cama para ponerse sus calcetines azules. Cuando llegaba el verano - pensaba Alexander- nosotros dos íbamos al teatro y entre los bastidores yo veía a mi padre. Madre, deberías echar de tu cama a ese hombre que ha usurpado el sitio donde dormía el que era tu marido. Pero ella parecía ignorarlo. Fanny también lo ignoraba y las dos besaban al desconocido como si reconocieran en él gestos de perdida familiaridad. Madre, deberías quitarlo del lecho. En un día o dos mi padre regresará y qué le dirás. Y ahora me llama, ese hombre al que nunca he visto y que ha elegido la cama de mi padre para venir a morir dice: ‘Acércate, Alexander’ y todos se dan vuelta y me miran y él vuelve a decirlo y yo me tapo los oídos con las manos porque no quiero oír cómo dice mi nombre que ignoro cómo ha llegado a conocer. ‘Acércate, Alexander’- vuelve a decir el que ocupa la cama de mi padre y mi madre me coloca una mano en la espalda y me empuja. Me empuja hacia él. Primer leve, luego con insistencia, para arrojarme en el lecho desde donde el impostor acaricia mis cabellos copiando la ternura con que mi padre lo hacía e igual que él pronuncia mi nombre y besa mi frente: Después salimos del cuarto y comemos en la cocina unas galletas redondas de jengibre mientras yo pienso qué dirá mi padre cuando vuelva y se entere.” Recordé esa película y pensé que, quizá, habíamos sido felices alguna vez mi padre y yo.

Cuando yo era chica, mi papá me llevaba con él a su teatro. Llegábamos y a mí me gustaba escaparme corriendo y entrar en el salón donde se guardaba el vestuario. Nadie me veía y yo me escabullía en la sala a oscuras y me quedaba en silencio caminando entre los trajes colgados. Me quedaba allí sin luz oliendo el sudor acumulado en las sucesivas representaciones. Después, siempre después, venía alguien y prendía la luz y me descubría ovillada en el piso. Deducía que yo no llegaba a la perilla del encendido y salía dejando la sala iluminada. Un día el que entró a prender la luz fue mi papá y me encontró disfrazada a medias como La Novia mientras hablaba a solas por la sala. Se sentó junto a mí, me abrochó las presillas y recogió los sobrantes con alfileres de gancho que sacó de una caja de lata. Ajustó mi corona de azahares y acortó el velo doblándolo al medio. Después me llevó ante un espejo y fui La Novia mientras él hizo de Leonardo y nos fugamos juntos a un bosque de ropas colgadas mientras la madre y el novio mandaban gente a perseguirnos tras los trajes. Finalmente mi papá cayó con su camisa ensangrentada (antes me reveló el secreto de una pequeña bolsita oculta y rellena con un líquido rojo y espeso que se reventaba ensuciando la camisa blanca) y yo viví su muerte anticipada como lo estaba haciendo ahora sin que mediara sangre ni siquiera fraguada.

Ese día regresé a casa en el auto con mi padre. En silencio. Cada tanto nos mirábamos y sonreíamos pero ninguno hablaba. Cuando bajamos todos dormían. Mi padre se introdujo en la cocina y al rato un aroma de verduras y sales pobló el comedor callado. Emergió con dos tazones de sopa con trozos de papas, zapallo, choclos, apios y puerros que él cortaba milimétricamente iguales. El perfume se mezclaba con el de un plato de dados de pan que había freído. Me sirvió un puñado y vi las migas crocantes empaparse con el líquido mientras el vapor calentaba mi rostro. Las comidas de mi padre -recordaba viendo su mano- tenían siempre algo de sagrado. A veces se sentaba solo en un ritual personal que yo observaba alejada del ara de su altar. Con el rostro enfrentado a un ventanal, se ponía delante un plato lleno de arvejas crudas y una tabla sobre la que había colocado un salamín (siempre picado fino), un trozo de queso duro con cáscara amarilla y un pan de harina oscura que se llamaba Zeppelín. Mi padre abría una vaina con sus dedos que eran entonces iguales a los míos e introducía en su boca las tres o cuatro bolitas verdes, cortaba una rodaja de salamín, una de queso y un trozo de pan. Siempre igual. A veces las arvejas no llegaban al plato y permanecían en el papel con el que las había envuelto el verdulero. Siempre solo en su rito mi padre.

Y ahora de repente ese hombre estaba allí y su corazón había dejado de latir. Así. Estaba frío e inmóvil y rígido. Acababa de morir. Lo miré extenso con su pie derecho colgando. Mi padre ya no se estaba muriendo. Mi padre acababa de morir. Mi padre era un muerto. ¡Qué cosa extraña el lenguaje! Una no dice me acaba de nacer un hijo. Un hijo nace. Así. Por él mismo. Busca el afuera por sus propios medios y para sí mismo. Sale, pelea, grita. En cambio alguien siempre se nos muere: un padre se nos muere. Nos desgarra un jirón de pasado en su partida y se lo lleva consigo en su sangre. Se nos muere a nosotros, adentro de nosotros, en lo más hondo. Continuamos pero él se nos va, nos abandona llevándose no sólo su propio rostro sino todos los segmentos de cotidianeidad que nos cruzaban. Y los recuerdos se amontonan como cajones que nadie se atreve a abrir. Cuando alguien se nos muere, un padre, por ejemplo, una se ovilla tomando las rodillas con las manos, bordeando las piernas con los brazos y escondiendo la cabeza en el hueco. Una se ovilla para sujetarse porque debe vivir, debe quedarse para cumplir con ese rito que es bañar con lágrimas al muerto para lavar su cuerpo. Lágrimas en las rodillas mientras a lo lejos se escuchó la sirena de una ambulancia que, como siempre, había llegado tarde porque mi padre ya había muerto.

