sábado, 23 de diciembre de 2000

La gare


Las estaciones tienen hangares altísimos donde anidan palomas y gorriones, y el humo de las locomotoras viejas se mete en sus nidos y los ahuyenta en vuelo gris sobre las formaciones.
Son tristes los andenes en el mes de diciembre: afuera el agua de la lluvia moja los vagones vacíos que parten en Nochebuena hacia ninguna parte y queda vacío todo.
Alguien a mi lado murmura joeux noël pour tous y yo tengo deseos de llorar mientras Horacio me abraza como si fuera mi papá y mis pies quedan a diez centímetros del suelo, después me deposita en brazos de su mujer y le digo que el perfume se llama Nina Ricci, es rojo y viene en un frasco que es una manzanita. Huelo a pochoclo que no existe en París, a caramelo dorado, a plaza el domingo a la tarde.
Los trenes se deslizan por sus caminos de hierro y mi pañuelo de seda negro sale volando con el viento entre las palomas y los gorriones en estampida. Vuela solo por el cielo gris y lo pierdo para siempre: mi pañuelo negro con sus guardas blancas que tenía perfume Nina Ricci y conocía París.
La Gare d'Austerlitz, la Gare du Nord, la Gare de l'Est, la Gare de Saint Nazaire, la Gare de Lyonn, la Gare de Montparnasse. Todas iguales con sus techos altísimos de película en blanco y negro y sus pasajeros Art Decó.
Sólo yo vuelo con mi pañuelo que huele a Nina Ricci y mis botas sin estrenar.
Algún día llega la Navidad y pasa y viene el Año Nuevo que pasa también y una no sabe bien qué era eso de la infancia y las fiestas en altillos decorados por manos pequeñas con papel crepe. Las cenas siempre fueron magras porque para plato principal estaba la demencia de mi madre servida en bandeja de oro con papas noisette y volado de papel rojo, como la revolución que nunca vio (juro que la reiteración es intencional como todo lo que digo para confirmar lo que siempre pensó de mí). Nadie como Electra para planear eventuales festejos navideños que siempre terminaron en desastres anunciados al por mayor.
La Gare de l'Est tiene un tren a Marsella en el que este viernes yo no me subiré.
Lo demás es pura anécdota, como todo lo que intento contar.
Creo que voy a ser feliz, pese a lo que digan los libros familiares para mí.
Así que dejo que Horacio me deposite en el piso después de un vuelo fugaz, miro al pañuelo negro que se va, me quito las botas sin estrenar y camino por la Gare rumbo al centro exacto de París: una casa en pleno Parque Chas donde construyo cada día un universo a medida para sobrevivir al amparo de las Santa Ritas violáceas y donde sé que nadie ya me podrá encontrar para herir mi carne con sus palabras de hielo.
Camino por la Gare de invernales pisos grises para dar con el verano ardiente de mi casa donde apagué el horno después de amasar para que coman todos los que dejo sentarse a mi mesa.
Camino por la Gare mientras el pañuelo negro (ese que una vez me regalaste) se desintegra en el aire junto con vos y yo sigo oliendo a Nina Ricci, a manzana acaramelada y tarde de domingo y me duermo hecha un ovillo sobre mis sábanas blancas en una ancha cama donde mi exiguo peso se quiebra en mi cintura y en la curva de mi espalda que sobresale encima del marfil de mis huesos.
Voy a viajar al fin del mundo y todas las Gares de París saldrán a recibirme con el sonido de sus trenes humeando y no habrá ningún TGV, sólo una película en blanco y negro donde yo seré la protagonista y personaje principal. Y un galán de perramus azul me ofrecerá un ramo, un enorme ramo de margaritas blancas y yo seré feliz sin vos.
Otra vez sin vos.

