viernes, 29 de octubre de 1999

Fecha de caducidad


En medio de la oscuridad, el mar era una boca azul que exhalaba un susurro de espuma fosforescente. Sobre el muelle, las velas brillaban como titilantes relámpagos diminutos parpadeando asustadas y vacilantes. Alguien puso música en la arena y me sacaste a bailar en una primavera incipiente. Yo tenía un vestido celeste que me ceñía el talle debajo de tu mano morena. No sé bailar, dijiste y me reí porque sabías mientras en el oído me susurrabas antiguas palabras en la lengua colonial que hablaban de una reina en Aquitania. La luna despedía un suave polvo de hada y la seda clara de mi falda se te enredaba en las rodillas mientras girábamos. Yo apoyaba mi boca en el algodón blanco de tu camisa y me dejaba mecer por tus palabras que descendían por mi cuello hasta mi escote. Olía a sal la noche y la arena estaba todavía tibia y perfumada . Teníamos una botella de vino morado e italiano y lo bebimos entre el agua de las olas. Quisimos escaparnos por las calles blancas de la Kasbah y terminamos en tu piso que daba al Mediterraneo con sus ventanas abiertas por donde el viento volvía a acercarnos la música. Después, a la mañana, fuimos al aeropuerto y me marché con el sabor perfecto de los amores que tienen fecha de caducidad.
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