Alguien me habló detrás de mis espaldas. Era el empleado de la funeraria. El llanto de mi madre se había acallado y la voz de Mariano no era ni un eco. Me preguntó si le sacaba el anillo y le pegaba los labios. Lo miré sin entender y murmuré que sí. El hombre depositó el aro de plata en mi palma. Brilló justo antes de que yo lo encerrara entre mis dedos iguales a los de mi padre. Envolvió el cuerpo oblicuo con la sábana y llamó a otro para levantarlo. Ya no quedaba mucho por hacer. En siete días llegaría la Navidad y por todas partes colgaban guirnaldas rojas y verdes. Dicen que hay que besarse bajo el muérdago para ser feliz. Me levanté del lecho y recordé que una vez en un altillo del barrio de Belgrano, una Navidad mi padre me había regalado una caja de pinturas y tuve deseos de dibujar.

Civilitas

Qué suerte que somos gente civilizada,
que hemos dominado los impulsos
a fuerza de someterlos a la matriz racional de psicoanálisis,
que, como buenos burgueses,
consideramos que la familia es la célula básica
y no nos gusta parecer antisociales.
Qué suerte que sabemos
cultivar la paciencia,
la tolerancia,
el respeto del otro,
la voluntad,
la comprensión,
el silencio cuando es mejor que cien palabras.
Qué suerte que somos todo eso,
si no te mandaría
a la mismísima concha de la lora
y para siempre.

Ira divina

Como Aquiles estoy enfurecida,
pero mi cólera no es sagrada.
Igual que él
ataría el cadáver de cada Héctor que se me cruzara
y lo arrastraría fuera de las murallas de otras Troyas;
y, juro por Zeus,
que no tendría la piedad de recibir a Príamo.
Yo dejaría
que las fieras se cebasen hasta el hartazgo en esa carne putrefacta

jueves, 3 de mayo de 2007

Anécdota escolar VI: El buen lector


Watherhouse, Miranda
Alumno: (Trayendo su prueba al escritorio) ¡No sabés lo que me pasó!
Profesora: ¿Qué?
Alumno: Ayer a la tarde me senté a leer La tempestad porque hoy teníamos esta comprobación. Cuando ya iba por el acto cuatro, me di cuenta de que estaba leyendo El mercader de Venecia. Así que lo dejé y me puse a leer la que vos querías.
Profesora: Si querés te cuento el final de El mercader... (Se lo cuenta)
Alumno: (Al rato) La verdad es que siente bien cuando uno lee dos libros en un día.

miércoles, 2 de mayo de 2007

Putrefacta geografía

Merodeo mi propia intolerancia.
La recorro intentando trazar
la cartografía intrincada de su paisaje:
padres, hermanos, hijo, amores, amigos
y, en el centro de tan vasta geografía,
siempre termino hallándome a mí misma
royéndome inquisitoriamente el vientre
hasta dar con los gusanos de mis odios

Fibras verdes

Los tímidos jardines bajo la lluvia,
siempre igual,
siempre la misma.
Gota tras gota
las hojas patinan su desvelo.
¿Quiénes me hablan?
Ellas me repitieron en su lenguaje antiguo la lección de la supervivencia que yo tenía que aprender.
Me habían danzado exangües por la falta de agua cuando procedí a rescatarlas de la muerte a la que la desidia filial las había condenado.
Ellas me contaron cómo mi casa había sido un pretérito vergel al que yo debía acudir para recuperar las fibras verdes que viven en mis ojos.

Los castillos se quedaron solos


Se cerraron las puertas.
Ya nadie puede entrar.
Adentro sopla el viento
que levanta el polvo de los viejos estantes
y ya no hay leña para encender.
La antigua cocina del castillo está vacía
y no quedaron ollas que quieran burbujear en el fogón.
Estoy sola en medio de los cuartos.
No quiero hablar.
No quiero caricias que cubran mis carencias.
He perdido las rutas y los mapas que me mostraban la felicidad.
No tengo herencia de amor que pueda dar
y soy la tierra yerma que no se desea arar.
Sólo hay piezas sueltas que nunca logran encajar.

martes, 1 de mayo de 2007

El trigo de la tristeza

El trigo (triticus), en sus orígenes etimológicos, representa lo pisoteado y triturado. La trilla reproduce en su sonido el del desgranado de las espigas. Pero trillar es, también, dejar a alguien maltrecho. Una cosa trillada es algo recorrido hasta el cansancio. Triturar y trizar provienen de la misma raíz etimológica. En griego "tribo" es debilitar, extenuar, arrastar penosamente y "trauma" es una herida que hoy extendemos a toda experiencia emocional de efectos psíquicos prolongados. "Tristis" en latín es el recuerdo de una afrenta vejatoria o la reacción ante una humillación desmesurada. El romanticismo se ocupó de melancolizar el término. Para la mente indoeuropea no hay tristeza que no provenga de una fuente de agresión, no hay mortificaciones naturales o inocentes sino siempre agentes, un enfrentamiento entre triturantes y triturados. Así es lógico que los tres tristes tigres coman trigo en un trigal.
Fuente: Bordelois, Ivonne, Etimología de las pasiones
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