viernes, 22 de diciembre de 2000

La cuadra vacía

No hay nadie en la cuadra
y París queda lejos, y más lejos aún quedan los cátaros quemados a ambos lados de unos Pirineos nevados que yo no debía ver esta vez.
Compramos unas botas y me dijiste que, cuando hacía scons, me amabas, me reí y te ofendiste; mientras la gente en el shopping se anudaba las bufandas de lana porque era julio y yo cumplía años.
Después nunca más nos volvimos a ver.
Miento.
Hubo un día de octubre o noviembre en que cocinaste para mí.
Y después, entonces sí, no nos volvimos a ver.
Algún que otro encuentro furtivo y veloz que no supo a nada, y la vida se fue pasando como una canilla que pierde.
En cierta casa hay unos niños encerrados que entonan villancicos para ser felices y una madrastra de largas uñas rojas agita una campana dorada cuando cambian de compás.
Nadie sabe las canciones que yo sabía.
Nadie sabe las palabras que yo decía.
Nadie sabe los colores que yo recuerdo a cada hora: amaneceres naranjas y verdes en Areco o en San Pedro, es igual, y la ruta por la que manejabas como lo hacía mi papá.
Yo me dejo estar debajo de una lluvia que refresca la casa repentinamente invadida de gente.
No puedo ser ni el buey que se lame solo esta vez.
Me quedé en la Gare de Lyon donde se toma el tren que va a Marsella en tres horas y se mira el mar que Eneas cruzó después de abandonar a Dido, casi muerta, a orillas de la que sería Cartago delenda est.
Odiseo se entretuvo en los brazos de Calipso; mientras decía hexámetros dactílicos en la ribera del océano azul y el nostos lo hundía en el cuerpo de la ninfa que le prometía la inmortalidad.
Pobre Penelope, ella tenía la casa llena de hombres que le recordaban la soledad de su juventud. Podía hasta fingir que venían por ella y no por sus tesoros; pero él regreso y la bañó en sangre para recordarle su edad. Dice que Homero no contó, por inapropiada, la noche en que la esposa bajó a hachazos el lecho del olivo que le recordaba veinte años de infidelidad; mientras lamentaba no haberse entregado a la piel morena de algún pretendiente que no roncaba ni olía a orín.
No hay nadie en la cuadra y menos que menos vos en tu auto rojo con una guayabera con flores blancas cantando un bolero tras un ramo de azucenas y nardos que saturan el aire con su perfume a corona de muerto.
Los perros aúllan por tu ausencia y empiezo a pensar que ya te transformé en motivo literario y llamo a Dani para decirle que este duelo está por acabar; a Alejandra, para que diferencie escritura ficcional y realidad y, de paso, a Cecilia porque tenemos varios temas para exorcizar. A Mónica no, porque en el Caribe todas las cosas se entonan con una copa de ron en un balcón junto al mar o en Bayahibe donde las dos putas dormían con un marinero en el cuarto de al lado y no paraban de reírse y hablar.
¿Quién puede decir que lo nuestro fue amor?
Ni para eso daba y desaparecimos en el aire como una pesadilla que tratamos de alejar al despertar.
Cuando llames, yo me habré ido lejos de la mano de otro que sepa a qué sabe el dolor.
Mi madre estará encerrada todavía en los barrotes de su demencia infantil.
Pero mi padre murió de resignación.
Y, entre ellos, yo navego evitando cualquiera de las dos orillas en las que de seguro podría encallar.
Resisto a los embates de mi propia agonía y aprendo a nadar en las aguas de borrajas de tormentas de alcantarillas o en ese pozo escaso que, ahora veo, no podés ni siquiera ser.
No hay nadie en la calle que se cruza dos veces consigo misma porque, dónde si no ahí, podría yo vivir.
Mi padre nunca fue Agamenón y yo, menos seré Ifigenia a la hora de la decapitación.
Sólo soy Julieta y no me muero de amor.
Vivo para contarlo mientras un Romeo de dos por cuatro queda encerrado en la burbuja de su silencio hasta que el aire se le acabe y la falta de oxígeno lo transforme en una babosa aplastada por una cucharada de sal.
Por suerte voy a dormirme entre sábanas blancas y despertaré con los compases finales tan sólo para aplaudir.

miércoles, 20 de diciembre de 2000

Declinación

Los machos cabríos son como los diablos cojuelos
aparecen en las bacanales y en el carnaval
cuando una menos los espera
pero jamás
cuando se los desea
o se los necesita
o cuando no se quiere estar sola.
Estoy cansada de necesitar
compañía
cuidado maternal de las manos de un hombre.
Mónica Volonteri, "Poema épico I: Máximo Gómez bajando"

A todas las horas de los días que pasan y van pasando estoy como la tarde: declinando.
Y ya me harté de los ejercicios que me proponen las lenguas muertas.
Vir stultus.
De todo lo que pedí -que siempre fue exiguo - nada me diste
y vos, el que dijiste en las tardes de algún febrero no sé qué obviedades que no puedo recordar aun con esfuerzo, vos te llamaste a silencio como las campanas luctuosas que evoca Cecilia de su infancia perdida en Chajarí.
Y voy como la tarde declinando.
Virum stultum
Oh, Dios, qué lejos quedan las serpentinas y el cotillón perfumado de las fiestas de noviembre:
sumergido en frascos que nunca alojaron ninguna germinación.
Porque nadie tuvo un verano junto al mar y en la playa.
Nadie, ni siquiera yo, que fui dos veces a Puerto Madryn a tomar sol y cenar salmón con mil hojas de papas y salsa de hierbas montaraces como yo.
Siempre sumaste negativas que se tornaron sepias de tan rancias.
La tarde se declina en el perfil húmedo del río en San Antonio.
Viri stulti
Geranios secos malvones enmohecidos y rosas plagadas de pulgones verdes que no las dejan florecer.
Para conocer a un hombre hay que ver cómo se comporta con sus hijos: esa es la única vara de la verdad.
El resto es léxico de ensueños seductores que se caen después de la última media de seda que pende del velador.
Y el calor aletarga el cerebro en un vaivén de aspas que no levantan ni una mísera brisa ahora y aquí.
Viro stulto que vale por dos para mi dativo y tu ablativo redomadamente vacío de posibilidad.
Me recluí en el monasterio de Yuste a llorar con Carlos V mientras nuestro bienamado Felipe empezaba a levantar El Escorial.
Antes o después, san Juan, que era medio fraile para la desbordada Teresa, muerta de puro extasis en Ávila, san Juan gritaba que adónde te escondiste, amado, y me dejaste con gemido; como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti, clamando, y eras ido.
Y la historia que se repite, que no deja de repetirse una y otra vez hasta llenar todos los anales de todos los estantes de todas las bibliotecas que me rondan.
Viri stulti
y en los portones las vecinas guardan las sillas porque declina la tarde como yo.
Ya se viene la tormenta desde el río y en los balcones coloreados de verde, donde las gitanas se desmayan de pena, sopla viento de este que trae lluvia como peste otra vez.
A esperar que refresque se quedaron los otros:
yo muero de calor
mientras el alma se me enfría por el año que se va y yo me quedé acá.
Viros stultos
mal te perdonarán a ti las horas
las horas que limando están los días
los días que royendo están los años
susurra en mis oídos don Luis que sabe a gloria en su castillo de ébanos perfectos mientras el Guadalquivir moja con turbias aguas las orillas de Córdoba y el califa se asoma a esperar que su harén de hijas y mujeres le dance para su propio gozo sin que nunca tenga que salir de allí.
Virorum stultorum y nadie más dice declinaciones excepto yo, la de la lengua muerta, y la tarde que está oscura y nocturna.
Me rodean los libros los papeles los sonidos
Me rodean los frascos de Emily ya coagulados y la manta que bordaba la viuda de Raskólnikov para usar cuando tuviese frío; pero, como se fue a vivir al Caribe, suda ahora de calor y además, a Raskólnikov se le dio por salvar a Sonia y fue castigado en una húmeda prisión rusa a la que aún no había llegado ni el realismo socialista ni Stalin en forma de madres encerradas reiteradamente en hospicios donde todos insistíamos en que ya se muriera de una buena vez para que a todos nos dejara de joder: hundida en la pileta, atiborrada de pastillas o volando desde un piso cuarto derecho a la planta de luz. Pero jamás dejó de teatralizar y el que se murió fue papá, harto de su rol de enfermero y sacador de pavas que se fundían abandonadas en la hornalla y mis hermanos huían lejísimos para no morir o matar.
Viris stultis por dos
me subo al 111 para ir Campillo bajando hasta el murallón del Tornú donde todos ustedes chocan y yo, ninfa imprevista y delgada, sobrevivo para contarlo una y otra vez.
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